Sueños & Alucinaciones
¿Qué es más onírico: un sueño o una alucinación? A fines psicoanalíticos, creo que son casi lo mismo. Ambos son encuentros con seres que ya no existen. En realidad, ambos son ilusorios, suceden en mi subconsciente. Pero los vivo con la tal intensidad.
La alucinación:
Intento parar en segunda fila como sólo se puede parar en Pocitos profundo cualquier día de semana a las seis de la tarde. Encuentro una esquina forzadamente disponible. Dos barrenderos barren las hojas secas de otoño. Cuando maniobro, uno de ellos, con entusiasta amabilidad, me pide un minuto para despejar las hojas y dejarme aparcar sin deshacer su intenso trabajo. Lo escucho, lo veo, lo miro, y lo reconozco. Sí, YO, no otro, lo reconozco. Quiero, además, que él me reconozca a mí.
Bajo. Le agradezco. Le pregunto cómo está. Me dice que bien. Sigue obsesionando con su tarea. Lleva el chaleco reglamentario de la Intendencia. Tiene una tarjeta que lo identifica. Yo sigo esperando que me reconozca. Le pregunto: ¿sabés quién soy? Me dice, como a los locos, que sí. Pero claramente, no sabe. Lo miro, lo miro, pero él no me ve. Le pregunto la edad: es quince años menor que yo aunque parece diez años mayor. No puede ser quien yo estoy viendo.
Atino a revisar su identificación: efectivamente, no es. No tiene ni los años ni el nombre de la persona que creí ver. Es su doppelganger, pero no es él. No es quien formó parte de mi rutina durante cuarenta años. Soy yo el que se aferra a un recuerdo como un salvavidas cuando siento que la marea me arrastra para siempre lejos de aquellas orillas en que atracaba cada día. Sigo siendo yo pero mi casa ya no es mi casa.
El sueño:
Hace cincuenta años me despedí de una amiga en una estación de tren en Mülheim an der Ruhr, Alemania. Como en las escenas cinematográficas, la vi alejarse y desaparecer con la primera curva del tren. Pensé para mí cuándo volveríamos a vernos. Registré aquel momento y aquella reflexión para siempre, para hoy, casi cincuenta años después. Nunca más supe nada suyo. La busco y no la encuentro. Pudo cambiar su nombre, pudo haber muerto.
Me jacto de guardar mis vínculos como los coleccionistas guardan sus objetos. Cada tantos años, cada muchos años en algunos casos, recupero alguno de esos vínculos por un rato. Rendimos homenaje a lo que supo ser y a los recuerdos y sentimientos que nos nutrieron y formaron entonces. Luego la vida sigue, pero los vínculos no se pierden. Son atesorados. Son gratitud.
Anoche soñé con ella. No era su doppelganger, pero era ella. Tampoco era la que guardo en algunas fotos como recuerdo; los años habían pasado, aunque no habían hecho mella. Su vida había seguido su curso normal: se casó con su novio de la juventud, vivió en su ciudad, y cierta cualidad en su sonrisa y el brillo de sus ojos me devolvía el recuerdo de aquellos meses de amistad y mutuos desafíos.
Sea el sueño o sea la vida y sus circunstancias cotidianas, ambos encuentros suceden porque los preciso. Porque viven en mí. Porque no los suelto. Aquellas no son épocas especialmente felices o especialmente tristes. Son épocas que marcaron mi vida. Esa vida que ahora se aleja como si uno la viera asomado desde un vagón del tren que sale de la estación. Va desapareciendo, y de pronto ya no está.
Sólo resta soñarla o alucinarla. Bendito sea el subconsciente y más aún nuestra capacidad de reconocerlo y abrazarlo.