París

Si, con todas las implicancias que supuso, Enrique IV supo decir “París bien vale una misa”, uno podría parafrasear la célebre frase y decir “París bien vale TuMeser una vez más”. Las implicancias, acaso, habrá que encontrarlas en otro lado; aquí, como tantas veces en estos seis años, nos asomaremos al espanto, el asombro, la perplejidad, el desconcierto, y por qué no a un cierto fatalismo. La semana pasada cerrábamos una etapa de esta propuesta cuando redondeábamos seis años on-line; no habían pasado veinticuatro horas cuando sentimos que, eventualmente, tendríamos algo más que decir. Ha pasado una semana y nos cuesta encontrar las palabras.

El mundo está acostumbrado al terror, al terrorismo, y a los terroristas. No se acostumbra a que operen en París, Madrid, o Londres. Una cosa es Oriente Medio, otra cosa es el corazón de Europa. Los “Cruzados” que el Estado Islámico se jacta de asesinar llevaban sus guerras santas a Jerusalém; hoy el extremismo islámico arrima su guerra a Europa. De hecho, ya está dentro: como refugiados o migrantes, o como terrorismo. Los vientos de Levante azotan Occidente. Como el cambio climático, han llegado para quedarse.

 

Influenciado tal vez por la reciente lectura de “Sapiens: A Brief History of Humankind” de Yuval Harari uno tiende a preguntarse cómo se verían estos hechos con la perspectiva histórica de los siglos. Nosotros no lo sabremos por cierto, pero podemos imaginarlo. De hecho, baste leer la Biblia hebrea (el Viejo Testamento) para ver que nada es muy nuevo bajo el sol. No lo digo como hombre de fe, que no lo soy, pero todo está allí escrito; es sólo cuestión de leer.

 

De hecho, muchos ilustres escritores de todos los orígenes, pero en especial los europeos, intentan poner en palabras lo que atraviesa su discurso. “Atravesar” como atraviesa un cuchillo el cuerpo de un hombre y lo mutila, lo cambia para siempre, lo mata; no “atravesar” como un río que nutre un territorio. Cuando algo se “atraviesa” en nuestro discurso lo mutila, lo cambia, lo mata. Uno encuentra en esos autores una desesperación visceral en tratar de rescatar algo del discurso de valores tan larga y pacientemente construido y que tan asimilado tenemos: libertad, fraternidad, e igualdad. Allí clavaron los cuchillos.

 

Desde Sudamérica tenemos distancia geográfica; la de tiempo nos es negada a todos. Desde aquí uno se pregunta cómo es que cada tanto un loco suelto (literalmente) sale a matar en algún pueblo perdido de los Estados Unidos de América; de igual modo, uno se pregunta cómo Donald Trump puede liderar las encuestas y hacer temblar al Partido Republicano; cómo Europa se ha vuelto tan vulnerable. La metáfora de Eduardo Galeano aplica a Europa: las venas se han abierto. No sabemos si Europa se desangrara o sobrevivirá. Sí sabemos, con certeza, que desde el 9/11 en 2001 en Nueva York ningún hecho había marcado el comienzo de una nueva era como  el Viernes 13 de París 2015. Es que catorce años, en términos históricos, no es tiempo.

 

Estimado lector: somos testigos del terrible comienzo de un nuevo siglo, acaso un milenio. Más vale que nuestras tareas cotidianas nos den solaz y consuelo ante tanto desconcierto. Más vale preparase para Shabat y abocarse, por ese tiempo, a nuestra vida y nuestros afectos cotidianos. El mundo y su devenir  estarán allí cuando termine Shabat para que perseveremos en el intento de comprenderlos.

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