Pesaj en Mila 18

León Uris, capítulo XIII de «Mila 18″

—Pascua —dijo Andrei, con aire sardónico—. La fiesta de la liberación. ¡Vaya broma de mal gusto! Simón movió la cabeza, asintiendo. — ¡Ah! ¿Dónde está Moisés para guiarnos a través del Mar Rojo y ahogar al ejército enemigo? Las únicas columnas de fuego son las que nos devorarán a nosotros. —Bien, tendremos que celebrar el Seder —repuso Andrei. Chris meneó la cabeza. —Ustedes los judíos me dejan atónito. Encontrándose en los abismos del infierno, a punto de ser destruidos, murmuran rituales de libertad. — ¿No clama uno más desesperadamente por la libertad cuando se la arrebatan? ¿Qué mejor ocasión puede presentarse que la de esta noche para renovar la fe? —Dijo Alexander Brandel. —Vamos, Alex —le zahirió Chris—. Andrei, usted, Simón…, la mayoría de los que están ahí fuera no pueden renovar una fe que nunca han tenido. Rodel, el comunista, les desea buenas fiestas. ¿Cuál era su sinagoga? —Sí, Chris, en cierto modo tiene razón. Y es muy extraño que nosotros, que no hemos vivido como judíos, decidamos morir como tales. —No existe ningún motivo…, y existen todos los motivos. Lo único que sabemos es…, que hemos de celebrar el seder. Pascua. La noche del seder. El renovado relato de un episodio de la antigua Hagada, tan viejo como la Historia escrita. La liberación de la esclavitud de Egipto. ¡Cómo habría reverberado, con entusiasmo incesante, la Varsovia judía antes de la guerra! Alex trató de recordar la Sinagoga Tlomatskie…, las turbas apiñándose para ver cómo lo más selecto de los judíos llenaba el templo marmóreo… Incluso en las casas de los más pobres, candelabros de bronce y plata brillaban hasta lanzar destellos, y los blancos manteles y los platos relucientes cegaban el ojo, y las cocinas se llenaban del aroma de los pasteles y de los dulces preparados con el alma misma del ama de casa. Las mesas ofrecían comidas especiales simbolizando los sufrimientos de Moisés y de las tribus. Las nueces cortadas en forma de prisma y las hierbas amargas representaban el mortero y los ladrillos que colocaban los judíos cautivos. « ¿Qué condenada especie de alverja amarga se encontraría en el futuro para el gueto? —Pensó Alex—. ¿Qué símbolo escogerían para el agua de las cloacas?» Berros para la llegada de la primavera, y el huevo como símbolo de la libertad. Bien, la primavera llegaba a Varsovia. Pero no había huevo alguno, ni berros. Cuarenta mil personas aterrorizadas murmuraban antiguas oraciones, suplicando a un Dios que no escuchaba que cumpliese Sus promesas de llevar adelante…, de libertar…, de redimir…, de guiar a las tribus de Israel. En seiscientos refugios se repetía el mismo rito con voces apagadas y alteradas por las lágrimas, mientras la Policía Azul polaca ocupaba sus posiciones alrededor de las paredes del gueto, un hombre cada siete metros. Pero…, había que recitar el episodio. Alexander se preguntaba si existiría nunca el momento en que fuese más pueril que entonces el repetirlo. No obstante…, era preciso narrar la historia. En el pequeño banco de la confluencia de dos pasillos de Mila, 18, lucía un par de candelabros que Moritz Katz había conseguido salvar. Burdos sustitutos ocupaban el sitio de los alimentos simbólicos prescritos. —Alexander se abrió paso entre la masa humana hasta la celda del rabí Solomon. —Estamos a punto para empezar el seder —le dijo. Y ayudó al anciano a ponerse en pie. Solomon no veía ya sino siluetas borrosas, www.lectulandia.com – Página 508 no podía leer. Pero esto no importaba. Todavía tenía la