‘Ree’: sobre mirar y ver.

Cuando viajé con mis padres y hermana por primera vez a Israel mi obsesión era descubrir y ver la estatua de sal de la Mujer de Lot. Años más tarde el asunto me seguiría obsesionando. Siempre que pasé por la zona me mantuve atento: por suerte hay un cartelito que lo señala.

No es más que una falla geológica, un mito hecho piedra sobre el Mar Muerto.

Ya de adulto, y habiendo visitado y transitado Israel muchas veces, me entero, desde este púlpito, acerca de dos puntos geográficos reales: los montes Gerizim y Eibal, sobre los que nos habla la porción de la Torá que leemos esta semana, ‘Ree’ (‘mira’).

Le pregunté una vez al Rabino Dany Dolinsky si de verdad existían. Me dijo que sí, pero que son difícilmente visitables: están en territorio de la Autoridad Palestina.

Este año, en nuestra enésima visita a Israel, alquilamos un apartamento en Kfar Saba que miraba al Este, a las estribaciones de los montes de Samaria. Ya habíamos estado en ese apartamento una vez. Además, Samaria se ve casi de todos lados en Kfar Saba…

Sin embargo, recién esta vez, los vi. Incrédulo, miré googlemaps e investigué en Google Earth: lo que veíamos desde el balcón eran, efectivamente, los montes Gerizim y Eibal.

En el horizonte se recortaban, a veces más nítidos, otros más difusos, el lugar de la bendición y el lugar de la maldición con las que Moshé nos desafía apenas comienza el texto de la parashá.

Texto que luego abunda en preceptos centrales de nuestra tradición: desde dónde ‘servir’ a Dios, pasando por las normas de kashrut, y finalizando con las festividades de peregrinación. El detalle es que en esta oportunidad no se trata de escuchar sino de ‘ver’.

‘Lo esencial es invisible a los ojos’, escribió Saint-Exupery: en ‘Ree’ el texto nos compele a ver.

Desde el día que confirmé mi ‘descubrimiento’ no dejé de mirar al Este. No a Ierushalaim, mucho más remota, al sur, sino a esos dos montes casi ignotos para la mayoría de nosotros. Seguramente la mayoría de los israelíes de Kfar Saba jamás oteen el horizonte para distinguirlos. La cotidiana e inmediata realidad los mantiene bastante ocupados…

Yo, por el contrario, tenía tiempo. A mi contemplación de los campos que todavía se ven desde esa terraza, vestigios del sionismo pionero, sumé mi percepción de una dimensión histórica, mítica, de nuestra condición como judíos en esta coyuntura de hoy, en este año 2026 o 5786.

Dudo que esos montes sean alguna vez formalmente parte del Estado de Israel; no me desvela. Me alcanza con saberlos allí. La Biblia los usa, en términos de arquitectura, como platea de la bendición y la maldición. Para mí, representan el desafío que enfrentamos como pueblo.

Si el planteo de Moshé entonces suponía elegir entre una conducta u otra, un camino u otro, lo cual condicionaría la futura vida en la Tierra Prometida, no es menor el desafío de hoy: cómo elegimos vivir nuestra vida como judíos.

No creo en término de bendiciones o maldiciones.

Sí creo profundamente en la toma de decisiones y asumir sus consecuencias.

El 27 de octubre Israel tendrá su momento ‘Ree’ frente a las urnas. Lo que surja de ellas se extenderá sobre el resto del pueblo judío. Desde la diáspora judía más numerosa en los EEUU, hasta en nuestro pequeña pero comprometida comunidad en Uruguay.

El sionismo supone la centralidad de Israel en la vida judía y si algo hemos aprendido en los últimos tres años es cómo todo incide, todo nos vincula. Ni el judío no sionista más acérrimo se salva; aunque quiera creer lo contrario. En el siglo XXI no hay judaísmo sin Israel.

La Torá ‘no está en el cielo’ dirá el texto un poco más adelante en ‘Nitsavim’, el shabat previo a Rosh Hashana. La Torá está también en esos dos montes que de pronto miré y vi. Nos invoca a verlos hoy, un mes antes, porque en definitiva cada día estamos decidiendo.

Los montes Gerizim y Eibal seguirán allí para siempre. Hacerlos nuestros no es conquistarlos territorialmente, sino significarlos. Hace tres años que una desazón nos abruma y condiciona; pero reconozco que haberlos ‘descubierto’, ubicados, y visualizado, y, tal vez me haya servido de brújula hacia otra mirada y nuevos rumbos. Esa es la experiencia que intento compartir.

En cada generación debería uno verse a sí mismo como si, habiendo salido de Egipto, se enfrentara a la disyuntiva que nos plantea Moshé. Tal vez no en términos de bendición o maldición, que repito, no me gusta, pero sí en términos de virtud versus vicio. Hace mucho que nos sentimos parte de un círculo vicioso; creo que es tiempo de convertirlo en círculo virtuoso.

‘Ree’ nos desafía, como individuos y como pueblo, a mirar y ver. Votemos o no.