Estoy Preocupado
Siempre me he preguntado qué, exactamente, motivó a mis abuelos y su generación a abandonar Europa previo a la 2ª Guerra Mundial (léase, La Shoá): el miedo, el hambre, la violencia, o incluso un sesudo análisis de la coyuntura (aunque la información era mucho más acotada y menos accesible que hoy día). Sea en los años veinte del siglo pasado, sea en 1938 posterior a la Kristallnacht, sea en 1939 en el último barco (ese ‘tren’ que no podían perder), en algún momento entendieron que, parafraseando a Paul Johnson en su ‘Historia de los Judíos’, el discurso violento, históricamente, devendría en violencia física. Los que se fueron, se salvaron.
Estoy preocupado. Veamos el contexto nacional.
En la última semana ha surgido una avalancha feroz de artículos de ‘denuncia’ y condena en relación a las consecuencias de la guerra que Israel libra contra sus enemigos: Hamás en Gaza, Hizbolá en Líbano, y El Régimen en Irán. No ha sido un artículo aislado aquí y allá sino una violenta coordinación de tiempo y discurso. Me remitiré a lo que he leído. Asumo que hay más.
Esto es lo que el periodista israelí (canadiense) Matti Friedman denominó como un nuevo género, ‘Gazology’ (https://tumeser.com/2026/04/23/introduccion-a-la-gazaologia/).
Una de sus características es que sus autores jamás estuvieron en Gaza y su contacto con esa realidad es insignificante. Otra, menos evidente, es “que el tipo de periodismo que se está produciendo pone al descubierto el resurgimiento de un viejo y retorcido patrón de pensamiento y su migración desde una corriente marginal a la corriente principal del discurso occidental, específicamente una obsesión hostil contra los judíos”. “Estas ideas alarmantes ahora son aceptadas por muchos como tan obvias que ya no requieren ser defendidas.” Finalmente, concluye: “Se trata de una ponzoña muy antigua y potente. Y muestra todas las señales de estar funcionando.”
A las pruebas me remito: el 24 de abril Brecha publicó tres (sí, tres) artículos dedicados a contrarrestar la iniciativa de algunos legisladores de crear una ley para ‘reprimir’ el antisemitismo, condenar la labor de ‘hasbará’ (esclarecimiento) por parte de instituciones judías y/o israelíes, y por supuesto condenar el ‘genocidio’ en Gaza. Todo esto en un solo día y en extenso, sin ahorrar espacio; toda una inversión´´ ideológica. Pero una ley no ‘reprime’ sino que, a lo sumo, penaliza y, en todo caso, regula; la ‘hasbará’ es tan ‘lobby judío’ como lo son las gestiones de cualquier corporación (gremiales, sindicatos, y afines); y la acusación de genocidio por parte de Israel en Gaza es una mentira tenaz: la guerra fue justa pero tuvo duras consecuencias.
Como si fuera poco, ya hay un nombre propio que circula y sirve como víctima de los peores libelos antisemitas de manipulación, perversión, y alevosía. Shylock. O Fagin. No falta nada más.
Por eso, estoy preocupado. Ahora veamos el contexto comunitario judío.
Desde el 7 de octubre de 2023 (#Oct7) la representatividad de la comunidad judía en el Uruguay es problemática. Los organismos u organizaciones tradicionalmente ‘encargados’ de manifestarse ante la prensa, el sistema político, y el gobierno de turno, han perdido pie. En algunos casos la capacidad de reacción sigue intacta, si por ‘reaccionar’ entendemos emitir comunicados o poner la cara y la voz en una nota audiovisual. Si pensamos en términos estratégicos (concepto que la guerra nos ha obligado a afinar), está claro que el sistema deja mucho que desear. Desde ‘las bases’ de la comunidad judía hay una sensación generalizada de falta de conducción, y sobre todo de criterio.
