Micah Goodman: «encoger» La Ocupación
Anshel Pfeffer, Haaretz, 5 de setiembre de 2021
Micah Goodman, cuyo libro “Catch-67” generó olas tanto en inglés como en hebreo, le dice a Haaretz que no tiene “ningún control o poder” sobre lo que Naftali Bennett hace. Pero está claro que tiene influencia.
Hace seis años, Micah Goodman acababa de llegar a uno de sus momentos de mayor orgullo. Su primer libro, sobre Maimónides, que ya era un éxito de ventas en hebreo, finalmente había sido publicado en inglés. Estaba en Nueva York para dar una charla sobre el libro, después de lo cual gente del público se reunió a su alrededor para comprarlo. “Los estadounidenses esperan que no solo firme el libro, sino que escriba dedicatorias específicas”, dice Goodman. “Y estoy sudando y enrojeciendo; me resulta difícil. Y luego escucho a una mujer alejarse diciendo “¡Qué letra tan fea!” Y esto pasa siempre. Es tan humillante”.
Cuando nos reunimos para esta entrevista, Goodman, de 47 años, tenía otro libro nuevo en hebreo. Ese trabajo, cuyo título se traduce como “Atención rota: cómo curar un mundo fracturado por la tecnología”, es su sexto libro en 11 años. Una producción envidiable, especialmente para un autor que también es muy solicitado como conferencista y que además es fundador de una red de universidades con una variedad de programas de estudio para israelíes jóvenes después de concluir su servicio militar.
En el nuevo libro, que explora la relación disfuncional que todos tenemos con nuestros dispositivos digitales, Goodman explica en la introducción cómo la tecnología lo salvó. A los 10 años le diagnosticaron disgrafía severa, una discapacidad de aprendizaje que afecta la habilidad para escribir. Durante la mayor parte de su infancia eso lo obstaculizó severamente en la escuela, hasta los últimos años de enseñanza secundaria, cuando las computadoras y el software de procesamiento de textos le permitieron lograr un gran avance. Este libro sobre nuestra dependencia excesiva de nuestras pantallas fue escrito desde la perspectiva de alguien que nunca hubiera podido convertirse en filósofo, educador y autor sin esta tecnología. “Me hizo sentir como un impostor durante años”, recuerda. “Cuando terminé la escuela de oficiales como cadete sobresaliente, pensé que había logrado engañar a todo el mundo. Lo mismo sucedió cuando escribí mi doctorado en Filosofía de la Historia sobre los escritos de Maimónides y Najmánides en un año y medio, y cuando se publicó mi primer libro. Tenía miedo de lo que la gente pensaría de mí cuando descubriera que no sabía deletrear”.
Revelación completa: puedo testificar que todo lo que Goodman dice aquí es la verdad. Es un año menor que yo, y cuando éramos adolescentes vivíamos en la misma casa de dos familias en Jerusalén. Al crecer, no tenía inclinaciones académicas, en lo absoluto. Cuando éramos adolescentes, nunca lo vi con un libro. Pero seis o siete años después de irme de casa, me asombró verlo hablar en público. Tuve que mirar dos veces y asegurarme de que era el mismo muchacho soso que conocía. Algo extraordinario se había desatado en él después de que puso sus manos en un teclado. Veinticinco años después todavía somos amigos, y todavía estoy sorprendido (y un poco celoso) por su capacidad de escribir un bestseller cada dos años, sin mencionar su repentino estatus de ser posiblemente el intelectual público más influyente de Israel.
Se rumorea que Goodman es un asesor discreto de Naftali Bennett y otros ministros de alto rango del nuevo gobierno, y el origen de algunas de sus políticas y temáticas más amplios. Confirma esto, de manera poco común, aunque no da más detalles sobre sus discusiones privadas con los políticos. “He estado trabajando durante años sobre el consenso israelí oculto, que no se había articulado”, dice. “He estado tratando de conceptualizar ese consenso. Y luego viene este gobierno para el que me estaba preparando”.
