‘Bamidbar’: dónde ponemos las banderas

Hori Sherem, palabras de Torá en NCI Montevideo, 15 de mayo de 2026

La parashá de esta semana, Bamidbar, comienza de una manera extraña. Después del relato dramático de la salida de Egipto, después del mar abierto, después de la revelación en el Sinaí, uno esperaría grandes escenas espirituales. Pero la Torá hace algo mucho más terrenal.

Organiza un campamento. Cuenta personas.  Ordena tribus.  Define lugares. Determina en que lugar acampa cada tribu.

En medio del desierto aparece una imagen inmensa: el pueblo de Israel acampando alrededor del Mishkán (tabernáculo). Miles de personas en la arena. Carpas abiertas. Fogones encendidos. Niños corriendo entre el polvo. Ancianos sentados afuera de las tiendas. Animales. Equipaje.
Cansancio.

En el centro de cada campamento:  banderas. Cada tribu con la suya. Cada una con su color, con su símbolo, con su historia. La bandera de Yehudá. La de Dan. La de Reuvén. La de Efraim. Cuando uno imagina esa escena desde lejos, casi puede verla como una pintura: doce banderas moviéndose en el viento del desierto. cada una representando a una tribu. Es una imagen hermosa.

La Torá podría haber imaginado un pueblo uniforme. Todos iguales. Todos pensando igual. Todos viviendo igual. Pero no.

Desde el comienzo, el pueblo judío aparece organizado en tribus diferentes. Con identidades diferentes. Con sensibilidades diferentes. Con maneras distintas de habitar el mundo. La unidad, en la Torá, nunca fue uniformidad. Eso, es profundamente moderno.

La tradición judía lleva esa idea todavía más lejos. En Devarim Rabbah 9:9 aparece una imagen extraordinaria: Moshé escribe trece rollos de Torá. Doce son entregados a las tribus. Y uno más es colocado junto al Arca. Como si cada tribu necesitara su propia relación con la revelación, su propia voz, su propia manera de leer y transmitir la Torá, pero al mismo tiempo existiera un rollo común, un centro compartido que nadie pudiera apropiarse completamente para sí.

Pluralidad interpretativa. Pero con un centro compartido. Sin embargo, cuando uno se acerca un poco más a la escena, descubre algo incómodo: cada tribu tenía también su lugar exacto. Su sector. Su campamento. Sus límites. No se cruzaba tan fácilmente al otro lado.

De hecho, al comienzo, incluso existía una fuerte preocupación por mantener la pertenencia tribal también en los matrimonios, para que cada tribu conservara su territorio y su identidad. La diferencia no era solamente simbólica. Era concreta. Social. Familiar.

Había banderas. Pero también había fronteras.

Quizás por eso Bamidbar sigue siendo tan contemporánea. Porque nosotros también vivimos rodeados de banderas. Banderas políticas. Religiosas. Ideológicas. Sociales. Identitarias. Cada uno encerrado en su propio campamento emocional. Hablando solamente con quienes ya piensan parecido. Leyendo solamente a quienes ya opinan como nosotros. Sospechando del otro incluso antes de escucharlo.

Lo más doloroso es que esto también nos pasa dentro del pueblo judío. Nos pasa en nuestras comunidades. Nos pasa en nuestros liderazgos. Nos pasa incluso en espacios donde hablamos permanentemente de unidad.

Vivimos en un país chico, con una comunidad judía más chica aún. Sin embargo, muchas veces ni siquiera podemos sentarnos alrededor de una mesa sin convertir la diferencia en amenaza.

Hay rabinos que no pueden reconocer al otro como un par. ni sentarse en un café charlar por culpa del que dirán. Comunidades que no pueden escucharse. Personas que sienten que cruzar al otro campamento sería casi una traición. Como si la bandera hubiera terminado siendo más importante que el encuentro.

Ahí aparece una de las preguntas más incómodas de Bamidbar:  ¿Cómo convivir con diferencias reales sin destruirnos? La Torá no elimina las tribus. No les pide que desaparezcan las banderas. No pide uniformidad. Las banderas siguen ahí. Pero hay un detalle fundamental. Ninguna tribu acampa en el centro. En el centro está el Mishkán. El lugar de encuentro. Algo más importante que cada bandera individual. Algo compartido. Algo sagrado. Algo que pertenece a todos.

Tal vez ahí está una de las grandes tragedias de nuestro tiempo. No que existan diferencias, sino que algunos grupos quiere poner su propia bandera en el centro del campamento. Cada uno convencido de que su forma de vivir el judaísmo, la política, la identidad o la verdad debe ocupar el lugar del Mishkán. Cuando eso pasa, el centro desaparece. Ya no queda espacio compartido. Solo tribus.

Un pueblo no se rompe porque existan diferencias. Un pueblo se rompe cuando pierde la capacidad de caminar hasta el campamento del otro sin sentir que está traicionando el propio.

A veces imagino el desierto de noche: las doce banderas moviéndose lentamente con el viento, las fogatas todavía encendidas, las tribus hablando distinto, rezando distinto, pensando distinto. Sin embargo, todas orientadas hacia el mismo centro.

Quizás ese siga siendo, hasta hoy, uno de los mayores desafíos espirituales del pueblo judío: no destruir las banderas, sino recordar que ninguna bandera puede ocupar el lugar del centro.