Ser. Estar. O no.

Están próximas, casi que se nos vienen encima, las festividades centrales del calendario hebreo. Si, parafraseando el Eclesiastés, ‘hay un tiempo’ para abordar ciertos temas, es ahora. Veamos.

Un tema es la superstición; el otro es el oportunismo. Superstición respecto Iom Kipur, por ejemplo; o el otro: la oportunidad de aparecer de la nada y predicar desde una torre de cristal.

Ambos son no sólo inapropiados sino peligrosos. La idea de juicio permea los diez días iniciales del mes de Tishrei, pero no precisamente para juzgarnos mutuamente y mucho menos para sermonearnos mutuamente. Estos días no son ‘terribles’ (‘noraim’) sino días de abrazo

Empecemos desde lo más pedestre y puertas adentro: qué hay detrás de todo lo que cualquier comunidad o sinagoga ofrece durante los espacios litúrgicos, y no tanto, que deben llenar esos días de profunda significación.

Sé de pequeñas y casi olvidadas sinagogas que sostienen un esfuerzo en forma anual para tener su ‘minuto de fama’ o brillo durante el toque del Shofar, sea en Rosh Hashaná (cuando cuenta) o al cierre de Iom Kipur (cuando nos libera). Pienso, por ejemplo, en la sinagoga de la calle Alarcón en Montevideo.

Sé, en forma directa, de grandes y repletas sinagogas como la de mi comunidad, NCI de Montevideo. Tal vez el esfuerzo se tramite diferente, pero en esencia es el mismo en ambas: que las puertas estén abiertas. Minuto de fama más o menos (‘Izkor’, ‘El Debate’, servicio alternativo, servicio infantil), todos hemos hecho un esfuerzo y una contribución para estar allí.

Probablemente la mayoría podremos recitar el ‘Shejeianu’ (*) con la consciencia tranquila.

El que llega será abrazado, y el que no, se lo pierde. Nadie puede imponerle judaísmo al otro.

En ese sentido, hay tres estados judíos posibles: ser, estar, o ausentarse. Ser supone hacerse cargo; estar supone hacerse presente (‘hineni’); ausentarse es todo lo opuesto: ni ser ni estar.

No puede ser más sencillo. Cualquier otra elucubración es pretenciosa y banal.

Veamos ahora el segundo asunto: una vez que estamos, cómo nos condiciona la superstición.

Los diez días iniciales del nuevo año judío están cargados de plegarias, textos bíblicos, ritos ancestrales, mitos, y sobre todo ‘leyendas comunitarias’ que así como se trasmiten entre las generaciones también tienden a des-configurarse y perder sentido.

Hay quienes se aferran a cualquiera de estas expresiones como si allí se jugara su destino; hay quienes están tan incómodos que optan por ausentarse. El primer tabú es elegir no ayunar y encontrar una justificación verosímil; otro tabú es no estar presente en Izkor si tus padres viven, como si no tuviéramos a nadie más que recordar.

Sobre todo, el mito comunitario por destrozo, es estar cuando todo termina y especialmente con los niños de la mano. Ese sonido del Shofar (o Shofarot: muchos Shofar), que no es un precepto de Iom Kipur, es casi como la caída de las murallas de Jericó: Dios cumplió, Dios nos liberó.

No importa dónde estuviste todo el día; estuviste ahí. Podés cenar tranquilo.

En cualquiera de los casos, sea el oportunismo o la superstición, el asunto es, por lo menos, saber, tener noción, de todo lo que hay detrás de un momento. Sea el momento que sea, el que tú elijas: hay trabajo, dedicación, planificación, y sobre todo intención (‘kavaná’); y hay much@s que han estado allí horas para que uno pueda estar allí en ese momento que ha elegido.

No hay liturgia sin minián (diez individu@s) todo el tiempo de la liturgia. No hay liturgia sin una organización que la sostenga todo el año. Sea en la calle Alarcón o en la calle Payán. No hay cercanías sin gente que se acerque. Todo es mucho más complejo de lo que nos quieren hacer creer. Si fuera sencillo, nadie habría porfiado por la causa durante 90 años. Más aún: nadie estaría dispuesto a porfiar por la causa diez años más.