Tishá BeAv
Amit Segal, ‘It’s Noon in Israel’, 20 de julio de 2026
Hace dos mil seiscientos años, un miércoles, el fuego devoró Jerusalém y redujo a ruinas el Primer Templo, según la tradición judía. Esta semana los arqueólogos rescataron de las entrañas de la tierra un fragmento de aquel mismo incendio.
Gigantescas vigas de madera, ennegrecidas y calcinadas por las llamas que consumieron la ciudad en el año 586 a. C., salieron a la luz en el Parque Nacional de las Murallas de Jerusalém, en la Ciudad de David, según anunció el lunes la Autoridad de Antigüedades de Israel. Permanecían allí, inmóviles, desde el día en que los ejércitos babilonios de Nabucodonosor destruyeron el Templo de Salomón.
Aquellas vigas sostenían el techo de un patio interior de un edificio cercano al Templo. Cuando el incendio las hizo desplomarse, el yeso desprendido de los muros se derramó sobre ellas y, al endurecerse, las selló bajo una costra protectora. Así quedaron resguardadas, como suspendidas en el tiempo, durante veintiséis siglos.
«Este hallazgo hace sentir que uno está presenciando el instante mismo de la destrucción, el momento exacto en que todo sucedió», dijo Efrat Bojer, directora de la excavación de la Autoridad de Antigüedades de Israel. «Es profundamente conmovedor».
Pero quizá el aspecto más sobrecogedor no sea el incendio, sino la decisión de quienes vinieron después. Cuando los habitantes de Jerusalém regresaron del exilio babilónico para reconstruir la ciudad, los responsables de la excavación creen que optaron deliberadamente por dejar las ruinas donde estaban. No borraron las huellas del desastre: levantaron la nueva Jerusalém sobre las ruinas de la antigua. Crearon, en palabras del doctor Yiftaj Shalev, un paisaje de la memoria, un lugar destinado a conservar la presencia de lo que había sido.
Sabiendo que este miércoles millones de judíos, entre ellos yo mismo, ayunaremos en memoria del Templo, esa decisión deja de parecer un gesto remoto. Tishá BeAv es, en esencia, la misma elección que hicieron aquellos reconstructores, prolongada a través de dos mil seiscientos años: negarse a cubrir el pasado con los cimientos del presente y preferir mantenerlo vivo en la memoria. Es un mandato que resuena desde el Deuteronomio y que, con el paso de los siglos, se ha convertido en uno de los pilares de la identidad judía: «Acuérdate de los días antiguos. Piensa en los años de tantas generaciones» (Deuteronomio 32:7).