El tren no pasa por Israel
Jonathan Meta, Jonathan’s Substack, 12 de junio de 2026
El 31 de marzo, el Primer Ministro Netanyahu le dijo a Newsmax que la solución a largo plazo para la crisis del estrecho de Ormuz era redirigir la energía del Golfo hacia el oeste, a través de Arabia Saudita, a través del desierto, hacia el Mediterráneo y, pasando por los puertos israelíes, hacia Europa, Era una visión audaz: Israel como el corredor indispensable entre Oriente y Occidente, el eje geográfico de un orden regional post iraní.
Diez semanas después, Turquía y Arabia Saudita firmaron memorandos de entendimiento para una línea ferroviaria desde Omán a Estambul. La ruta pasa por Jordania y Siria. No pasa por Israel. El ministro de comercio de Turquía ni siquiera se molestó en utilizar un eufemismo: el proyecto, dijo, reduciría la influencia de Israel en la región.
El mismo problema, dos mapas diferentes. Uno coloca a Israel en el centro. El otro lo borra por completo de la ruta. Que la región esté construyendo el segundo no es ni accidente ni capricho. Es el producto de una secuencia de decisiones israelíes que, en conjunto, equivalen al fracaso más importante de la política exterior desde el 7 de octubre: no el ataque en sí mismo, sino todo lo que vino después.
I.
La ironía es que este resultado no era inevitable. Hace tan solo tres años, la arquitectura que se estaba diseñando tenía a Israel en su centro.
En julio de 2022, el Presidente Biden de viajó a Jerusalén y Riad para promover la Iniciativa de Defensa Aérea de Oriente Medio (MEADI, por su sigla en inglés), un escudo antimisiles regional que conectaría sensores, radares e interceptores israelíes y árabes bajo la coordinación estadounidense. La idea ya no era algo descabellado. Los Acuerdos de Abraham habían normalizado los lazos de Israel con los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos. La escalada de agresiones de Irán (ataques con drones contra instalaciones petroleras sauditas en 2019, ataques hutíes contra la infraestructura energética) estaba empujando a los antiguos adversarios hacia una causa común. Los cimientos de una auténtica arquitectura de seguridad árabe-israelí estaban sobre la mesa por primera vez.
E iba más allá de la defensa. En septiembre de 2023, en Nueva Delhi, durante el G20, Estados Unidos, India, Arabia Saudita e Israel presentaron el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa (IMEC, por su sigla en inglés), una ruta comercial diseñada para transformar a Israel en un nodo comercial entre el Golfo y Europa. Era el complemento económico de la arquitectura de defensa: Israel no solo defendido por la región, sino también parte de su tejido comercial. El requisito previo, todos lo entendían así, era la normalización saudita-israelí.
II.
Antes del 7 de octubre, esa normalización era algo posible. Después del ataque de Hamas, la mayoría de los observadores asumieron que se iba a consumar. Estaban equivocados. Según lo que informa Bob Woodward en su libro «War» (Guerra), la andanada de misiles iraníes de abril de 2024 en realidad aceleró la línea de tiempo. Cuando se lanzaron más de trescientos drones y misiles contra Israel y una coalición de fuerzas estadounidenses, israelíes y árabes interceptó casi todos ellos, el príncipe heredero Mohammed bin Salman observó el funcionamiento del sistema y le dijo al Secretario de Estado Blinken, de los Estados Unidos, que quería seguir adelante. La condición era la que siempre había sido: un paso claro e irreversible hacia la constitución de un estado palestino. No un estado del mañana, sino un compromiso del que no se pudiera retroceder.
Israel dijo que no.
El gobierno de Netanyahu rechazó la condición de plano. No se trataba simplemente de que la coalición de extrema derecha impusiera su voluntad: el consenso en contra de conceder la creación de un estado palestino se extendía a la escena política mayoritaria. Fue una opción adoptada con los ojos abiertos: la posición absoluta sobre el estado palestino valía más que la integración regional que se ofrecía.
Desde la perspectiva propia del gobierno, la lógica era coherente. Ninguna concesión irreversible a la creación de un estado, ninguna dependencia de acuerdos multilaterales, ninguna restricción a la libertad de acción militar: una doctrina de soberanía sin compromisos.
