Por qué escribo
En la apertura de su primera novela, ‘Mi Mijael’, Amos Oz escribió: “Escribo porque las personas a las que amaba han muerto. Escribo porque cuando era niña tenía una gran capacidad de amar y ahora esa capacidad de amar está muriendo.” Cabe, entonces, la pregunta: ¿por qué escribo?
Hace una semana publiqué un editorial que titulé ‘Estoy preocupado’. Un editorial refleja, siempre, problemas que nos ocupan, preocupan, acucian, o angustian. No habría sido necesario aclararlo en el título. Y, sin embargo…
Habitualmente no recibo demasiadas devoluciones sobre lo que escribo, aunque algunas que sí recibo son muy constantes, muy fieles, y muy honestas, y como tales las valoro. Aunque sé que estoy lejos de ser ‘viral’ (o sea, mi opinión le importa a un número muy acotado de personas), la ignorancia es una bendición: yo asumo que me leen, en el acuerdo o el desacuerdo. Con eso me conformo.
La semana pasada tuve más, y más directas, devoluciones que lo habitual. Aun cuando no di nombres y me manejé con generalidades, cualquiera que conozca el tema que me preocupa sabe de qué estoy hablando. Las devoluciones fueron de amigos que no son los aludidos; pero si ellos sintieron la exposición, sólo resta asumir que los involucrados en esta crisis comunitaria tampoco fueron indiferentes.
O tal vez mi preocupación u opinión les importe poco y mis ideas y yo seamos mucho menos relevantes de lo que yo quisiera (creer).
Entonces, y volviendo al principio y parafraseando la cita de Amos Oz, mi respuesta a por qué escribo sería algo así como ‘escribo porque ciertos ideales van muriendo; escribo porque no hace tanto tenía muchos ideales y ahora siento que esos ideales se van perdiendo’. O algo en ese sentido.
Tener ideales no es sinónimo de tener ideologías y mucho menos permitir que éstas empañen nuestra visión de la realidad. Las ideologías atraviesan las vidas y las sociedades como una flecha: las hieren; a veces, eventualmente, cicatrizan. Los ideales son paradigmas que subyacen detrás de nuestras conductas: valores que nos definen como personas. Nada más, nada menos.
Soy hijo de padres que abrazaron ideologías y al borde de la asfixia fueron dejándolas de lado y quedándose sólo con los valores. Primó el pragmatismo y la realidad, pero nunca se perdieron los principios. Nunca más actuaron motivados por ideologías; las desterraron. Sostener ciertos ideales y ganarse el sustento fue más que suficiente.
Tal vez por eso mi vida se vio liberada para ‘entretejer naderías’ (Borges): perseguir ideales aun en momentos de desilusión o claudicación. Ahora ya soy más espectador que protagonista. Ya no me obligan ni comprometen ni mis palabras ni mis decisiones. He ocupado cargos y hecho obra: por eso sé que siempre se termina tramitando un compromiso entre ideal y realidad.
Por eso escribo. Porque lo que ya no está en mis manos sigue vigente en mi espíritu. Mis ideales siguen intactos. Por eso estoy preocupado: porque la situación, si bien históricamente no es nueva, demanda un nuevo lenguaje y nuevas soluciones. Estoy preocupado, y lo manifiesto, porque visualizo rumbos e intenciones pero no veo su concreción.
No acuso. Sólo escribo. Intento llenar el vacío entre mis ideales y la realidad.
Tal vez alguien se identifique y mis reflexiones sumen. Si no es así, tampoco pasa nada.
Hice lo mío y con eso, tengo bastante.