Esto habilitó, especialmente hasta la liberación de los últimos veinte rehenes vivos el 13 de octubre de 2025, una serie de ‘acciones’ ‘espontáneas’ por parte de judíos que sentían la necesidad de expresar su dolor y su adhesión a la causa de Israel tras #Oct7. Como dijo alguien, se instaló una competencia (absurda) respecto ‘a quién le duele más #Israel’. Desde comunicados oficiales más o menos tibios a gráfica en la vía pública, todo valía. La cuestión es si sirve a la causa: explicar una guerra justa que, sólo por contados momentos, se salió de los parámetros éticos habituales del ejército de Israel. Lo cual dista mucho de ser ‘genocidio’.
Acallados los bombardeos en Gaza y trasladados primero a Irán y luego a Líbano, parecía que no había mucho más de qué quejarse respecto a Israel y el ‘demoníaco’ gobierno de Netanyahu. Aunque no faltó prensa (internacional y local) que ubicara a Irán como el agredido, se hiciera una fiesta con la interna política de los EEUU y, apenas iniciada la ofensiva contra Hizbolá en el Líbano comenzará a ‘gazatizar’ este frente. La infraestructura de Hizbolá no se compara con la de Hamás pero su poderío militar es muy superior; el recurso de refugiar sus recursos humanos y armamento entre civiles es el mismo, con las consiguientes consecuencias fatales.
A diferencia de Gaza, Líbano es un Estado. Desde el momento que ha accedido a conversaciones ‘de paz’ con Israel, comprometiéndose (retóricamente) a desarmar a Hizbolá, Líbano ya no tiene la potencia semántica de Gaza. Por eso vuelven a Gaza, el genocidio, y los soslayados territorios en Judea y Samaria. Cuando la realidad ya no ofrece el material adecuado, se vuelve sobre el material de archivo. Acumulamos denuncia y generamos ruido. Ruido antisemita.
¿Por qué antisemita? Porque cosas peores suceden en el mundo y nadie se ocupa de ellas. Como dijera el filósofo Georges Bensoussan en una entrevista a Alejo Schapire citando al poeta palestino Mahmoud Darwich: “¿sabe por qué se interesan por nosotros, los palestinos? No por nosotros o por Palestina. No. Se interesan por nosotros porque ustedes son nuestros enemigos, ustedes los judíos.” “La movilización histérica alrededor de Palestina traduce en primer lugar el odio del origen judío; es eso lo que está en causa en el fondo.” Y dice Sibony: “El origen del odio es el odio del origen” (https://tumeser.com/2025/08/12/israel-antisemitismo-actualidad/).
Con este trasfondo en buena parte de la opinión pública uruguaya, con medios que no escatiman en invertir en la denostación de Israel y su gobierno (mal que me pese, elegido democráticamente), la ausencia de un criterio comunitario debidamente procesado y pensado en términos estratégicos y de largo aliento, sólo facilita los ataques furibundos y las diatribas retóricas parciales y sesgadas. Después de casi ochenta años de una especie de ‘luna de miel’ entre los judíos y las sociedades que habitamos y en las que contribuimos, los efectos del terrorismo islámico están haciendo retroceder un siglo la Historia. Parece que no hemos aprendido nada.
Como en Golders Green esta semana, hace diez años en Paysandú un judío fue asesinado por el mero hecho de identificarse como tal. Hace casi cuarenta años un neonazi asesinaba un judío en Montevideo. No vivimos en ‘Tontovideo’ (Roberto de las Carreras) sino en una realidad compleja que exige respuestas pensadas, sofisticadas, y sobre todo creativas. Porque el argumento de la victimización, real sin duda alguna, está caducando como caduca cualquier medicina. Necesitamos nuevos sistemas, nuevos líderes. Nunca faltó quiénes asumieran los desafíos y las responsabilidades de la hora, pero hoy hacen falta, además, tres C: Consenso, Creatividad, Capacidad. No hay quien reúna las tres. Precisamos liderazgo pero también equipo.
Por todo esto, estoy preocupado. Hablo, nada menos, del Uruguay en que crecerán mis nietos.