Los primeros tres libros de Goodman, sobre Maimónides, Yehuda Halevi y Moisés, son sus interpretaciones de los textos judíos canónicos. Han sido populares porque responden a una necesidad de muchos israelíes de diferentes estilos de vida de acceder a estos clásicos sin comprometerse con las restricciones de la ortodoxia. Los dos siguientes, “Catch-67” (2018 en inglés) y “The Wondering Jew” (2020 en inglés), escritos después de que ya se había establecido a sí mismo como un escritor popular, fueron obras de filosofía política que buscaban un término medio entre los dos problemas más espinosos que enfrenta Israel: la ocupación de los palestinos y la cuestión de la identidad judía de Israel. Estos libros anticiparon la actual coalición de contradicciones de Naftali Bennett y Yair Lapid antes de que nadie pudiera haberla concebido.
Este nuevo gobierno de gente de derecha, de centro y de izquierda, con un gabinete encabezado por el primer Primer Ministro abiertamente religioso de Israel, es visto como una victoria del Israel secular sobre Benjamin Netanyahu y sus aliados ultraortodoxos. Esto es exactamente lo que Goodman previó en sus dos últimos libros. “Los intelectuales públicos tienen dos roles”, dice Goodman. “Habitualmente lo que ocurre es que desafían la sabiduría tanto de la izquierda como de la derecha. Dicen cosas que molestan a la gente. Personalmente, eso no es algo que me cope. Soy demasiado sensible. Pero también tienen el papel de articular los impulsos compartidos de la sociedad, y esto es lo que he estado tratando de hacer. Y creo que ha llegado el momento de mis ideas debido a la personalidad única de este nuevo gobierno”.
Esperaba que Goodman pusiera reparos e incluso rechazara mi sugerencia de que se ha convertido en uno de los pensadores más influyentes de Israel, pero me sorprendió cuando lo aceptó. “No tengo ningún control ni poder, pero tengo influencia”, dice.
Romper hábitos
Este momento en la política israelí es un extraño subproducto de la batalla por la supervivencia política de Netanyahu, algo que ha consumido el discurso israelí durante demasiado tiempo. Goodman reconoce que “políticamente, parece algo accidental, debido a Bibi, todas las maniobras políticas y las divisiones entre religiosos sionistas y árabes israelíes. “¿Pero es verdaderamente algo accidental o la política israelí finalmente está reflejando la sociedad israelí y lo que la mayoría de los israelíes cree realmente? Creo que la gente en este gobierno entiende que hay una oportunidad de sacar provecho de este momento, de usar este consenso del que nadie nos habló y romper los hábitos de pensamiento que dictaban la polarización. “Ambos líderes de este gobierno creen que la mayoría de los israelíes está de acuerdo en los asuntos centrales. Bennett dice que es el 70 por ciento. Yair [Lapid] dice que es el 80. Este gobierno puede tener éxito porque durante mucho tiempo nuestra política ha ocultado el hecho de que Israel no está realmente polarizado”.
Después de que en 2014 se publicara su obra en hebreo “El último discurso de Moisés”, un tratado sobre el liderazgo basado en el Deuteronomio, tres políticos de alto rango salieron a buscarlo. Uno fue el primer ministro. “Netanyahu leyó el libro y fue muy elogioso, pero en realidad nunca tuvimos una conversación cara a cara, aunque me hubiera gustado”, dice Goodman. Netanyahu le pidió que dirigiera algunas de las reuniones del “círculo bíblico de la residencia del Primer Ministro”, un foro que existió cuando David Ben Gurion y Menajem Begin fueron primeros ministros y que fue resucitado brevemente por Netanyahu. “No sentí que uno pudiera influir en Netanyahu, y parecía que el círculo se estaba llevando a cabo con fines políticos”, dice Goodman. “Venía muy concentrado. No hablaba por teléfono durante la lección. Pero no había nada más allá de eso. Netanyahu siempre quiso gobernar desde la derecha, por lo que mis ideas no le son relevantes”.
