‘Bo’
Prédica de Hori Sherem en la NCI de Montevideo el 31 de enero de 2025
En la Torá, hay dos frases que resuenan como un eco entre dos historias distintas, dos personajes que no podrían ser más opuestos: el Faraón en el libro de Éxodo y Yaakov en el libro de Génesis. Aunque separadas por tiempo y lugar, ambas frases nos hablan de un mismo tema profundo: soltar, dejar ir, y cómo, en ese acto, hay una bendición escondida.
La primera escena nos lleva a Egipto, en el capítulo 12 de Éxodo. Durante generaciones, los hijos de Israel habían sido esclavizados bajo el yugo del Faraón. Dios envió a Moshé con un mensaje claro: «Deja ir a mi pueblo». El Faraón resistió, endureciendo su corazón una y otra vez, hasta que la décima plaga –la muerte de los primogénitos– finalmente quebró su voluntad. En medio de la noche, devastado por la pérdida, el Faraón llamó a Moshé y Aarón y les dijo: “Levántense, salgan de en medio de mi pueblo, ustedes y los hijos de Israel; vayan, sirvan a Dios, como habían dicho. Tomen también sus ovejas y sus vacas, como habían dicho, y váyanse; y bendíganme también a mí” (Éxodo 12:31-32).
Es un momento cargado de contradicciones. Aquí está el hombre más poderoso de Egipto, un símbolo de opresión y orgullo, pidiendo una bendición al líder de los esclavos que está liberando. En el acto de soltar, de permitir que el pueblo de Israel se vaya, el Faraón no sólo libera a los hijos de Israel, sino que, de alguna manera, también busca liberarse a sí mismo. En su petición de bendición hay un reconocimiento: dejar ir cambia no solo al que parte, sino también al que permite que se vayan.
La segunda escena nos remonta al capítulo 32 de Génesis, donde Yaakov, el patriarca, está a punto de enfrentarse con su hermano Esav, de quien huyó años atrás tras robarle la bendición paterna. En una noche de soledad y angustia, mientras cruza el río, Yaakov se encuentra luchando con un hombre misterioso, identificado por muchos como un ángel. Pelean hasta el amanecer, y cuando el ángel le pide que lo deje ir, Yaakov responde: “No te dejaré ir si no me bendices” (Génesis 32:26).
Es un instante crucial en la vida de Yaakov. La lucha no es sólo física; es espiritual, emocional. Cuando el ángel finalmente lo bendice, lo renombra Israel, porque «ha luchado con Dios y con los hombres, y ha prevalecido». Pero Yaakov no sale de la lucha indemne. Su cadera queda herida, y cojea mientras avanza hacia su futuro. En esta lucha, Yaakov también aprende que dejar ir –al ángel, al pasado, al miedo– no es una derrota, sino una transformación.
En estas dos historias, tan diferentes en sus detalles, encontramos un hilo común: el acto de soltar no ocurre sin antes transformarse en una bendición. El Faraón, al dejar ir, deja de ser quien era, al igual que Yaakov, quien, al soltar al ángel, encuentra una nueva identidad. Ambas escenas nos enseñan que el acto de soltar no es solo un gesto de despedida, sino un momento de profunda trascendencia.
Soltar es un acto de amor. No un amor que retiene, sino uno que libera, que se retira para que el otro sea. Cuando el Faraón libera al pueblo de Israel, no sólo les concede la posibilidad de comenzar de nuevo; él mismo deja de ser el hombre que definía su poder por el dominio sobre otros. Nunca más será el Faraón que tiene esclavos. Y en ese instante, aunque no lo dice, sabe que algo de él se va con ellos.
Lo mismo sucede con Yaakov, que en su lucha con el ángel no solo busca vencer, sino aferrarse a ese encuentro que lo ha transformado. Cuando finalmente lo deja ir, el ángel lo bendice, pero Yaakov sabe que nunca volverá a ser el mismo. Esa cadera herida que lo acompañará por el resto de su vida es el recordatorio de que, al soltar, algo de nosotros queda marcado para siempre.
Soltar es aceptar que el otro se lleva una parte de nosotros al partir. Es comprender que nunca más seremos la persona importante en su vida, nunca más el opresor, el compañero de lucha, el sostén o el refugio. Es un acto de despojo que duele, porque nos deja desnudos ante nosotros mismos. Nos obliga a enfrentar la verdad de que no somos imprescindibles, y que amar al otro significa, muchas veces, dar un paso al costado.
Pero soltar también es una bendición. Es permitir que algo nuevo nazca, que el otro florezca y que nosotros podamos transformarnos. En el vacío que deja el adiós, hay espacio para sembrar nuevas posibilidades, para redescubrirnos en la ausencia del rol que solíamos ocupar.
Porque al soltar, sí, perdemos algo. Perdemos una versión de nosotros mismos que existía sólo en relación al otro. Pero también ganamos. Ganamos libertad, ganamos paz, ganamos la posibilidad de seguir adelante más livianos, aunque quizás un poco más rotos.
Tal vez la lección más profunda en estos relatos sea esta: soltar es aceptar que ya no seremos quienes éramos, pero confiar en que ese cambio es necesario. Es un acto de fe, fe en el otro, en lo que será sin nosotros, y fe en nosotros mismos, en lo que podemos llegar a ser. Soltar nos transforma. Nos despoja, nos duele, nos confronta, pero también nos libera. No hay certeza de lo que vendrá, pero hay algo más grande que se pone en movimiento: el ciclo inevitable de cambio y renacimiento que nos da la oportunidad de ser algo nuevo.
Ojalá aprendamos a soltar, no para alejarnos del otro, sino para permitirle ser. Para que pueda existir más allá de nosotros, y nosotros más allá de él.