Votar. O no.

Votar o no votar, esa es la cuestión.

Siendo como soy ciudadano israelí, ¿por qué votar o no en esta ‘elección decisiva para la historia del Estado’? Para hacerlo, debo viajar. Las razones son varias: coyunturales así como ideológicas.

Israel ya tuvo una ronda de ‘elecciones decisivas’ entre abril de 2019 y marzo de 2021, y una quinta en noviembre de 2022. No recuerdo que el dilema ‘volar para votar’ existiera, aunque asumo que muchos pondrán la pandemia como razón.

Es un argumento contra-fáctico, no resiste análisis. En todo caso, en 2022 la meta era ‘salvar’ un gobierno sui-generis liderado por Benet y Lapid: ya no había pandemia. No sé si alguien convocó a viajar para votar; la derrota fue terminante.

Ergo, ‘vale más pájaro en mano que dos volando’. Valen más los votos ‘in-house’ que los votos importados ‘en admisión temporaria’.

Admito, sin embargo, que en 2022 pocos imaginaron el desastre que se avecinaba, aunque algunos lo predijeron en la mejor tradición profética, preconizando solos en el desierto; pese a mi incredulidad y muy a mi pesar, tuve que reconocer aquellas advertencias como ciertas.

Nadie imaginaba un #Oct7. Nadie vaticinó la tragedia, el trauma, ni tres años de atrición.

Por eso hoy sí tiene sentido, y está sobre la mesa, viajar para votar. Una decisión que respeto.

Por ese respeto, precisamente, argumentaré por qué decido no hacerlo.

Una razón es profundamente personal. Hace cuarenta y cinco años tomé una decisión: dejé Israel, donde me había graduado en la Universidad de Tel-Aviv, y volví a Uruguay. No serví en las FDI, no participé en la 1er Guerra del Líbano (hubiera sido ‘mi’ guerra), no estuve cuando caían los misiles desde Irak, no estuve cuando asesinaron a Rabin, y tampoco en la 2ª Intifada.

Nunca voté. Mis derechos civiles los ejercí como ciudadano uruguayo, no como ciudadano israelí; así como pagué mis impuestos en Uruguay y no en Israel. Soy uruguayo e israelí, como muchos, pero en ciertos rubros elijo ser sólo uno a la vez.

Viví mi vida, formé mi familia, y me desarrollé como adulto en Uruguay. Amo Israel, vuelvo todo el tiempo, es ‘el hogar que no habito’; pero siento que no sería leal incidir en una elección precisamente porque no vivo allí. Si hace falta aclarar, la misma postura la sostengo respecto al voto consular en Uruguay, al cual tampoco le falta diáspora.

Uno vive su vida de acuerdo a las decisiones que toma. Unas son más felices que otras; unas resultan mejores que otras. Algunas se pagan caro, otras nos regalan una vida mejor. Las únicas decisiones válidas son aquellas que efectivamente tomamos; las que fueron sólo una opción pertenecen al reino de la fantasía. La vida, como la Historia, se cuenta solamente en hechos.

En los tiempos de mis abuelos o mis padres las decisiones eran para siempre. Muchas veces les he dicho a mis hijos que no es posible vivir en un lugar y pretender que también podemos vivir en otro en forma casi simultánea. Que viajar sea más fácil y rápido (aunque caro) no cambia la geografía ni el tiempo. No vivo en Israel, vivo en Uruguay. No puedo fingir otra realidad. No sería honesto conmigo mismo, con mis afectos, y mucho menos con mis conciudadanos, allí o acá.

Por último, quiero reconocer y agradecer la preocupación de muchos por la forma en que estos últimos tres años de la historia de Israel me han afectado. No pocos, y alguna muy cercana, me han sugerido tanto viajar como voluntario en alguno de los planes que ofrece Israel como ahora usar mi derecho a votar. Sobre el primer punto, sólo diré que no creo en el ‘turismo de trauma’; sobre votar, mi postura personal está suficientemente explicada. Lo que tal vez valga la pena resaltar es el trabajo voluntario que he realizado desde el lugar que sí habito. Son treinta años consecutivos de adhesión a causas en las que creo, concreción de proyectos, y difusión de ideas. Siempre se puede hacer más, pero no me siento en deuda ni con Israel ni con el pueblo judío.

En suma: aunque pudiera, no viajaría a votar en Israel. Por pendiente que esté de las elecciones.

La otra razón que explica mi postura es que creo que el destino de los países debe ser determinado por quienes viven allí. Eso supone trabajar, pagar impuestos, y ser usuario del Estado, su infraestructura, sus beneficios, y su burocracia. La ciudadanía puede ser más o menos fácil de obtener, pero eso no es condición suficiente para votar en el país que nos la otorgó. Ciertas ciudadanías pueden ser una puerta de acceso a oportunidades, pero no supone incidir en el destino electoral del país que la concedió. A menos que uno decida vivir allí, claro.

Israel tiene una Ley Fundamental (equivalente a una norma constitucional) llamada ‘Ley del Retorno’: cualquier judío que pueda probar su condición de tal (nieto de un abuelo judío) y decide vivir en Israel se convierte en forma inmediata en ciudadano israelí. Vota de inmediato. No somos pocos ciudadanos israelíes en el mundo. Tal vez, como señala A. Segal, se pueda lograr un escaño si cuarenta y un mil israelíes viajan para votar el 27 de octubre próximo. Es posible.

Imaginemos otro escenario: algún millón de judíos decide emigrar a Israel (‘hacer aliá’), convertirse en ciudadanos, volver eventualmente a sus países de origen, y votar cada vez que hay elecciones en Israel (puede ser muy frecuentemente). ¿Cómo incidirían en el fiel de la balanza esos ciudadanos que no viven allí? ¿No sería un recurso manipulable? El judío estadounidense sionista medio, por ejemplo, ¿no votaría en forma más laxa en temas de seguridad, dada su obsesión con el tema palestino? El judío fanatizado y chauvinista en cualquier país del mundo, no contribuiría a un Israel menos democrático? Son sólo hipótesis.

Porque la democracia israelí funciona. Es lo que defendemos hoy. Incluso los que no votamos.

Tengo casi setenta años y de ellos sólo viví siete en Israel. Me siento orgulloso de ser ‘sabra’, de ser israelí, de ser egresado de una universidad israelí, de hablar hebreo fluido, y de tener en Israel algunos de mis afectos más inmediatos y amigos queridos distribuidos en toda su geografía a los cuales (casi) siempre visito. Es una tierra que amo habitada por un pueblo que me desafía cada día, en especial, en los últimos años, con sus decisiones electorales.

Son ellos quienes tienen en sus manos el destino del país, porque son ellos los que pagan los precios, son ellos los que mandan sus hijos a la guerra. No mis hijos, sino los suyos. Guste o no, mi voto no vale igual. Mientras tanto, yo seguiré dando mis ‘batallas’ desde este otro estado del ser judío, la diáspora. Que no ha desaparecido; en todo caso, tiene que ser cada vez más sionista y más responsable. Aunque no votemos en Israel, nuestro destino como pueblo es uno y estamos ligados para siempre.

Si cayera el 3er Templo, dudo que la posmodernidad nos otorgue otros dos mil años de gracia.