Las batallas detrás de La Guerra
Todo es pasible de ser política. Desde la obra pública a la guerra. Ambas son ejemplos de manual.
Israel está en guerra desde el 7 de octubre de 2023. Con Israel, todos los judíos del mundo en alerta y a merced de la violencia. Israel ha tenido triunfos resonantes y contundentes desde aquella operación de los ‘walkie-talkies’ hasta los asesinatos selectivos de los sucesivos líderes enemigos, y siempre superioridad militar aérea sea en Gaza o Irán. Nada de eso, sin embargo, supone ganar la guerra. El ‘triunfo total’ de Netanyahu es retórica pura y dura.
Ni Gaza ni Irán han sido removidos como enemigos mortales de Israel. No sabemos cómo ni cuándo terminarán estas campañas militares. La advertencia del Jefe del Estado Mayor Eyal Zamir de que las FDI colapsarán por falta de recursos humanos es una advertencia técnica, pero también política. No se trata sólo de reclutar ultra-ortodoxos; se trata del agotamiento de un pueblo sometido a la tensión de una guerra durante tanto tiempo. ¿Por qué sería Israel distinto a Ucrania? ¿Porque somos judíos, ‘resilientes’, sobrevivientes de siglos de persecución?
Nos comprenden las generales de la ley. La guerra es perversa, y la política atravesada en la guerra más perversa aún. Mientras Israel como sociedad pelea en varios frentes (Irán, Líbano, Gaza), grupos minoritarios de esa sociedad, con un poder político desproporcionado, libran sus propias batallas. Como judíos sionistas que miramos desde lejos preferimos ver los aviones israelíes sobre los cielos de Irán que aquello que sucede en el patio trasero de Israel.
Detrás de la línea verde hay otros judíos librando otra batalla: sembrando el terror en la sociedad palestina, invirtiendo presupuestos estatales en más infraestructura para los colonos, asegurándose que cuando emerjamos de esta guerra la realidad en el terreno sea ya inamovible. Hay quienes pelean por soberanía y hay quienes pelean por supremacía. A costo de esta causa minoritaria y otras de la ultra-ortodoxia, las periferias de Israel están abandonadas a su suerte: los gritos desde el norte son ecos que se pierden en la montaña; Arad y Dimona han sufrido enormes niveles de destrucción. Centro o periferia, la impotencia es general.
Que Irán es una amenaza existencial inminente e inmediata para Israel está probado por el daño estructural ocasionado y las víctimas de todo tipo. Que en términos militares no sean significativas no consuela a nadie. El daño psicológico, la neurosis ante las sirenas que padecen niños y ancianos (por citar sólo dos grupos específicos), la falta de sueño generalizada (una suerte de fiebre del insomnio macondiana), y el caos social y económico a causa de la suspensión de clases y distorsión del trabajo son todos datos irreversibles de la realidad.
La guerra se pelea en tres niveles: el frente de batalla; el frente civil; y ‘los escritorios’. El orden de padecimiento corre en paralelo: primero los soldados, pilotos, oficiales; luego el ciudadano de a pie; y por último, el político que toma las decisiones.
Detrás de esta guerra ‘convencional’ o ‘tradicional’ yace la guerra de guerrillas en Judea y Samaria por un lado y la guerra sucia en la Kneset por otro: una va por todo el territorio y la expulsión de los palestinos de la zona, y la otra va por el régimen democrático israelí tal como lo conocemos hoy.
Tal vez Trump ponga punto final a esta escalada en algún momento no muy lejano en el tiempo. Ha quedado claro que lograr los objetivos iniciales es cada vez más difícil. El cambio de régimen en Irán depende de los iraníes, y no es mera retórica; por ahora no están dadas las condiciones. Cuando sea que Trump diga basta y Netanyahu acate Israel, y todos los judíos del mundo, deberemos volver a nuestros asuntos: allí en Israel, elecciones y un atisbo de esperanza; en el resto del mundo, a la luz de las nuevas realidades, revisar prioridades, valores, y pactos.
No será la primera vez que nos toca afrontar semejante desafío. Por eso es importante conocer todas las batallas que se están librando al mismo tiempo: unas nos unen; otras nos dividen. Es bueno saber diferenciarlas.