Otro político que había leído el libro era el nuevo líder del partido Habayit Hayehudi, recién nombrado Ministro de Economía: Naftali Bennett. “Nos conocimos en el ministerio y pensé que sentía curiosidad, lo que para mí es un signo de humildad. No es que no reconozca su propio valor, pero admite que no lo sabe todo. No intenta ser alguien que no es. Siente curiosidad”, dice Goodman. “Netanyahu es excelente hablando. Bennett es un gran oyente y tenemos antecedentes similares, siendo israelíes estadounidenses que se sienten cómodos en entornos religiosos y seculares. Como yo, tiene una biografía que se siente cómoda con las contradicciones internas”.
Goodman no está dispuesto a revelar ningún detalle de sus conversaciones, excepto para decir crípticamente que “hablamos de la Biblia y el taoísmo, y del contexto talmúdico de su política híbrida”. Pero admite que Bennett, como un acérrimo derechista, originalmente estaba menos interesado en su próximo libro sobre el conflicto con los palestinos: “Catch-67”. Pero después de “The Wondering Jew”, que desafía el paradigma religioso-secular, Bennett lo llamó por teléfono y le dijo a Goodman que sentía que también había expresado sus sentimientos. En ese momento, a mediados de 2019, la carrera política de Bennett parecía haber terminado, ya que su partido Nueva Derecha no logró cruzar el umbral electoral y perdió su escaño en la Knesset. Dos años y tres elecciones después, Bennett es Primer Ministro y lidera el tipo de gobierno que sortea esa división religiosa-secular. “Bennett no es un liberal”, dice Goodman. “Pero es post-sectario. No pertenece a ninguna tribu israelí en particular. Su patriotismo consiste en estar abierto a todos los israelíes, a diferencia de Bibi, cuyo patriotismo consiste en rechazar a los demás”. Intento desafiar la visión rosa de Goodman sobre Bennett con algunas de sus citas más atroces contra los izquierdistas y los árabes. Las descarta. “No estoy tratando de defender nada de lo que ha dicho, pero no creo que eso refleje quién es realmente. Es un político, y los políticos no siempre son coherentes”.
Sintiendo simpatía por Lapid
Goodman no dice a qué partido votó, pero el político con el que parece más cómodo es el tercero con el que comenzó a hablar después del libro sobre Moisés, otro recién llegado a la política en ese momento: Lapid, ahora Ministro de Relaciones Exteriores y en dos años, si este gobierno sobrevive, Primer Ministro. A diferencia de muchos intelectuales y expertos israelíes que hasta hace poco veían a Lapid como un diletante superficial, a Goodman lo cautivó. “Tiene tres cualidades. Lee y aprende constantemente. Trabaja de manera increíblemente dura, levantándose temprano cada mañana y cruzando el país. Y es caritativo. Realmente es un intelectual al que le gusta intercambiar y afinar ideas”, dice Goodman. “Hace muchos actos de bondad por otras personas, algo que nadie conoce, simplemente por empatía con el dolor de la gente. No es perfecto, es un oportunista y también un cínico. Pero tiene esa combinación de curiosidad, empatía y trabajo duro. Además, tiene sentido del humor, algo de lo que Netanyahu carece”.
Lapid describe a Goodman como “el ideólogo de nuestro partido, aunque no es miembro del partido”. En el pasado me sentí muy escéptico sobre el enamoramiento de Goodman por Lapid, a quien siempre se refiere como “Yair”. Ahora creo que puede tener razón. Lapid ha confundido a la mayoría de sus críticos, incluido yo mismo, por la forma en que formó este gobierno imposible: concediendo los primeros dos años como Primer Ministro a Bennett, a pesar de liderar el partido más grande de la coalición. Solía pensar que Goodman era políticamente ingenuo en lo que tiene que ver con Lapid, pero ahora estoy de acuerdo con él cuando dice que Lapid “nos dio a todos una lección de política como arquitecto de este gobierno. Demostró que al ceder el poder, se puede acumular poder. Eso es algo que Netanyahu nunca pudo entender”.
