‘Bibi’, 30 años después

Amit Segal, ‘It’s Noon in Israel’, 29 de mayo de 2026

Hoy es viernes, 29 de mayo, y hoy hace 30 años, después de una de las elecciones más ferozmente disputadas en la historia de Israel, que un hombre pasa a ocupar la oficina el Primer ministro. Es el primer Primer Ministro en acceder al cargo con niños pequeños. Si gana las próximas elecciones, será el primero en abandonarlo con bisnietos. Ese hombre es el Primer Ministro Benjamín Netanyahu.

¿Quién es este hombre quien, más que nadie desde la generación fundadora, ha hecho de Israel lo que es hoy? ¿Es un populista, un acérrimo ideólogo conservador o quizás algo intermedio? ¿Qué le espera al primer ministro de Israel con más años en el cargo y en qué se convertirá el país cuando finalmente se haya ido?

Comencemos por el principio o, al menos, por el comienzo de su ascenso. Es 1995. El Primer Ministro Yitzhak Rabin estrecha la mano del Presidente de la Organización para la Liberación de Palestina, Yasser Arafat, por segunda vez. La paz estaba en la agenda y la retirada de las ciudades palestinas de Judea y Samaria es inminente. El país está dividido violentamente: la mitad quiere la paz mientras que la otra mitad lanza advertencias sobre una guerra terrorista. Ahogado solo por las reproducciones constantes de “Shir LaShalom” (Canción por la paz) de la cantante Miri Aloni y las explosiones ensordecedoras por parte de los terroristas suicidas, el debate político se convirtió en una cacofonía.

Liderando una ferviente oposición a los Acuerdos de Oslo estaba un hombre vestido con trajes estadounidenses, con modales estadounidenses y un dominio del idioma inglés acorde. El joven Netanyahu era un líder paradójico para la derecha de Israel: exactamente lo contrario de lo que eran sus bases. Hijo de un profesor de la Universidad Hebrea y él mismo graduado del MIT, formaba parte de una élite cuando el resto era de clase trabajadora; de origen europeo, cuando la mayoría era de Oriente Medio. Mientras sus votantes encendían velas de Shabat el viernes por la noche, las visitas de Netanyahu a la sinagoga variaban entre poco frecuentes y nunca. Sin embargo, nada de eso importó. Dijo las cosas que esperaban que se dijeran, y las dijo excepcionalmente bien. Era duro con el terrorismo, un halcón a nivel internacional y a favor del libre mercado en su pensamiento económico. Era el Ronald Reagan de Israel. Pero no permanecería así.

Sonaron tres disparos. Rabin fue asesinado por el extremista de derecha Yigal Amir. El estado de ánimo del país cambió instantáneamente: el martirio de Rabin hizo que los gritos belicosos de “resistencia” y “traidor” fueran estrictamente tabú.

De repente, el ideólogo Netanyahu tuvo que pivotar. Su eslogan condenando la “rendición al terrorismo” fue reemplazado por un pegadizo jingle electoral: “Netanyahu – Haciendo una paz segura”. Al otro lado del pasillo estaba el ex segundo al mando de Rabin, el estadista israelí Shimon Peres, prometiendo terminar lo que su predecesor había comenzado. De cara a las elecciones de 1996, Peres parecía imparable: tenía la mano de Rabin en el hombro derecho, la del Presidente Bill Clinton de los Estados Unidos en el izquierdo, y unos medios de comunicación uniformemente de izquierda impulsando agresivamente la paz.

Pero el joven Netanyahu se adaptó, aprovechando cada entrevista para hablarle directamente a la gente a través del nuevo medio de la televisión comercial, insistiendo en una pregunta singular y aterradora para los votantes: “¿Quién va a dividir Jerusalén?” Aun así, a medianoche hace 30 años, Peres lideraba, pero por la mañana Netanyahu fue declarado ganador. Sigue siendo el día legendario en que los israelíes “se fueron a dormir con Peres y se despertaron con Netanyahu”.

El hombre de derecha había ganado. Pero ¿estaba el proceso de paz condenado bajo el liderazgo de Netanyahu? Eso depende de a quién se le pregunte. Aquí es donde los caminos de Netanyahu el ideólogo y Netanyahu el oportunista divergen. Ambos caminos pasan por los mismos hitos históricos: la retirada de Hebrón que legitimó los Acuerdos que había atacado implacablemente, un apretón de manos prohibido con Arafat y la liberación de prisioneros con sangre en las manos, rompiendo otra promesa explícita a sus bases. La diferencia es puramente una cuestión de motivación interna. Después de las elecciones, Clinton aseguró a la comunidad internacional que Netanyahu no era un derechista de línea dura, sino un moderado que finalmente concluiría el proceso de paz. ¿Estaba en lo cierto? ¿Estaba Netanyahu librando una lucha infructuosa contra los Acuerdos con la intención de echarse atrás en el último segundo, o se había subido felizmente al tren de la paz?

Podríamos haber verificado fácilmente sus verdaderas intenciones con las conversaciones finales en Camp David, pero Netanyahu no llegaría tan lejos. Se había pasado al centro, pero no pudo llevar consigo su campo político. En 1999, su coalición colapsó, y la paz, segura o no, quedó fuera de sus manos.

Pero como todos sabemos, la saga de Netanyahu no terminó allí. Diez años después, había regresado, y también lo había hecho el proceso de paz. Esta vez, un demócrata diferente estaba en la Casa Blanca. Netanyahu y Clinton tuvieron sus peleas, pero Obama, el 42º presidente se sintió como un amigo de toda la vida. En los próximos años, el electorado de Netanyahu experimentó un intenso déjà vu mientras Obama presionaba por la paz: los asentamientos se congelaron y los prisioneros fueron liberados. Sin embargo, cuando hubo necesidad de una prueba definitiva de la voluntad de Netanyahu de firmar un acuerdo final, la decisión se le fue de las manos una vez más. El Presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, se levantó de la mesa, haciendo caer el tren de la paz por un acantilado.

