Leo, Z’L

La fuerza de un grupo se mide también, tristemente, cuando uno de nosotros ya no está y el resto nos miramos en busca de consuelo y presencia. Somos uno menos, pero seguimos siendo nosotros.

Parafraseando a Walt Whitman, me “cito” a mí mismo. Este texto fue un tímido tweet cuando supe la noticia de su fallecimiento; cuando pensé en las prematuras partidas que como grupo nos ha tocado asimilar. Me cito, porque escriba lo que escriba hoy, cuando transcurre la semana del duelo, creo que pocas palabras dicen tanto como esas que agrupé en un momento de soledad, profunda tristeza, y resignación. Cuando había poco más que decir. Era la madrugada en estas latitudes: amanecíamos con la noticia (me la dio su hermano de la vida, que es mi amigo de la infancia), mientras que por allá promediaba la noche.

Parafraseo a Whitman porque en días como estos uno apela sin vergüenza a las sensibilidades más inspiradas que haya leído. Me viene a la mente Miguel Hernández y su “Elegía” o Lorca y su “Llanto” o la más popular canción de “Les Miz”, “Sillas vacías”. Esto sucede cuando la vida alcanza tu lectura; esto sucede cuando la vida te alcanza y dice presente.

Mi padre, de bendita memoria, citaba cada tanto una canción de Noemí Shemer: “Tú y yo somos de la misma aldea” (1). Cuenta la historia de dos amigos cuyas vidas transcurren en común hasta que uno de los dos debe cerrar la historia. En la mejor tradición pionera que fundó Israel, y a la cual mi padre suscribió, la canción representa el espíritu solidario, los códigos compartidos, y el relato que contribuía a la causa; pero sobre todo, y como otras tantas canciones del género (“Agadat Deshe” (2) de Shalom Janoj, por ejemplo), enaltece el valor de la amistad forjada en torno a aquellas causas.

Cuando uno de nosotros ha partido queda su nombre, para siempre, y el vacío que nadie más llenará. En el imaginario de los sueños y los recuerdos todos viviremos mientras alguien nos sueñe y más aún mientras alguien nos recuerde. Así estamos, recordando desde el día que, finalmente, ha sucedido. ¿Pudo no suceder? Tal vez; ojalá. Tanto sucede sin que lo queramos, sin que lo controlemos. La alternativa no es milagrosa, sino presencial.

Entre nosotros hay no pocos mucho más cercanos a él que yo. Para dos, se ha ido un padre; para una y otra, su hermana y su pareja; para unos cuántos, un amigo, un hermano; para la mayoría de nosotros un ser que puebla desde siempre nuestra vida, una referencia permanente, un eslabón de la cadena. Un ser entrañable, una persona que siempre supo que éramos de la misma aldea. Tuve la lucidez de visitarlo, y él la gentileza de recibirme, hace unos meses: compartimos la garúa de un atardecer en el silencio que los árboles protegen, charlando de amores, hijos, y el encuentro con las vocaciones postergadas en la incipiente tercera edad. Estaba, como me han contado que estuvo siempre, tranquilo y confiado.

Quisiera que estas líneas en su memoria, y en la de aquellos que partieron antes, sirvan de homenaje a esta hermandad espontánea que quedó instalada para siempre entre algunas decenas de hombres y mujeres apenas abandonamos la adolescencia y la primera juventud. Las puertas han estado siempre abiertas, y a lo largo de los años los reencuentros se vuelven más y más inclusivos, maduros, y puramente afectivos. Porque al final, todos venimos de un mismo lugar: somos todos de la misma aldea.

Que su memoria se entrelace con el flujo de la vida. Amén.

(1) https://youtu.be/YPvlzuGPDAU
(2) https://youtu.be/aXmzfRaAaj8