Goodman es un colono. Después de crecer en Jerusalén occidental, ha vivido aproximadamente la mitad de su vida en Kfar Adumim, un asentamiento de alto nivel en el desierto de Judea. La sede central de su red de colegios Beit Prat se encuentra en el vecino asentamiento de Alon. No parece pensar que nada de esto tenga mucha relevancia para su análisis del conflicto entre Israel y Palestina, que creo que es revelador. En 2017, cuando publicó la versión hebrea de “Catch 67”, cuyo título completo en hebreo es“Catch-67: Las ideologías detrás de los desacuerdos que desgarran a Israel”, el ex primer ministro Ehud Barak escribió un largo ensayo en el suplemento literario de Haaretz planteando una crítica mordaz de las teorías subyacentes en el libro. Escribió que “la tesis general de Goodman, aunque abundante en análisis polifacéticos y con respeto por todas las corrientes, está impregnada de una agenda de derecha”. Barak agregó que “el lector, sin darse cuenta, absorbe cada vez más ideas inclinadas hacia la derecha con respecto a la seguridad, la demografía, las posturas del adversario y el posible margen de acción de Israel. Goodman está sirviendo, espero que inconscientemente, al enfoque político de la derecha mesiánica y el gobierno de un solo estado”. “Cuando leí por primera vez el ensayo de Barak, me sentí realmente asustado”, recuerda Goodman. “Pensé que había destruido el libro. Me tomó unos días darme cuenta de que había creado el libro”. Al abordar a Goodman de manera tan completa, Barak hizo crecer a Goodman más que cualquier campaña de relaciones públicas podría haberlo hecho. Personalmente, creo que Barak efectivamente desmanteló muchos de los argumentos clave en “Catch-67”, pero en este momento no importa lo que Barak o yo pensemos. Porque en este momento, el “tsunami diplomático” que Barak en cierto momento advirtió que se estrellaría sobre Israel si no se retiraba de Cisjordania y permitía la creación de un estado palestino no se ha materializado.
“Encoger” el conflicto
En cambio, hay un gobierno israelí que incluye partidos árabes y de izquierda, que tiene una política de no tener una política para resolver el conflicto, y cuando Bennett se reunió con el Presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, en la Casa Blanca, no hubo mención a la solución de dos estados, y en realidad, a ninguna solución al conflicto. Al menos por ahora, la cuestión palestina ha quedado al margen, y el “Catch-67” de Goodman, o como se ha resumido su mensaje, “encoger el conflicto”, es la nueva normalidad. Goodman considera que esto es el resultado inevitable de la contradicción inherente al conflicto. “La mayoría de los israelíes, incluidos los de la derecha, no quiere gobernar a los palestinos. Se siente profundamente incómoda con la imposición de una ocupación militar sobre una población civil. Y la mayoría de los israelíes está muy preocupada por un retroceso que permitiría [a los palestinos] amenazarnos”, dice. “Enfrentados a la necesidad de conciliar ambos sentimientos, los israelíes se han vuelto paralizados e indiferentes, por lo que desde hace una década no se ven las grandes manifestaciones por la paz o por la construcción de nuevos asentamientos que en otro tiempo atrajeron a decenas de miles de personas. En cambio, hemos tenido grandes protestas por la justicia social y por el precio del queso cottage y la vivienda asequible. No porque hayamos resuelto el conflicto, sino porque nos hemos vuelto indiferentes a él”.
En lugar de intentar resolver la contradicción, Goodman cree que debemos aceptarla. “El 20% de los israelíes está en los extremos, ya sea por retirarse de los territorios o por anexarlos”, dice. “El 80% restante que no quiere gobernar los territorios o cederlos no tiene forma de hablar sobre el conflicto, así que simplemente no piensa en el tema. Lo cual es la tragedia del centro israelí”. Reducir el conflicto, en lugar de resolverlo, es lo que Goodman llama “reemplazar la indiferencia con pragmatismo”, y se parece mucho a lo que los ministros y asesores principales del gobierno de Bennett-Lapid ya están hablando en privado. El propio Goodman, en reuniones con diplomáticos extranjeros, es un cabildero a favor de este plan que es esencialmente una combinación de incentivos económicos para los enclaves palestinos del Área A en Cisjordania y varios mecanismos diseñados para mejorar la “autogobernanza”.
