Desde Israel I
Estamos a unos veinte kilómetros al norte de Tel-Aviv, mirando al Este. Vemos el amanecer: a veces una bola amarilla redonda y perfecta, otras veces una luz amortiguada por nubes que ya no traerán agua.
Vemos las colinas de Shomron (sí, Samaria), donde la perspectiva y el horizonte desdibujan las edificaciones todavía israelíes de aquellas que ya son parte de esa Palestina que todavía no es Estado. Sabemos, aunque no vemos, que a contados kilómetros de aquí corre, paralela a la línea norte-sur, el famoso muro que construyó Ariel Sharon para detener la 2ª Intifada.
La proximidad física y #Oct7 imponen la real y amenazante cercanía con quienes quiere matarte.
Al Oeste está el mar, tal vez unos diez kilómetros. Ese mar al que tus enemigos sueñan empujarte. Ese mar que es uno de los límites de ese Estado libre de judíos con el que sueñan.
Dejemos de lado por un momento la situación geo-político-militar. Pensemos hacía dentro de nosotros mismos: como pueblo, como Estado, como geografía, civilización, historia, demografía.
Nuestro hogar transitorio aquí mira, al Norte, a una suerte de campiña israelí típica: algunos campos, varios viveros, cipreses solitarios, y caminos polvorientos. A nuestra espalda (porque no la vemos pero la sabemos) yace una ciudad que supo ser aldea: un paisaje urbano israelí medio, con sus semáforos, barrios, parque, shoppings, y su calle popular de ofertas y cafés.
En otra lectura, podría decirse que vemos lo que Israel fue y percibimos lo que Israel es.
El paisaje pastoril y bucólico representa ese Israel que siempre insisto que aún existe si uno busca lo suficiente. El paisaje urbano representa el Israel real, con su tráfico y su demografía explotadas, las secuelas de tres años de guerra y trauma, el consumismo, el costo de vida, y la incertidumbre.
Porque de alguna manera, la agricultura trasciende la circunstancia: los ciclos de la naturaleza, que pautan el calendario hebreo desde la Biblia en adelante, ignoran los misiles. La naturaleza sigue su curso. La civilización urbana, por el contrario, obedece a leyes humanas: psicológicas, económicas, sociales.
La dicotomía es forzada y sólo a efectos retóricos. El dueño del invernadero o el dueño del kiosco padecen igual. Tal vez voten distinto, elaboren distinto, o tengan diferentes prioridades. Pero el trauma es uno. Es más fácil de hallar que ese viejo Israel que mi memoria preserva.
Llegamos doce horas después que una amenaza iraní pusiera a todo el país en vilo ante una inminente nueva pesadilla de guerra. Cuando aterrizamos, todo lo que se detuvo por veinticuatro horas había resumido su curso y el aeropuerto desbordaba vuelos, gente, y equipaje. También esa es una experiencia colectiva israelí, judía: llegamos todos, o ninguno. Como dice el dicho: ‘sólo en Israel’. Sólo con ElAl, además…
Desde entonces, la tensa calma. Todos temen, pero daría la impresión que excepto la tozudez iraní, nadie quiere más guerra. Israel, intuyo, especialmente necesita una tregua. Los habitantes del norte del país, desesperadamente. Sin embargo, allí está más difícil. Han sido los héroes civiles de esta última etapa: viven, literalmente, bajo fuego.
De modo que no me engaño: el silencio de esta mañana, la frágil normalidad de la dinámica cotidiana, todo está condicionado, todo pende de un hilo. Estamos ‘en casa’ pero no hemos vivido un mes en los refugios y sin dormir, de modo que no nos incluyen las generales de la ley.
Sólo nos resta desear que hayamos traído con nosotros un período de calma que se extienda después de nuestra partida. Que el recurso de la guerra finalmente ceda ante el recurso de la diplomacia. Que este país pueda votar nuevos liderazgos y nuevas propuestas que lo devuelvan a su ‘normalidad’ natural: estado de alerta permanente, batallas y operaciones puntuales, y desarrollo social, cultural, y económico sostenido. Esa ecuación más o menos funcionó durante muchos años.
O, tal vez, haya otra ecuación posible. Mientras se resuelva, daieinu: con eso tengo bastante.