El Israel ‘profundo’. Y posible.

Publiqué en mi Facebook fotos que titulé ‘a trip down Memory Lane’, algo así como ‘un viaje al baúl de los recuerdos’ (según IA) o, simplemente, un baño de nostalgia. Como en ‘La Noche de la Nostalgia’ uruguaya pero sin música, alcohol, ni trasnochada. Simplemente, un paseo por veredas que uno recorrió décadas atrás. Vivencias compartibles, sí, pero casi intransferibles.

Hoy publiqué fotos de otro derrotero. Así como la nostalgia, no es fácil contar la historia; más aún cuando la vivencia es de otro. En este caso, el hermano de un amigo de infancia (y de siempre), probablemente conocido para muchos de los lectores de TuMeser: Dov Avital. Dov ha contribuido con TuMeser con artículos de diferente perspectiva a los habituales. Además, siempre se ha prestado a compartir sus vivencias y análisis como israelí, pero en ‘uruguayo’.

La visita fue una invitación a almorzar en la aldea árabe Baqa al-Gharbiyye vecina a su kibutz, Metzer, a su vez vecino inmediato de una aldea árabe, Meisar. Ambos, el kibutz y la aldea, se recuestan sobre ‘la línea verde’, más o menos coincidente con el muro que separa Israel de Samaria bajo la Autoridad Palestina. A pocos kilómetros corre la autopista #6 que atraviesa el país de norte a sur; un poco más allá se ubica la nueva ciudad israelí de Jarish; y el horizonte, al oeste, se ven las chimeneas próximas a Cesárea.

Este no fue un recorrido hacia el pasado sino una ubicación en el presente. De alguna manera, Metzer es lo que Israel fue, es, y será: estratégico, coexistente con sus vecinos, adaptable, y próspero. Un kibutz privatizado con agricultura, industria, tambo, y una calidad de vida envidiable. No exento de atentados (en 2002 en plena intifada no fue excepción) ni desafíos, pero sólido, pragmático, y solidario.

Nos contó Dov que ese pequeño enclave no padeció los dramas de otras zonas ‘mixtas’ de Israel que arrastran sus tragedias hasta el día de hoy. Los árabes que habitaban la zona nunca fueron desplazados y son, por supuesto, ciudadanos de Israel con todos sus derechos. La coexistencia es tan real como puede concebirse sin ilusiones de abrazos fraternos o fusión de culturas imposibles. Son dos pueblos, árabes y judíos, que comparten un pedazo de territorio dentro del Estado de Israel (que es un Estado judío): todos viven y votan según sus intereses, todos se cruzan en los caminos, todos comercian, pero al final del día cada uno vuelve a su casa.

Por lo que entendimos, estos árabes israelíes apoyarían un Estado o cualquier entidad palestina que finalmente se concretase al otro lado de la frontera, pero jamás pensarían en mudarse allí. Ese es su lugar. A diferencia de lo que cuenta Ari Shavit en su libro ‘Mi Tierra Prometida’ sobre otras zonas de Israel (Hulda), aquí ningún asentamiento judío borró del mapa un pueblo árabe. Allí están, los vimos. Sí, es la tan mentada ‘coexistencia’.

Un kibutz privatizado despierta cierta nostalgia de instituciones que otros kibutz todavía conservan: por ejemplo, el edificio central y comedor. No está abandonado ni mucho menos y ocupa el centro cultural y social del kibutz, pero ahora es patrimonio urbano, ya no es comedor. Al mismo tiempo, y pese a la privatización (proceso que han vivido cientos de kibutz en Israel) el principio de solidaridad se mantiene vigente. La membresía se adquiere, la vivienda es propiedad privada, y los medios de producción son propiedad colectiva. Un kibutz privatizado es una empresa de características muy específicas. Innovar, emprender, son verbos cuya conjugación es vital en este contexto.

El panorama geo-político regional y mundial es sombrío. Si bien no hay más guerra, por ahora, las perspectivas no son auspiciosas. El tren no pasa dos veces. Si alguien tiene claro la complejidad de la situación es nuestro anfitrión. Desde la ideología y pasión que lo trajo aquí, hoy no ignora ni elude las preguntas más difíciles. Mientras tanto, no piensa en retirarse y sigue desarrollando la fábrica de riego por goteo que es orgullo del kibutz. Y suyo.

Almuerzo mediante, nos dio la oportunidad de charlar un rato con el mejor Israel: el que conjuga idealismo con pragmatismo, valores con auto-preservación, y una profunda vocación humanista.