Entre los ejemplos de esto se incluye la creación de corredores entre los enclaves y un cruce fronterizo a Jordania “hasta el nivel que los palestinos sientan que se están gobernando ellos mismos, sin la capacidad de amenazar a Israel”, dice Goodman. “Pero no obtienen nada como el derecho al retorno, un estado o Jerusalén”.
Esto, por supuesto, suena muy aceptable para los israelíes, y quizás aceptable para algunos gobiernos occidentales, pero ¿por qué deberían los palestinos estar de acuerdo con la continua negación de la categoría de Estado? Goodman afirma haber hablado con palestinos sobre sus ideas, aunque no los menciona. “Los israelíes tienen su propia parálisis por sus propias razones. Y también los palestinos. Todas las soluciones propuestas hasta ahora significan algún elemento de sacrificio por parte de ellos, tanto a nivel nacional al tener a Israel controlando parte del territorio que ven como su tierra, sin un pleno derecho de retorno en todas partes, como a nivel religioso, con judíos teniendo soberanía sobre Dar al-Islam”, dice Goodman, refiriéndose a lo que los musulmanes consideran tierra musulmana. “Los israelíes no deberían sorprenderse de que se hayan negado hasta ahora a aceptar semejante sacrificio. No deberíamos esperar que lo hagan, por eso lo que propongo no es una solución permanente”, dice Goodman. “Tengo claro que este es un arreglo provisorio, pero sigue siendo de interés para los palestinos, porque no se trata de la normalización del statu quo, sino de un proceso dinámico de aumentar la autogobernanza, y esto abre nuevas opciones para el futuro, como una confederación con Jordania”.
Todavía no suena como algo con lo que ningún representante palestino podría estar de acuerdo, pero Goodman insiste en que es la única alternativa viable al statu quo o a “la narrativa de la industria del proceso de paz”. Ambas partes han congelado el statu quo porque insisten en sus propios mitos, no solo el mito de los colonos, sino también el mito de la paz. Así que no tenemos que ponernos de acuerdo sobre qué mito preferimos. De todos modos, este gobierno no puede ponerse de acuerdo en cómo terminar el juego, pero mientras tanto podemos llegar a un acuerdo sobre a qué juego jugamos. No tenemos que estar de acuerdo sobre la narrativa para hacer lo correcto”.
¿En qué se diferencia esto tanto de la política de concesiones cero de Netanyahu si los palestinos no van a lograr sus objetivos en el futuro previsible? Goodman se esfuerza por enfatizar que su propuesta también es difícil para la extrema derecha israelí. “Netanyahu es un alarmista. Solo puede ver el escenario en el que los palestinos nos amenazan, no ese otro pésimo escenario en el que perpetuamos la ocupación”, dice Goodman. “Es una persona de una sola catástrofe. Es la misma forma en la que lidió con la pandemia, cuando no podía ver el daño que estaban causando los lockdowns. La mayoría de los israelíes es capaz de ver ambos escenarios”.
En última instancia, Goodman no se centra en la paz con los palestinos, sino en la paz entre los israelíes, que ya no están tan alterados por el conflicto. “Hasta 1967, los israelíes estaban divididos sobre si necesitábamos ser un sistema socialista colectivista”, dice. “Luego la atención se centró en la paz o en la posesión de los territorios, y los israelíes se olvidaron por completo del argumento anterior: un derechista ni siquiera necesitaba ser capitalista. Ahora ya ni siquiera estamos peleando por la ocupación. En cambio, Netanyahu ha hecho de esto una cuestión de identidad”.
El antídoto para esto, dice Goodman, es la estructura única de este nuevo gobierno. Como él mismo dice, “Si tuviéramos que traducirlo a términos políticos estadounidenses, es como si Ted Cruz y Liz Warren estuvieran sentados en el mismo gobierno y logrando hacer cosas juntos. Y esto hace que este gobierno sea una luz para las naciones en un período en el que el mundo entero sufre de polarización política. Puede ser un accidente político, pero representa fielmente cómo se siente la mayoría de los israelíes”.
Traducción: Daniel Rosenthal