En esencia, la decisión reveló una mala interpretación de lo que representaba la normalización con Arabia Saudita. No era un trofeo diplomático. Era el requisito estructural previo para cada corredor, para cada estructura de defensa y para cada ruta comercial que habría hecho que Israel fuera indispensable para el orden regional. El IMEC no podía avanzar sin eso. La arquitectura de la defensa aérea no podía madurar sin eso. Sin la normalización con Arabia Saudita, la centralidad de Israel en la región no tenía base institucional. Al tratarla como un precio demasiado alto, Israel no juzgó mal el costo del acuerdo, sino el valor de lo que se ofrecía.
Lo que quedó sin respuesta fue la pregunta de qué cosa la reemplazaría.
III.
La respuesta era Washington. No el Washington multilateral y constructor de instituciones de la era de la MEAD y del IMEC, sino un tipo diferente de relación: bilateral, personal, transaccional. Si Trump regresara a la Casa Blanca, según los cálculos, su instinto para las negociaciones personales y su indiferencia hacia los marcos multilaterales le darían a Israel lo que la integración regional habría proporcionado a través de un mecanismo diferente: la libertad de perseguir sus objetivos en Gaza, Líbano, Siria y, finalmente, contra Irán, sin las restricciones que la administración Biden, aunque intermitentemente, había tratado de imponer.
No era una apuesta irrazonable. Y en sus términos más estrechos, ha dado resultado. Cuando Erdogan amenazó a Israel esta semana, Trump respondió que ningún ataque contra Israel ocurriría durante su mandato. Probablemente lo dice en serio. Probablemente pueda hacerlo cumplir.
Pero la apuesta confundió una cosa con otra. La protección no es influencia.
Trump puede disuadir un ataque militar turco. No puede obligar a Arabia Saudita a firmar un acuerdo de normalización que el propio Israel rechazó. No puede revertir la percepción, cimentada por tres años de expansión territorial en Gaza, en el sur del Líbano y en territorio sirio, sin retirada y sin permitir fuerzas alternativas, de que Israel no es un socio que busca la estabilidad, sino un estado que persigue la hegemonía regional. Y no puede evitar que el resto de la región redibuje sus mapas en consecuencia.
Desde octubre de 2023, los países que rodean a Israel han observado el mismo patrón: operaciones militares que se expanden y no se contraen, territorios mantenidos sin estrategia de salida articulada, confrontaciones directas con Irán que se intensifican a través de dos intercambios en 2024, una guerra en el verano de 2025 y actualmente un segundo conflicto. En todo momento, Israel ha mostrado poca voluntad de coordinar sus operaciones militares o decisiones estratégicas con sus aliados occidentales o incluso con Estados Unidos, los mismos socios cuyo apoyo diplomático y material hicieron que esas operaciones fueran posibles.
La respuesta es el ferrocarril Turquía-Arabia Saudita.
IV.
El IMEC necesitaba a Israel en el centro. Sin la normalización saudita, el corredor no existe. El renacimiento del ferrocarril del Hiyaz no necesita absolutamente nada de Israel. Uno de los mapas imaginaba un país tan inserto en la infraestructura de la región que sus intereses y los de la región se volverían inextricables. El otro simplemente lo rodea.
La entrevista de Netanyahu en marzo se lee, en este sentido, como un epitafio involuntario de la estrategia que eligió. Describió la energía del Golfo que fluye a través de Arabia Saudita hacia los puertos mediterráneos israelíes, y de allí hacia Europa: una visión que requeriría precisamente el tipo de asociación cuyo precio su gobierno ha pasado tres años negándose a pagar. La región escuchó la propuesta. Luego, diez semanas después, construyó su alternativa.
La relación de Trump con Netanyahu, en la medida en que siga siendo real, actual y duradera, puede proteger a Israel de las amenazas que el poder estadounidense puede disuadir. Eso no es nada. Pero no es un asiento en la mesa donde se dibujan las rutas comerciales, se planifican los corredores de la energía y se da forma al futuro económico de la región. La protección te mantiene a salvo. Pero no hace que seas relevante.
Un tren corre de Omán a Estambul. Pasa por Arabia Saudita, Jordania, Siria y Turquía. No se detiene en Israel. Eso no es una historia sobre ferrocarriles. Es el mapa del Oriente Medio que construyó la política exterior israelí.
Traducción: Daniel Rosenthal