Occidente y el Fundamentalismo

Tomer Persico, PhD, Times of Israel, 18 de marzo de 2026

La primera semana de la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán dejó entrever una extraña dicotomía: iraníes bailando en las calles, emocionados porque su tiránico “Líder Supremo” había sido eliminado, incluso cuando activistas y políticos de izquierda expresaron su preocupación, incluso en ocasiones su condena, por el ataque. Si bien hay razones legítimas para objetar la guerra, parece que a muchos occidentales no están viendo algo importante acerca del carácter del régimen iraní.

Con referencia a la crisis actual del orden liberal, a menudo escuchamos sobre los peligros del populismo de derecha o la dogmática “woke” de la izquierda. Lo que generalmente no se toma en cuenta es ese antiguo adversario de la igualdad y la libertad: la religión fundamentalista. La razón es clara: simplemente no hay mucho de eso en Europa o en las Américas y, en consecuencia, representa poca amenaza.

Pero el Oriente Medio es diferente. Aquí, el fundamentalismo religioso no es una abstracción sino una realidad que se vive, con algunos de nosotros viviendo bajo su sombra. Nosotros entendemos cómo funciona, y conocemos bien los límites de su tolerancia. Ya sea que se trate de un revolucionario chiita o un judío mesiánico, hemos aprendido que en el lenguaje del fundamentalismo, las amenazas rara vez son metafóricas.

No es simple retórica

Para muchos observadores en Occidente, lemas como “Muerte a Israel, Muerte a Estados Unidos”, cantados en el Majles, el parlamento de Teherán, son tratados como una retórica ritualizada, una forma de teatro ideológico destinado principalmente al consumo interno. Esta caridad interpretativa, ya sea derivada de la ingenuidad o con la intención de señalar una amplitud de miras, es trágicamente equivocada.

Para el fundamentalista religioso, este lenguaje no es una hipérbole ni una mera representación de una intención. Cuando una teología política se estructura en torno a hacer realidad la voluntad de Dios, en torno a la creencia de que la historia tiene un guion, que Dios tiene un plan y que uno es Su instrumento, la distancia entre decir y hacer desaparece. El cántico no es una mera retórica política inofensiva. Es un rezo, un juramento y un programa.

La República Islámica se creó no solo a partir de una revolución, sino en torno a una idea revolucionaria: que solo los clérigos de los escalones más altos deberían tener el poder ejecutivo. Esta idea, en sí misma una respuesta fundamentalista al encuentro del Islam con la modernidad, resonó en todo el Oriente Medio e inspiró movimientos análogos, desde Hamás hasta Al Qaeda y ISIS. El hilo conductor de estos marcos es la esperanza mesiánica de una teocracia islámica a nivel global y un rechazo total del orden liberal y de la civilización occidental.

En Israel, el fundamentalismo es un fenómeno menor, pero el gobierno actual les ha otorgado por primera vez a los fundamentalistas judíos un inmenso poder político. El ministro de finanzas israelí, Bezalel Smotrich, ha afirmado en el pasado que “el Estado de Israel, si Dios quiere, volverá a ser administrado como lo fue en los días del rey David y del rey Salomón… De acuerdo con la Torá”. Junto con los miembros de su partido, Smotrich actualmente está financiando y ayudando a otro grupo de fundamentalistas judíos, los extremistas judíos conocidos como “Hilltop Youth” (Jóvenes de la Cima de la Colina), que han estado orquestando una limpieza étnica continuada en partes de Cisjordania a través de la expulsión violenta de pequeñas comunidades palestinas.

El discurso entre los rabinos más extremos del público sionista religioso está plagado de interpretaciones mesiánicas de las guerras que Israel ha experimentado desde el 7 de octubre de 2023. La conversación sobre crear asentamientos en la Franja de Gaza (después de expulsar a sus habitantes palestinos) ha sido descaradamente pública, con la participación del mencionado Smotrich, mientras que el conflicto actual es visto por destacados rabinos como una aceleración redentora en las etapas finales de la historia, liderada por el ejecutor elegido por Dios, nada menos que Benjamín Netanyahu. En junio del año pasado, por ejemplo, Yosef Kelner, un rabino influyente entre los círculos sionistas religiosos fundamentalistas, declaró que “El Estado de Israel ahora se encuentra en el pináculo de la humanidad, y la humanidad lo admira… El líder del mundo es Israel, y Bibi es el emisario de Dios para este proceso”.

Acelerando la redención a través de la violencia

El fundamentalismo funciona por contracción: reduce una tradición religiosa a un esqueleto rígido de principios, impuesto a través de la sumisión absoluta a las Escrituras, leídas no como capas interpretativas, permitiendo que la tradición permanezca flexible y receptiva, sino como una ventana transparente a una única y sola verdad. Este estrechamiento dogmático se acompaña de una visión aplanada de la historia, según la cual lo que una vez existió permanece inalterado y eternamente vinculante, de modo que la realidad actual se trata como esencialmente idéntica a la de siglos o incluso milenios atrás.

Cuando estas dos convicciones se transforman en una visión mesiánica de alcance universal, el resultado es volátil. Un grupo que cree que tiene la verdad definitiva acerca de Dios y del tiempo, y que el Fin puede ser acelerado, no permanece dentro de sus propias fronteras; se extiende hacia afuera, a menudo violentamente, para doblegar al mundo social y político en la forma que su teología exige.

Esto no significa que el fundamentalista no entienda los confines de la realpolitik ni actúe de acuerdo con una racionalidad estratégica. Pero sí significa que el objetivo apocalíptico se tiene seriamente a la vista, y que el poder se construye para lograrlo. También significa que llegará un momento crucial en el que su comprensión de la historia se acelerará, el Fin de los Días se percibirá como cercano y los fundamentalistas serán invitados, en su comprensión de Dios, a administrar el impulso final e irracional hacia la redención completa.

Por lo tanto, las declaraciones de los fundamentalistas islámicos sobre la destrucción de “la Entidad Sionista” deben ser tomadas en serio, al igual que las declaraciones de los fundamentalistas judíos sobre la expulsión de los palestinos o la reconstrucción del Tercer Templo donde ahora se encuentra la mezquita Al Aqsa. Aquellos que afirman que nunca se deberá permitir que el régimen iraní obtenga armas nucleares tienen toda la razón, al igual que aquellos que temen que los fundamentalistas judíos obtengan acceso al arsenal de Israel.

La lucha por la dignidad humana

El orden liberal se creó para evitar esta fusión de teología absolutista y poder político. Su intuición central, que todo ser humano posee la misma dignidad, se hace eco de la antigua idea de que todos fueron creados a imagen de Dios. El fundamentalismo rechaza esa intuición. Divide a la humanidad entre los elegidos y los prescindibles, entre los que promueven la redención y los que se interponen en su camino. Por lo tanto, la lucha contra el fundamentalismo ya sea en Irán o en Israel, no es simplemente una competencia geopolítica. Es una lucha sobre si la política servirá a la dignidad de los seres humanos o los sacrificará para servir a la visión de alguien del fin de la historia.

Traducción: Daniel Rosenthal