El Shofar
Palabras de Hori Sherem en Rosh Hashaná 5787 en NCI Montevideo, 13 de setiembre de 2026
El Talmud, en el tratado de Rosh Hashaná, hace una afirmación bastante extraña. Pregunta Rabí Abahu: ¿Por qué tocamos en Rosh Hashaná específicamente el cuerno de un carnero? Y responde: “Dijo el Santo Bendito Sea: toquen delante de Mí con el cuerno de un carnero, para que recuerde en vuestro favor la atadura de Isaac, hijo de Abraham”.
Es decir: escuchamos el Shofar para recordar la Akedá (la ‘atadura’). Es un recuerdo raro. Porque, si lo pensamos, lo más importante de aquella historia es precisamente aquello que no ocurrió: Abraham levantó el cuchillo. Isaac estaba atado. Todo estaba preparado. Pero el cuchillo no bajó. Isaac no murió. La tragedia no ocurrió.
Quizás por eso me gusta pensar el Shofar como el sonido de un recuerdo de algo que nunca sucedió.
Recordamos el instante en que la historia estuvo a punto de convertirse en tragedia.
No pasó. Dios detuvo la mano de Abraham. Hay algo profundamente religioso en ese gesto. Porque a veces pensamos que la fe consiste en estar dispuesto a llegar hasta el final. Que cuanto más radical es el sacrificio, más auténtica es la creencia.
El episodio de la Akedá también puede leerse exactamente al revés. Hay un momento en el que Dios dice: hasta acá. No extiendas tu mano contra el muchacho. Hay actos que no se vuelven santos porque los hagamos en nombre de Dios. Hay cuchillos que también Dios pide detener.
Entonces aparece una segunda pregunta: ¿Por qué recordamos esa historia precisamente con un Shofar? Quizás haya una respuesta posible en un lugar completamente diferente del Tanaj: en el capítulo 33 del libro de Ezequiel el profeta describe cuál era una de las funciones del Shofar. Dice que cuando el centinela ve venir la espada, toca el Shofar para advertir al pueblo.
Ezequiel agrega algo inquietante: si alguien escucha el sonido del Shofar pero no acepta la advertencia, y finalmente llega la espada, deberá hacerse responsable de lo ocurrido. El vínculo con la Akedá cambia. Porque también allí había una espada. También allí había una tragedia a punto de suceder. También allí había todavía unos segundos para detenerla.
Quizás entonces el Shofar de Rosh Hashaná no sea solamente un instrumento de memoria. Quizás sea una alarma. No nos dice solamente: “Recuerden lo que ocurrió”. Nos dice: Miren lo que está por ocurrir. Miren hacia dónde están llevando sus decisiones. Miren qué cuchillos están levantando. Miren qué cosas están haciendo en nombre de Dios, de una ideología, de una verdad, de una causa, de un orgullo, de una certeza.
Hay tragedias que parecen inevitables solamente cuando las miramos después. Antes de que sucedan, muchas veces hubo señales. Hubo alguien que advirtió. Hubo algo que incomodó. Hubo un instante en el que todavía era posible bajar el cuchillo.
Quizás por eso el Shofar no es palabra. Porque las palabras pueden explicar. Pueden justificar. Pueden construir argumentos maravillosos para convencernos de que tenemos razón. El Shofar no argumenta. Interrumpe. Es un ruido que irrumpe en medio de nuestras certezas y nos obliga a levantar la cabeza. Como diciendo: Cuidado. Hay algo adelante. Todavía estamos a tiempo.
Por eso Rosh Hashaná no nos pide solamente recordar. Nos pide escuchar. Porque en Ezequiel el problema no es que el Shofar no haya sonado. El problema es haberlo escuchado y seguir caminando exactamente en la misma dirección. Tal vez esa sea una de las preguntas más incómodas con las que podemos comenzar un nuevo año: ¿Qué Shofar ya está sonando en nuestra vida y todavía estamos eligiendo no escuchar?
El sonido del Shofar recuerda una tragedia que no ocurrió. Pero también nos recuerda algo mucho más difícil: que algunas de las tragedias que todavía no ocurrieron dependen de nosotros para seguir siendo solamente eso: cosas que nunca sucedieron.