La Auto-Exclusión

Cunde una cierta perplejidad. Judíos comprometidos como uno no podemos entender judíos como Yuval Abraham y Rajel Szor (‘Naza’), o Arielle Angel (‘Brecha’, 11 set), u Ofer Cassif (‘La Diaria’, 10 set), u otros tantos denominados ‘de Izquierda’ o ‘progresistas’ o ‘de origen’…

He escuchado hipótesis y teorías respecto a cómo alguien que se ‘sabe’ judío puede resistirse a tal punto a su identidad que, cuando los judíos o Israel (‘que no es lo mismo pero es igual’, como dice Silvio Rodriguez) son atacados, ellos se ubican en líneas enemigas. No detrás, sino en primera línea: mírenme, yo soy el judío distinto, el que se puede excluir del colectivo.  Son el hijo malvado de la ‘Hagadá’ de Pesaj, si tal hijo existe…

Mi maestro Donniel Hartman propuso hace ya muchos años una percepción del ‘ser’ judío en términos bíblicos básicos: judíos de Génesis y judíos de Éxodo. Los primeros nacen dentro de la familia o la tribu y eso les garantiza pertenencia y todas sus consecuencias; los otros pactan en Sinaí, por lo cual la pertenencia y sus consecuencias son un acto electivo. A tal punto, que a los efectos prácticos todos ‘estuvimos’ en Sinaí (Deuteronomio 29:14-15). Las categorías no son excluyentes: pueden darse en cada uno en forma aislada o complementaria. Lo cierto es que el judaísmo de Éxodo confirma y amplia el sentido de colectivo, mientras que el judaísmo de Génesis queda más circunscripto a lo genético y el conflicto intrafamiliar (recomendable leer ‘Génesis’).

A los efectos de mi planteo hoy, el judaísmo de Génesis es más débil que el judaísmo de Éxodo.

Por lo tanto, y expresado en estos términos que tomo prestados, me atrevería a decir que el judío que notoriamente elije ubicarse enfrentado al colectivo al cual pertenece por vínculo familiar está rechazando, de plano, su condición de judío del pacto, o judío de Éxodo. Sólo así se explica la ambigüedad entre una pertenencia y una postura: soy, pero no adhiero. Me auto-excluyo.

Me es irrelevante si para el antisemita, en cualquiera de sus disfraces, todo judío es un judío. Muchos afirman que precisamente el antisemita define al judío sin importarle la auto-percepción del sujeto odiado. Esa apreciación puede aplicar en muchos casos, pero creo que la mayoría de los judíos tenemos un componente electivo, pactual, no menor. El pacto, más que con Dios como lo describe el texto fundacional, es con el colectivo: los que están y los que vendrán. Quien elige auto-excluirse no pacta, predica. Pero como judío no tiene las credenciales para hacerlo. Parafraseando el Talmud, se aparta de la mayoría (Baba-Metzia 59ª-59b).

¿Supone esta postura que el judaísmo no acepta diversidad? No. El judaísmo es diverso precisamente por su naturaleza familiar, tribal, ‘de Génesis’; el árbol genealógico pauta la diversificación. El pacto en Sinaí es unificador pero no uniformador. Enfrentados al enemigo, aún las tribus que no cruzaron el Jordán se sumarán a la lucha (Números 32). En la coyuntura actual, aun quienes no quieren ser parte integral del colectivo por las razones que fueran, ante la embestida antisemita deberían alinearse con la mayoría; incluso manifestando su discrepancia.

Quedarse con un judaísmo de Génesis es un eslabón muy débil. Ese judío puede saberse tal pero probablemente no reconocerse como tal. El espejo en que se mira, a diferencia de Narciso, no le devuelve una imagen que lo halague sino una que él entiende repudiable. Porque nunca optó por pararse junto a sus semejantes frente a Sinaí en un compromiso generacional. Todo queda reducido a memoria sensorial y apenas afectiva, si tanto. Una suerte de ‘apática ternura’ (Benedetti) que poco aporta a la causa cuando cunde una crisis como la actual.

En definitiva, si queremos corregir los errores o excesos en que incurrimos como colectivo como consecuencia de la dinámica perversa de una guerra de supervivencia, la única forma válida de hacerlo es siendo parte: judío de Génesis y judío de Éxodo.