Purim 5778: de lo personal a lo nacional

Purim es echar suertes. Cuando uno piensa que las cosas serán de cierta forma pero de pronto son lo opuesto. Refiere lo negativo convertido en positivo, no al revés; de esas tenemos bastantes en la tradición judía. Purim hay uno solo. Nunca tan claro ni tan inequívoco aquello de que estábamos por ser aniquilados para ser “milagrosamente” salvados y que nuestro perseguidor se convierta en el aniquilado. Muchas festividades judías traen esa dinámica de lo milagroso de nuestra supervivencia (Pesaj, Janucá), pero lo que tiene de particular Purim es por un lado su aparente simplicidad: un día condenados, al minuto salvados y el culpable ajusticiado; y por otro lado la total ausencia de intervención divina. Dios ni siquiera es mencionado en el Rollo de Ester, donde leemos la historia de Purim. Es un acontecimiento entera y profundamente humano.

Purim se celebra liberando las emociones. La consigna de beber y embriagarse hasta no diferenciar lo correcto de lo incorrecto habla de un día de liberalidad bastante ajeno al pueblo judío, tan normado y tan ritualista. Por supuesto se nos comanda escuchar la historia, en eso está basada nuestra tradición, y Purim no es la excepción; se nos mandata dar regalos y comida para quienes no pueden celebrar por sus propios medios. Purim es, sin embargo, acerca de ruido, alegría, confusión, y final feliz. Nos habremos despertado al otro día pensando que todo fue un sueño, que nada fue real, y la vida sigue pautada como un día atrás. Pero habremos tenido esa experiencia liberadora que por algún misterioso motivo nuestros sabios de bendita memoria incluyeron en nuestro calendario.

Las personas podemos experimentar vivencias asimilables a Purim a lo largo de nuestros calendarios personales. Es llamativo cuando coincide con el calendario hebreo, como si fuera una señal, si uno fuera místico o creyente en un sentido tradicional. De pronto parecía que la vida había tomado un giro para ya no volver sobre sus pasos, uno de esos momentos de crisis y cambio que alterarían todo el orden del tiempo y los movimientos en el espacio. Como con Purim, la sentencia parecía firme. Sin embargo, alguna fuerza inexplicable dio marcha atrás a un proceso y, parafraseando a Heráclito, si bien nunca cruzamos el río en el mismo lugar, todavía estamos cruzándolo. Como se dice en inglés, y nunca viene más al caso, “we’re still talking”. De modo que este Purim 5778 tendrá todo lo azaroso que uno puede vivir, con suerte (valga la redundancia), una vez en la vida. Será cuestión de emborracharse.

Dicho esto, es precisamente este asunto de cómo y por qué se salva el pueblo lo que vale la pena pensar. Quién era exactamente esta “reina Ester” de la que todas las niñas quieren disfrazarse en Purim… ¿una mujer-objeto, sumisa, y usada por su tío Mordejai para salvar al pueblo? ¿O una mujer de recursos propios, sentido común, timing perfecto, y ambiciones personales? Una lectura analítica de Meguilat Ester tal como la propuso Orit Avineri (PhD) en el Shalom Hartman Institute en 2012 revela que el texto en efecto incluye la dualidad, y que Ester puede ser cualquiera de las dos personalidades.

Vale entonces preguntarnos, como pueblo, ante la inminencia de Purim: con qué recursos construimos nuestra propia suerte. Somos pasivos instrumentos de un destino prometido, o somos gestores de nuestro propio destino desde que Abraham escuchó aquello de “Lej-lejá”, una “voz interior” que el narrador bíblico atribuye a lo divino (después de todo, ese es todo el sentido de la Torá, el Pentateúco). Muchos habrán pensado que durante la Shoá precisamos más “reinas Ester” que pudieran seducir al régimen nazi, pero la historia de los varios “Schindlers” nos muestra que hubo tales fenómenos de seducción, negociación, y salvación. Acaso, como en Purim, en la Shoá faltó el “milagro”, el mar que se abría o la gota de aceite que duraba ocho días. Acaso el milagro llegó años más tarde con la creación del Estado de Israel.

Pero si algo merece celebrarse como Purim es precisamente ese hecho que este año cumple setenta años. Nunca como desde la antigüedad más profunda y remota los judíos tomaron su suerte en sus propias manos y construyeron su destino como con la creación de Estado. Verlo como designio divino es inspirador, pero es también peligroso. De modo que Purim es acerca de cómo nos salvamos, cómo hacemos justicia, y cómo perder el juicio es una licencia que nos damos, a duras penas y no sin remordimiento, una vez al año. Porque no todo el año es Carnaval.