Israel y La Guerra (II)
Jonathan Meta, ‘Jonathan’s Substack’, 20 de junio de 2026
Con la firma del Memorando de Entendimiento entre Estados Unidos e Irán, terminó la guerra que comenzó el 7 de octubre de 2023. Duró 986 días. Comenzó con el ataque más mortífero contra la vida judía desde el Holocausto, con 1.195 personas asesinadas y 251 rehenes, y termina con Israel más aislado internacionalmente, más dividido internamente y más estratégicamente menoscabado que en cualquier otro momento de su historia. Israel no perdió en el campo de batalla. Perdió en todos los demás lugares.
Esta es la historia de cómo ocurrió.
I.
La respuesta al 7 de octubre fue inmediata y feroz. Nadie discute que Israel tenía el derecho y la obligación de actuar. Pero desde las primeras semanas, la campaña en Gaza estuvo caracterizada por la rabia en lugar de la planificación. La Franja fue aplanada sin una estrategia para lo que vendría después. Decenas de rehenes, las personas que se suponía que la guerra traería a casa, murieron por la acción militar israelí, de forma directa o indirecta. En lugar de lograr la disuasión, la destrucción hizo que el frente se expandiera sin fin. Israel ingresó al Líbano, ocupó territorio en Siria, golpeó a Yemen y expandió sus fronteras en todas las direcciones, convencido de que estaba proyectando fuerza. En cambio, se estaba convirtiendo en el actor más irracional de la región.
A fines de 2025, la lógica de la escalada había llegado a su momento más revelador. En setiembre, Israel atacó Doha, apuntando a los negociadores de Hamás, quienes, en ese momento, estaban discutiendo una propuesta de alto el fuego mediada por Estados Unidos. Israel no solo rechazó la diplomacia, sino que bombardeó la sala donde se estaba llevando a cabo la diplomacia. Al hacerlo, alienó a Qatar y a los estados del Golfo, cuya participación más tarde resultaría decisiva para negociar el mismo memorando que ahora pone fin a la guerra en términos no establecidos por Israel.
A través de todo esto, Israel acumuló victorias tácticas que fueron reales y significativas. Mató a Sinwar, Nasrallah, Haniyeh y Deif. Degradó a Hezbolá y desmanteló buena parte de la estructura de mando de Hamás. Pero no había un marco planificado para convertir nada de esto en resultados duraderos, porque el gobierno no estaba interesado en construir uno. Estaba interesado en algo completamente diferente.
II.
A nivel interno, la coalición de Netanyahu trató al 7 de octubre no como un trauma nacional que requería unidad, sino como una oportunidad. La reforma judicial, congelada en las primeras semanas de la guerra, fue revivida y ampliada. La Knesset politizó los nombramientos judiciales. Los altos cargos de seguridad estaban llenos de partidarios de la coalición: el nuevo jefe del Mossad, el propio secretario militar del primer ministro, fueron impugnados ante la Corte Suprema después de que el presidente del comité asesor insinuara que habían mentido durante la etapa de su selección.
El gobierno buscó quitar la palabra “masacre” del título del proyecto de ley de conmemoración del 7 de octubre sustituyéndola por “eventos” y bloqueó el establecimiento de una comisión de investigación estatal independiente, sustituyéndolo por un panel designado políticamente cuyo cometido definiría el propio Netanyahu. Las instituciones fueron vaciadas desde dentro mientras el país luchaba en siete frentes.
III.
En el extranjero, el gobierno integró su narrativa de la guerra al marco civilizacional de la extrema derecha global. El enemigo no era solo Hamás o Irán, sino que eran la izquierda, el multiculturalismo, el Islam como tal. Esto hizo que Israel lograra aliados entre los movimientos nacionalistas de Europa y le valió el apoyo incondicional de Donald Trump. Pero el precio fue la alienación sistemática de todos los demás aliados (democracias europeas, estados del Golfo, instituciones multilaterales) que Israel finalmente iba a necesitar.
Las principales organizaciones judías de la diáspora siguieron el mismo camino, tratando cualquier crítica a la conducta de Israel como antisemitismo y cortando alianzas con la sociedad civil progresista en sus propios países. La intoxicación fue colectiva: todos, el liderazgo de Israel, sus instituciones y sus redes de apoyo globales bebieron de la misma taza, y ninguno estuvo dispuesto a ser el primero en cambiar de posición.
IV.
Luego vino el cálculo fatal. Después de la Guerra de los Doce Días de junio de 2025, tanto Israel como Estados Unidos declararon destruido el programa nuclear de Irán. Pero esta afirmación era, en el mejor de los casos, una exageración. Israel lo sabía. Pero eligió no contradecir a Trump, no para construir una narrativa de victoria, sino para preservar una posición estratégica: si los Estados Unidos pudieron ser involucrados una vez, podrían ser involucrados nuevamente para la campaña completa. El silencio de Netanyahu sobre la supervivencia del programa fue el pago inicial de la guerra del 28 de febrero.
Ese día, las fuerzas estadounidenses e israelíes lanzaron casi 900 ataques contra Irán, matando al líder supremo Jamenei y diezmando la infraestructura militar. La suposición era que la decapitación desencadenaría el colapso. Pero no fue así. Irán tomó represalias en toda la región, cerró el Estrecho de Ormuz y activó a Hezbolá. La coalición que podría haber contenido a Irán -los estados del Golfo, Europa, la comunidad internacional en general – no apareció. Habían sido insultados, marginados y bombardeados durante casi tres años.
Irán comprendió lo que Israel no pudo: la resolución de la guerra era diplomática, no militar. Aplicando presión sobre la única relación que le quedaba a Israel, Washington se conformaría con los términos que Teherán podía aceptar. El Memorando confirma esta lógica. Sus catorce puntos declaran el cese permanente de las hostilidades en todos los frentes, incluido el Líbano, una disposición que Irán exigió y obtuvo a pesar de la objeción de Israel. Netanyahu, según Axios, no fue informado sobre los términos emergentes y tuvo que llamar por teléfono a sus contactos en la administración Trump para saber cómo estaba terminando su guerra. El país
que lanzó dos campañas militares contra Irán no estaba en la sala cuando se establecieron los términos finales.
V.
Israel entró en esta guerra con el peor ataque de su historia, y con la plena solidaridad del mundo occidental, y luego pasaría años alienándose. Hoy es difícil recordar que Pedro Sánchez, Emmanuel Macron y Joe Biden eligieron viajar a Israel y estar al lado de Netanyahu en su hora más oscura. La visita de Sánchez fue incluso su primer viaje internacional como primer ministro. Esa solidaridad no era inevitable: fue ganada por décadas de compromiso multilateral. Y fue desperdiciada por una serie de decisiones impulsadas no por la seguridad sino por la ideología: la decisión de tratar la guerra como un vehículo para una cruzada cultural, consolidar el poder interno bajo la niebla de la batalla y remodelar la región mediante la fuerza en lugar de la diplomacia.
Después de 986 días, Israel ha agotado todas las opciones militares que la región podía ofrecer y ha descartado la diplomacia, las alianzas y el pragmatismo a cada paso, radicalizándose cada vez que surgió la oportunidad, habilitado por todos los sectores de su establishment político y su diáspora. El día después tiene que comenzar con una admisión sencilla y terrible: todo esto fue una opción, y fue la equivocada.
Traducción: Daniel Rosenthal