voz clara y se sabía el Hagada de memoria. Le acompañaron hasta el banco y se sentó en un cojín, símbolo del hombre libre que descansa mientras celebra el banquete. Desde todos los cuartos (Auschwitz, Balzec, Chelmno, Majdanek, Treblinka y Sobibor), los combatientes y los niños se apretujaban hacia la puerta conteniendo el aliento para escuchar… Allí estaban todos, sionistas corrientes y de sectas raras, niños, comunistas, bundistas, ortodoxos y contrabandistas. El silencio era tal que se podía oír una inspiración. El aire estaba corrompido, y el calor era sofocante. Al recipiente de plata del centro lo llamaban Copa de Elías. Cuando el Profeta que había predicho la segunda venida de Israel bebiese de la copa pascual, se cumpliría la profecía. Las manos ancianas de Solomon descendieron hasta el banco y buscaron la copa. Luego la levantaron y la agitaron. Estaba vacía; no tenían vino. —Quizá —dijo el rabí— sea ésta una manera de deciros que Israel vendrá de nuevo. Quizá Elías ha venido aquí y ha bebido. Alguno se puso a sollozar, pero un sollozo se fundía con el otro. Todos apiñados en una masa de cuerpos. Otra persona empezó a sollozar, y otra más. Un hombre erudito camina por un laberinto buscando las habitaciones señaladas con la palabra «verdad». En el Tora, en nuestro Mishna, en el Midrash y en el Talmud encontramos pedazos del rompecabezas. Pero es muy curioso que las verdaderas pistas se nos den en el momento en que menos las esperamos. —Mamá…, mamá —lloraba un niño. Uno se puso a rezar; otros varios le imitaron. La voz del anciano se levantó de nuevo. — ¿Por qué estamos en este lugar? ¿Qué trata de darnos a entender el Señor? ¿Por qué continúo con vida cuando todos mis colegas han muerto? ¿Hay en esto un mensaje para nosotros? Alexander Brandel no había oído nunca al rabí Solomon clamando tan excitado. ¿Por qué? El llanto se había hecho general. La gente recordaba los centelleantes candelabros, las mesas combándose bajo el peso de la comida. Recordaba las caras sonriendo de ternura y cantando arrullos. Recordaba a la hermana…, al hermano, al amado… — ¡Recordad la historia de nuestro pueblo! —Gritó el rabí Solomon—. Recordad Vetar, Masada, Arbel y Jerusalén. ¡Recordad a Simón Bar Kochba, a Bar Giora y a Ben Eliezer! Ningún pueblo de este mundo ha luchado por su libertad con más empeño que nosotros. Está noche nos encontramos en la víspera de otra lucha. ¡Perdonad a un anciano que os dijo que no utilizaseis las armas, porque ahora comprende que la manera más auténtica de obedecer a Dios consiste en oponerse a la tiranía! www.lectulandia.com – Página 509 El refugio estaba galvanizado. ¡Sí! ¡Sí! Alexander Brandel temblaba. ¡Ha encontrado una gran fuente de vida para todos: obedecer a Dios es luchar contra el tirano! Las huesudas manos levantaron la copa de Elías. —Esta noche Elías ha bebido nuestro vino. ¡Israel vendrá! —El rabí cantó una oración vieja como los siglos y el refugio entero tembló. Luego reinó el silencio una vez más. —Empecemos el seder—dijo el rabí—. Empecemos nuestra fiesta de la liberación. El combatiente más joven de las Fuerzas Judías Conjuntas, un enlace de once años llamado Benjamín, abrió el Hagada para hacer preguntas. — ¿Por qué esta noche es distinta de todas las otras noches del año? —preguntó. Y el rabí Solomon contestó, firme, y sin vacilar: —Esta noche es distinta porque celebramos el momento más importante de la historia de nuestro pueblo. Esta noche celebramos su marcha triunfal, pasando de la esclavitud a la libertad.

Traducción: Baldomero Costa, 1961