París

Si, con todas las implicancias que supuso, Enrique IV supo decir “París bien vale una misa”, uno podría parafrasear la célebre frase y decir “París bien vale TuMeser una vez más”. Las implicancias, acaso, habrá que encontrarlas en otro lado; aquí, como tantas veces en estos seis años, nos asomaremos al espanto, el asombro, la perplejidad, el desconcierto, y por qué no a un cierto fatalismo. La semana pasada cerrábamos una etapa de esta propuesta cuando redondeábamos seis años on-line; no habían pasado veinticuatro horas cuando sentimos que, eventualmente, tendríamos algo más que decir. Ha pasado una semana y nos cuesta encontrar las palabras.

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Seis

Números son números. Tendemos a asignarles valores simbólicos ajenos al fin para el cual fueron creados: representar una realidad concreta. Un número, una cifra, sola y aislada, abre un abanico de connotaciones que excede su fin original. Baste preguntarse “qué es Uno, qué es dos” como hacemos la noche de Pesaj para asomarnos a ese abanico de significados.

 

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Cierres

A veces uno quisiera que la vida fuese tan simétrica y tan (casi) perfecta como el texto de la Torá que leemos esta semana: Jaiei Sara, las vidas de Sara, la matriarca. Las vidas de Sara y Abraham llegan a su fin; entremedio, hallan, servidor mediante, esposa para su hijo Isaac y éste se enamora de la que será nuestra segunda matriarca, Rivka. La muerte a los extremos de la vida, el amor al centro: así organizó el texto su material. He ahí más sabiduría bíblica que la que Rashi y todos los Rabinos hayan querido explicar durante milenios. Muerte, vida, muerte.

 

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Lej-leja

El pasado Shabat leímos “Lej lejá”, la porción de la Torá (la tercera del ciclo anual) donde dios comanda al patriarca Abram (no Abraham aún) a dejar su tierra, su familia, la casa de su padre, para emprender el camino a un espacio señalado. Allí comienza el derrotero de aquella familia fundacional; al mismo tiempo comienza un viaje interior en que Abram se convertirá en Abraham y su historia mínima en épica. Por lo tanto, cuando leemos “lej-lejá” no estamos simplemente citando un título que sabemos de memoria, sino recreando un proceso interior por medio de un cuento bíblico. “Lej-lejá” es Sionismo “avant la lettre” pero sobre todo es acerca de nuestros viajes personales; “Lej-lejá” es nacional, simbólico, y personal. Cada uno de nosotros ha recibido, en algún momento, el mandato de iniciar un camino propio y ajeno a nuestros mayores; al mismo tiempo, tenemos la percepción o la convicción de que el momento en que se pronunciaron esas palabras se inició el camino de un pueblo que siempre marcó su propio rumbo, independiente de las grandes corrientes de la historia. 

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Choques

Si Samuel Huntington popularizó el concepto de “choque de civilizaciones”, que tomó especial fuerza después del “9/11”; si Sygmunt Bauman acuñó el término  “modernidad líquida”; si ambas metáforas han sido largamente abusadas; bien podríamos nosotros denominar como “choque de narrativas” o como “realidad estancada” la situación actual en Israel y en los territorios ocupados. Si lo que precisamos para entender la realidad que nos rodea y conmueve son metáforas, la capacidad de propuesta es enorme. Pero acaso esta tenacidad en el uso de imágenes es sólo un recurso para desdibujar la realidad: un “choque de civilizaciones” es algo así como mamuts trabados en lucha; la cualidad “líquida” de una situación o un estado la relativiza, la minimiza. Como si con estas imágenes tan primitivas e imponentes, la lucha titánica y el agua, quisiéramos minimizar el brillo del cuchillo que agrede o el fogonazo del revolver que pone fin al episodio de sangre. No hay nada imponente en un atentado inesperado a cuchillo y en una respuesta desesperada a balazos. Es tan prosaico y tan terrible como un cuento de Hemingway o de Borges. Valgan las diferencias.

