El caso de Modi’in Illit

Amit Segal, It’s Noon in Israel, 30 de abril de 2026

A medida que nos adentramos en unas elecciones más preocupados por la amenaza de la ultra-ortodoxa Bnei Brak que por la amenaza proveniente de Teherán, vale la pena observar más de cerca a la comunidad jaredí. Dado que yo no soy ultra-ortodoxo, quizá sea más útil recurrir a la perspectiva del Dr. Eliezer Hayun, investigador del Centro de Jerusalén especializado en la sociedad jaredí, y a su relato en Yediot Ajronot sobre sus 26 años viviendo en la ciudad más pobre de Israel, la ultra-ortodoxa Modi’in Illit.

De los aproximadamente 100.000 habitantes de la ciudad, un asombroso 60 % son niños. Al mismo tiempo, ocupa el primer lugar como la ciudad más pobre de Israel y la que tiene la mayor esperanza de vida.

Según el relato de Hayun, al frente de esta metrópolis se encuentra Iacov Gutterman, quien ha sido alcalde durante más de un cuarto de siglo, asumiendo el cargo en el año 2000. Aunque los alcaldes de largo aliento no son raros en Israel, la realidad política de Gutterman es completamente única: sus votantes son totalmente apáticos respecto a su situación electoral. Cada cinco años, su siguiente mandato queda asegurado sin esfuerzo mediante una breve reunión con el influyente tribunal rabínico de la Torá, lo que disuade a cualquier posible rival de siquiera presentarse. Debido a este proceso poco convencional, su verdadera capacidad administrativa sigue siendo un misterio. Podría ser un líder brillante o un desastre absoluto, pero en última instancia nadie lo sabe y a nadie parece importarle.

Como señala Hayun, la ciudad tiene, geográficamente, una sola entrada. Cerca de 100.000 residentes están obligados a pasar por un único y enorme cuello de botella. Si ocurriera un desastre que bloqueara ese único acceso, la población quedaría completamente a merced de la providencia. Resulta tentador atribuir esta situación peligrosa directamente al alcalde. Sin embargo, la total falta de información, la indiferencia pública y la ausencia absoluta de oposición política hacen imposible exigir transparencia. En consecuencia, y de manera bastante frustrante, argumenta Hayun, culparlo sin contar con los hechos sería simplemente injusto.

Hayun sostiene que el statu quo se mantiene gracias a tres factores fundamentales: una recolección de basura confiable, importantes descuentos en los impuestos municipales para los hogares de quienes estudian Torá a tiempo completo, y un total desinterés por la extendida construcción ilegal.

Un edificio residencial estándar, inicialmente aprobado para 20 apartamentos, puede terminar con 20 unidades adicionales, tres túneles y una mikve (baño ritual) construida por un residente jasídico en la planta baja. Esta enorme ola de construcción no regulada provoca fricciones constantes entre vecinos. Como consecuencia, los tribunales rabínicos, los únicos a los que acuden los residentes, evitando por completo el sistema civil, están desbordados.

En la calle ultra-ortodoxa, el estatus de un alcalde, al igual que el de los miembros jaredí de la Kneset, es notoriamente bajo, si no directamente despreciado. Hayun señala que el modelo a seguir definitivo es el “Gadol HaDor” (el rabino más grande de la generación). Modi’in Illit no es la excepción: el liderazgo rabínico ejerce un poder absoluto. El establishment rabínico lituano mantiene un control férreo sobre la ciudad, sin dejar espacio para que prosperen figuras políticas independientes, escuelas o incluso negocios que no sigan la línea establecida.

Hayun explica que este monopolio permite que los problemas sistémicos permanezcan sin cuestionamiento. Por ejemplo, la evidente exclusión de los mizrajím (judíos de origen de Medio Oriente) de las escuelas lituanas de élite es recibida con un silencio ensordecedor por parte de las figuras religiosas de alto rango. Además, destaca que incluso la prensa local está neutralizada; aunque los supervisores de kashrut afirman filtrar únicamente contenido considerado indecoroso, la realidad es que ningún periódico local ha publicado jamás una sola palabra de disenso contra el liderazgo de la ciudad.

¿Es negativa esta gobernanza absoluta basada en la Da’at Torá (dirección guiada por la Torá)? Hayun sostiene que depende de a quién se le pregunte. Un destacado rabino de Jerusalém le describió una vez Modi’in Illit con entusiasmo como una sociedad ideal, perfectamente gestionada. Sin embargo, Hayun advierte que este poder rabínico sin control tiene consecuencias oscuras: una tendencia a manejar internamente los casos de abusadores sexuales, la imposición de normas religiosas no obligatorias, una fuerte segregación étnica en las escuelas y la eliminación total del pluralismo.

Pero, ¿Cómo logra sobrevivir este sistema?

Hayun realizó un estudio junto al ex comisionado del Servicio Civil Ehud Prawer para descubrir qué permite que funcione la economía ultra-ortodoxa. Descubrieron que su resiliencia depende en gran medida de contratos sociales profundamente arraigados. Uno de los más fascinantes es la disposición universal de la comunidad a sacrificar el espacio personal por el bien colectivo, permitiendo que iniciativas comunitarias ocupen sin problemas áreas compartidas o privadas sin necesidad de permisos formales.

Por ello, es común encontrar mercados ambulantes de descuento muy activos funcionando en estacionamientos residenciales, salas de estar privadas, salones improvisados y patios compartidos. Hayun describe a toda la sociedad como un único organismo vivo, que se ofrece instintivamente para sostenerse a sí mismo. Como relata, al salir de la ciudad, encontró su vehículo bloqueado por un mercado benéfico improvisado. Cientos de personas, haciendo fila para obtener una canasta de alimentos a un precio simbólico o incluso gratis, bloqueaban todos los accesos a la zona y generaban un grave embotellamiento.

“Un miembro del concejo municipal, sudoroso, enérgico y envuelto en un fervor de santidad, escuchó mis gritos y se acercó rápidamente. ‘¿Hay algún problema?’, preguntó. ‘Por supuesto’, respondí furioso, ‘nadie me pidió permiso para usar el estacionamiento del edificio’. ‘Está bien’, respondió, ‘yo te ofrecí a tí como voluntario’. Lo miré. No estaba siendo cínico. Ni siquiera sonrió. ‘Pero es ilegal’, susurré con frustración e impotencia. ‘Quéjate al municipio’, respondió alegremente el alto miembro del concejo, y continuó con su labor sagrada.”

Semanas y meses pasaron, y Hayun finalmente comprendió que el concejal tenía razón. Él lo había “ofrecido” sinceramente como un eslabón importante del organismo social ultra-ortodoxo que permite que la ciudad más pobre de Israel continúe sobreviviendo.

Tracucción editada