Sin embargo, a pesar de todas sus idas y venidas sobre la cuestión palestina, hubo un país sobre el que nunca se desvió: Irán. ¿Quién podría olvidar a Netanyahu parado en el podio de las Naciones Unidas, una caricatura de una bomba en una mano, un marcador rojo en la otra, dibujando una línea literal en la arena? Era una imagen que encapsulaba una obsesión de toda la vida. Había estado haciendo sonar la alarma sobre Irán desde su primer mandato en la Knesset en 1992, y había testificado ante el Congreso en múltiples ocasiones mucho antes de que esa infame visita de 2015 para atacar el acuerdo nuclear llevara a la administración Obama a sufrir el “Síndrome del desquiciamiento de Bibi”.

Para 2016, el Primer Ministro Benjamín Netanyahu se había asentado en un cómodo patrón : evitar al Presidente Barack Obama de los Estados Unidos, manejar el statu quo y formar coaliciones estables de centroderecha. Entonces, el futuro descendió por una escalera mecánica de oro. El Presidente Donald Trump de los Estados Unidos destrozó el establishment republicano y reescribió el manual de estrategias de las campañas electorales. Subió al escenario con un guion crudo y populista, y Netanyahu comenzó a tomar nota.

La furia contra el establishment no era nada nuevo para la derecha israelí. Durante décadas, el movimiento había sido impulsado por una alianza de votantes mizrajíes tradicionales e históricamente marginados y una derecha de mayor edad que aún llevaba las cicatrices de 29 años de hegemonía ininterrumpida de la élite fundadora de izquierda. Estos votantes no necesitaban que se les enseñara cómo estar resentidos con un establishment privilegiado o desconfiar de una prensa hostil. Netanyahu, que albergaba sus propias sospechas profundas sobre el “estado profundo” de Israel, estaba perfectamente posicionado para aprovechar ese crudo y preexistente resentimiento.

Aunque siempre había tenido la habilidad de hablarle directamente al público, ahora pasaba por alto los medios tradicionales casi por completo, optando por comunicarse a través de medios sociales y alternativos. Imitando aún más a Trump, reunió un séquito definido menos por la lealtad ideológica al partido que por la lealtad personal a sí mismo. Este fue el momento en que Netanyahu cambió el manual de estrategias de Reagan por el modelo de Trump.

Lo que es verdaderamente único del populismo de la marca Netanyahu es cuán perfectamente abarca tanto a la derecha más burguesa y profesional como a las bases de la clase trabajadora. Trump construyó una alianza similar, pero tenía la ventaja estructural de un sistema bipartidista. En Israel, donde los votantes tienen su opción de partidos de nicho, el carisma personal de Netanyahu ha impedido que sus bases lo abandonen por alternativas populistas más extremas o tecnocráticas.

¿Qué le depara el futuro a este gigante político israelí? A pesar de las predicciones de que su muerte política no llegaría a la campaña electoral hasta bien entrada la década de 2040, parecería que él se está preparando para una última elección, buscando una última oportunidad para cristalizar su legado. El Primer Ministro Benjamín Netanyahu siempre ha sido un hombre de contradicciones: ha pasado de oponerse a la paz a defenderla, y de ser un defensor de la paz a lo que es ahora: el primer líder en expandir el territorio israelí desde 1967. En todo este tiempo, sin embargo, siguió siendo el “tipo de Irán”. En sus hitos de 20 y 25 años, el destino final de la amenaza iraní todavía estaba abierto a la ambigüedad. Hoy, a los 30 años, es innegable que este tema no solo definirá su legado, sino que determinará sus perspectivas electorales en setiembre de este año.

Incluso si sale victorioso, y aunque pueda tener dificultades para visualizarlo, habrá un Israel post-Netanyahu. En parte por la propia voluntad de Netanyahu, y en parte porque la providencia simplemente no le ha dado a nadie más el talento suficiente; no hay un sucesor directo esperando entre bastidores. Cuando finalmente se vaya, los elementos populistas del Likud y facciones como la de Itamar Ben Gvir seguramente crecerán, mientras que los miembros más ideológicos del Likud se desplazarán hacia el centro. Como es el caso de todos los políticos titánicos, los sucesores intentarán reunificar su electorado fracturado, aunque probablemente con poco éxito.

Esto solo araña la superficie de Netanyahu. Como comunicador político, Netanyahu se convirtió en un maestro de todas las generaciones, pasando sin problemas de los estudios de televisión de 1996 a la Internet temprana y, finalmente, a las redes sociales. Su resiliencia estructural sigue siendo una anomalía absoluta en la volátil arena de la política israelí: 19 años en el poder, seis coaliciones, un período de supervivencia inigualable ejecutado completamente desde el timón de un solo partido.

Odiado, venerado y respetado a regañadientes, Netanyahu no deja a nadie en una posición neutral. ¿Populista o ideólogo? ¿Pragmático o extremista? En última instancia, las etiquetas se desvanecen ante la realidad de su longevidad política. A pesar de sus 17 años altamente volátiles en la cima, su electorado ha demostrado que les importa mucho menos el preámbulo ideológico que los resultados concretos. Para sus votantes, el resultado final habla por sí mismo: bajo su mandato no existe ningún Estado palestino, aunque el régimen iraní sigue existiendo. Si esto quedará así, lo determinará en última instancia el legado de la figura más icónica del Israel moderno.

Traducción: Daniel Rosenthal