El Espacio Público Judío
No hace una semana que llegamos a Israel. Está todo ‘tranquilo’. No en el sentido uruguasho que significa ‘no pasa nada’ o ‘todo bajo control’ sino, literalmente, todo bélicamente quieto. Por lo menos acá en el ‘centro’ del país, el Gran Tel-Aviv y sus satélites. Por locación, nos toca disfrutar un paisaje urbano-agrícola de algunas parcelas e invernaderos. Pastoral, idílico.
Sin embargo, es así: los EEUU están por firmar un acuerdo con Irán que habrá hecho el esfuerzo de guerra casi inútil. La Kneset israelí se debate en torno a una ley absurda que equipara estudio (de la Torá) con servicio militar (riesgo de vida). Los alineamientos políticos generan incertidumbre y encuestas. La economía sigue su curso de irresistible ascenso y la moneda israelí se valoriza más y más. A pesar de tres años de guerra, la obra vial y la construcción privada mantienen su ritmo sostenido, casi frenético. De tranquilo, poco.
No soy un analista: ni político, ni económico, ni militar. Soy un viejo sionista un poco frustrado con una sensibilidad muy especial hacia esta tierra y este proyecto, el Sionismo, el Estado Judío. Mis reflexiones y observaciones se nutren de la realidad y los análisis que están a mi alcance, pero mi rol, tal como yo lo percibo, es compartir mi sensibilidad hacia toda esta compleja ecuación que llamamos ‘Israel’: Estado, sociedad, geografía, economía, y otros milagros.
Por eso quiero compartir una sensación que, como judío sionista, uno sólo puede sentir caminando cualquier vereda en Israel. Tal vez no ‘cualquiera’ realmente, pero sí la gran mayoría: ni Mea Shearim en Jerusalém ni la multicolor Tel-Aviv representan el promedio israelí. Lo que el Rabino Donniel Hartman denomina ‘el espacio público judío’. Que no es ‘la calle’ judía, ni los lugares ‘sagrados’ judíos, ni la mística jasídica o la mística nacional; es todo eso y mucho más. Es una dimensión múltiple en la cual quedas inmerso aunque nunca bajes al río.
Como repite el comediante Lior Schelein en su campaña de esclarecimiento en redes sociales, su judaísmo y su condición de israelí no están definidos por pautas rabínicas ni de observancia, ni por criterios étnicos o culturales. El judío israelí medio está definido por tres categorías: vive de acuerdo al calendario hebreo, su lengua madre es el hebreo, y sirve a su país de una forma u otra. En términos de Hartman, el israelí medio habita el ‘espacio público judío’. Eso sólo sucede aquí, y no podría suceder en ningún otro lado por más guetizada que esté la vida judía. Eso es el resultado del proyecto sionista.
Ejemplo: viernes de mañana; paseo de compras por la calle central de una ciudad media israelí, plural si las hay en su demografía. ¿Qué es el ‘espacio público judío’ en términos cotidianos? En primer lugar, gente tomándose su tiempo y su café; en segundo lugar, abundante oferta de jalot y flores; en tercer lugar, un negocio que ofrece productos de aluminio, descartables, para la cocina kasher; cuarto, diarios impresos edición sabática con abundante material de lectura, sea en hebreo, inglés, o ruso (no: en árabe, en una ciudad judía, no hay). Supongo que podrían enumerarse más signos y señales, pero con eso tengo bastante.
En la medida que el reloj da vuelta a las horas del mediodía el ‘espacio público judío’ se aquieta, se silencia, se va deteniendo, se recoge en los hogares. Los autos ocupan todos los lugares disponibles para estacionar porque quienes manejan son minoría. El aire queda en suspenso, da lugar a esa dimensión múltiple que de pronto nos da una sola señal: Shabat. Es intransferible. Aunque tus hijos más tarde viajen a bailar a Tel-Aviv o mañana viajes a la playa; el ‘espacio público judío’ nos incluye a todos. Si lo sentís, ganas. Si no lo sentís, te lo perdés.
Así como un viernes es un ejemplo relativamente fácil para ilustrar el fenómeno, hay muchos otros que tal vez no haya experimentado (lo suficiente) o desconozca: la dinámica comercial, los restaurantes, las cafeterías devenidas cowork, los ‘parlamentos’ (tertulias) post deporte de los sábados, la rutina de los escolares y sus padres, y por supuesto, los embotellamientos (pkakim) que evito a toda costa. Todo eso es ‘espacio público judío’ a nivel del israelí medio.
Un poco más allá yacen otros niveles: tres sinagogas en una misma esquina en un mismo predio; la gente que fija su rutina en función de los rezos; las piletas para el ritual de lavado de manos en casi todos los cafés o restaurants; las certificaciones de kashrut (Rabinato o no); las velas de Shabat que se venden de a cien. Y en un nivel más restringido aún, la Kneset, el parlamento israelí. Si alguien piensa que la dinámica británica en Westminster es pintoresca, no sé qué dirá de la dinámica de la Kneset: ¿mal educada? ¿Virulenta? ¿Violenta? ¿Espontánea? ¿Honesta? Bueno, ese también es el ‘espacio público judío’. En todo caso, su expresión máxima y a veces, su expresión más desagradable.
Israel nos ha dolido mucho desde hace ya más de tres años. #Oct7 fue el punto culminante, el eslabón más frágil de una cadena menos fuerte de lo que queríamos creer. Todos estamos mirando el futuro, que por supuesto debe incluir revisar el pasado reciente; hay algo mesiánico pero a la vez realista y escéptico en el aire, en ese ‘espacio público judío’ que me cautiva. Algunos esperan milagros, otros se conforman con pequeños grandes ajustes para gradualmente volver a un rumbo más consensuado y pragmático.
Mientras tanto, Israel sigue siendo ese espacio único que es bastante más que un refugio, un ejército, una economía pujante, una start-up nation, una sociedad que se debate entre lo atávico y su dinamismo. Israel nos ha dado la oportunidad, como judíos, de saber a qué se parece un mundo donde ‘lo judío’ pauta tu vida, le da contexto, sentido, y tal vez, ojalá, propósito. Tal vez esto último nos esté faltando.