El Legado de Oz

A cierta altura de la tarde montevideana generalmente doy por finalizada mi jornada de trabajo. La misma debió culminar al mediodía con un encuentro por zoom para destacar y comentar algunos pasajes de la última conferencia de Amos Oz en la Universidad de Tel-Aviv en 2018, unos meses antes de su muerte.

No se pudo llevar a cabo por problemas técnicos. A la frustración inicial siguió la determinación de no terminar la jornada sin escribir aunque sea unas palabras de todo lo que surge de ese formidable documento en el día del quinto aniversario de su fallecimiento. Al final encontrarán el link para YouTube.

Mirando una vez más mis apuntes para el zoom que no ocurrió, que no eran más que comentarios acotados a la elocuente exposición del homenajeado, me doy cuento de dos cosas: de su extraordinario realismo conjugado con una convicción ideológica profunda; y de la terrible vigencia de sus palabras entonces y, trágicamente, hoy.

Desde que la escuché por primera vez en 2018 he citado innumerables veces dos de sus frases: “no se cura una herida con garrote”; “se cura con un lenguaje para curar heridas”.

Por algún motivo, o precisamente a la luz de los acontecimientos del 7 de octubre en adelante, nunca me habían impactado tanto sus palabras sobre el poder y su uso: “si no tuviéramos un garrote grande no estaríamos aquí”. Que él mismo se descarte como “pacifista” es una cosa; una muy otra es que abogue por el uso del garrote. Querido Amos, en eso está tu patria. Mal que nos pese a todos.

En su momento me había impactado: “no hay lugar para un Estado binacional, no existe tal criatura (behema en Hebreo)”; esta vez pude escuchar el resto: “no hay lugar para un Estado binacional entre el río y el mar”, dice, inequívocamente. Amos el profeta está contestando al slogan pro-palestino desde el mundo venidero, y la respuesta es simple: no. “No quiero volver a ser una minoría, en ningún lado y especialmente no en el mundo árabe”.

En un pasaje un poco perdido, y refiriéndose a la capacidad de llegar a un acuerdo con los palestinos, se refiere a la Kneset y su poder: “si la Kneset tiene mayoría puede mover Pesaj a Tisha BeAv”. Así, sin saberlo, está prediciendo la crisis en torno a la reforma judicial que nos ocupaba hasta el 6 de octubre pasado: el problema de la limitación del poder y el uso o mal uso de las mayorías parlamentarias.

Quienes escuchen la conferencia completa encontrarán que también acuña una nueva palabra (después de todo, es un escritor): shajzeret o constritis o como yo lo diría, recreacionismo. Según Oz, esta es una enfermedad que afecta a personas de todas las ideologías y capacidades, y que él define en una frase memorable: “no quieras recuperar en el espacio lo que perdiste en el tiempo”. Aplica para los palestinos y aplica para los judíos con visión dogmática de las profecías bíblicas.

Esto dicho por alguien cuyos padres, tíos, y abuelos perdieron a su amada Europa a cambio de un apenas tolerable o sin apenas, intolerable, Levante. Como dijera su abuela Shlomit en “Historia de Amor y Oscuridad, “el Levante está lleno de gérmenes”. Los chacales que aúllan en el horizonte en la prosa de Amos Oz son las aldeas árabes desaparecidas en 1948. No hay retorno ni Ley de Retorno para los palestinos, del mismo modo que los judíos no deben reclamar Hebrón.

Por último, me quedo con la paradoja Eshkol-Beguin. Levi Eshkol era un kibutznik, pacifista, pero durante su mandato se encontró, en 1967, con el mayor “imperio” de Israel desde los tiempos davídicos; Beguin, el fundamentalista discípulo de Jabotinsky, luchador del Irgún, diez años más tarde firma la paz con Egipto devolviendo la mitad de ese “imperio”, el Sinaí. Por eso, sostiene Amos Oz, es sólo cuestión de tiempo: “tal vez camine entre nosotros quien asuma la responsabilidad por hacer lo que todos sabemos que hay que hacer”. Bueno, todavía no querido Amos, todavía no.

La realidad es que hoy ha prevalecido el impulso palestino de un solo Estado del río al mar por sobre cualquier otra utopía, y mientras se luchan las batallas reales y las retóricas, nadie osará “hacer lo que hay que hacer”, ni de un lado ni del otro. No aún. Tal vez otro día. Pero las profecías y sobre todo la profundidad histórica que Amos Oz nos regaló aquel día en la Universidad de Tel-Aviv no son tanto consuelo, que no lo hay, sino esperanza.

Que su memoria sea bendita.

 

Link: https://youtu.be/rwrW71Q3Z8U?si=j5PDCnlSC2HJ3pIO