 

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Diluvio

Si hace dos semanas discutíamos acerca de una equívoca luna sobre Jerusalém, qué decir hoy del profundo eclipse en que vuelve a sumirse ese delicado tramo de la Media Luna Fértil. Las tonalidades rojizas de aquella luna imponente y fantasiosa han teñido hoy la tierra no sólo de la mítica Jerusalém sino de las más prosaicas Tel-Aviv o Kiriat Gat. Como un eclipse se han cerrado los sentidos de los hombres; como ante un eclipse los habitantes de la zona sólo atinan a obstruirse y acusarse. No sólo ya no hay luna, ni fantástica ni real, sino que ya no es relevante. El caos que atraviesa la región desde todos sus extremos se ha vuelto a colar también en Israel. Nos hemos vuelto a sumir en la oscuridad que estamos destinados a combatir.

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Luna

 “It’s just that the moon is full 

  And you happened to call.

(Joan Baez, “Diamonds and Rust)

 “Huye luna, luna, luna,

Que ya siento sus caballos”

(Lorca, “Romance de la luna, luna”)

 

 

Del mismo modo que una rosa es una rosa es una rosa (G.Stein) y sería una rosa bajo cualquier otro nombre (W. Shakespeare), una luna es una luna. Allí está, objetiva, próxima, ya no tan misteriosa, yerma y estéril, abierta de par en par a la imaginación de los hombres que la contemplamos para “hacer” con ella lo que nos plazca: poesía, canciones, fotos, pinturas, cuentos, calendarios, maleficios y bendiciones; incluso pisarla: alguien lo soñó, alguien lo hizo.

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Sucot 5776

Pasado Iom Kipur, una vez finalizado este Shabat donde se nos propone “escuchar” (Haazinu), comienza la festividad de Sucot o fiesta “de las cabañas”, por llamar de alguna manera las precarias construcciones que se nos instruye habitar durante ocho días. Como en Pesaj, Sucot nos incluye en la experiencia de nuestros antepasados; ellos caminaron por el desierto cuarenta años en pos de la tierra prometida y vivieron en esa precariedad: apenas unas pérgolas cubiertas de hojas de palma, fácilmente desarmables y transportables (uno imagina).

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Kipur 5776

Parafraseando a Mauricio Zeleniec en “Identidad” esta semana (No. 179), uno debería preguntarse ¿por qué estamos allí, en la sinagoga, en Iom Kipur? ¿Por qué Iom Kipur nos congrega, creyentes o seculares? Cada uno ha recorrido su propio derrotero y, de un Iom Kipur al siguiente, ha sumado experiencia y vivencias; el actual no será igual al anterior. Como sea que nos paramos frente a esta fecha tan específica y especial, el hecho es que a muy pocos judíos les es indiferente.

 

Mi historia personal respecto de Kipur puede sugerir un tipo de proceso; uno, el propio. Está claro que hay tantos procesos como personas hayan meditado el tema.

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5776

¿De qué hablamos cuando hablamos de “judaísmo”?

 

A pocos días de Rosh Hashaná y Iom Kipur (y Sucot y Simjat Torá, aunque para muchos con Kipur se termina el año judío – cuando de hecho recién empezó) cabe hacerse la pregunta del título. Cuando hablamos de “judaísmo”, o jugando con el lenguaje, cuando hablamos “judío”, de qué hablamos. A diez días de finalizar el año de la creación 5775º, hablamos acerca de reunirnos: dónde, con quién; por suerte los judíos fuera de la tierra de Israel disponemos de dos noches para hacer “x” cantidad de combinaciones. El “cómo” es más sencillo: la gran mayoría reunidos alrededor de una mesa, y muchos reunidos en las sinagogas. El lado espiritual y el lado material. Está más o menos claro qué comemos, seamos ashnazies o sefaraditas: la tradición es milenaria y terminante. Al final del día, para muchos Rosh Hashaná es acerca de sabores y aromas, asociaciones a un pasado idílico de abuelos y primos, padres y hermanos, escuela y tnuá. Hablamos de cultivar y construir memoria, construir narración.

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