‘Daieinu’

Rabino Donniel Hartman, The Times of Israel, 1 de noviembre de 2026

“Victoria total” no fue solamente el eslogan del primer ministro Benjamín Netanyahu en la guerra contra Hamás en Gaza. Fue, de hecho, el eslogan de todos los sectores en estas recientes elecciones. Cada uno de nosotros aspiraba a una victoria total para salvar a Israel del peligro existencial que el otro representa. Nuestras convicciones y esperanzas eran tan profundas que ni siquiera meses de encuestas que pronosticaban sistemáticamente lo contrario lograron debilitarlas. Al igual que ocurre con las creencias religiosas, nos impulsaban tanto la certeza y la convicción acerca de la justicia de nuestras causas como el empeño en mantenerlas inmunes a cualquier evidencia en su contra.

Sin embargo, la realidad no está definida por nuestras redes sociales ni por los sitios de noticias que confirman lo que ya creemos. Los resultados están sobre la mesa, y ahora todos debemos asumir pérdidas y fracasos. El ‘otro’, quienquiera que sea, está aquí, y sus votos han puesto nuestro futuro en una senda que durante años nos negamos a reconocer y recorrer.

Como sociedad, parecería que no estamos preparados para este momento. Hemos olvidado la canción judía por excelencia, la que moldeó nuestra historia desde la Hagadá de Pesaj, y sin la cual habríamos desaparecido hace milenios: “Daieinu”, ´nos hubiera sido suficiente’.

A lo largo de nuestra historia, la realidad nunca estuvo a la altura de nuestras expectativas, ni siquiera de nuestras necesidades. Sin embargo, en lugar de hundirnos en la desesperación o asimilarnos a religiones e identidades más exitosas, permitimos que Daienu se convirtiera en la perspectiva desde la cual seguimos adelante. Aprendimos a no necesitar una satisfacción máxima y a sentirnos bendecidos y agradecidos incluso en circunstancias imposibles. En palabras de la canción: «Si Dios hubiera dividido el mar para nosotros, pero no nos hubiera hecho atravesarlo por tierra seca, Daieinu. Si Dios nos hubiera llevado al monte Sinaí, pero no nos hubiera entregado la Torá, Daieinu. Si Dios nos hubiera dado la Torá, pero no nos hubiera conducido a la tierra de Israel, Daieinu».

Desde el punto de vista conceptual, es una canción extraña, que tiene poco sentido. Desde el punto de vista emocional, ha servido como guía a lo largo de toda la historia judía: dennos algo a lo que aferrarnos y no solo seguiremos teniendo esperanza, sino que también seguiremos construyendo.

Ahora que los votos han sido contados, aferrarse a la aspiración de una victoria total es peligroso. Es la antítesis de Daieinu. A pesar de la ira, la convicción de tener razón y la certeza que nos han guiado durante estos últimos años, necesitamos dejarla atrás. De lo contrario, nuestras únicas opciones serán emigrar o vivir en una guerra civil permanente.

Tampoco estamos preparados por otra razón. La aspiración a una victoria total no solo creó expectativas y necesidades falsas; también permitió que la sociedad israelí evitara una conversación fundamental sobre cuáles son las líneas rojas realistas y qué compromisos podemos aceptar. No podíamos cantar Daieinu mientras todavía éramos esclavos en Egipto. Necesitábamos, como mínimo, ser libres. Más allá de eso, todo estaba abierto a la discusión. La libertad era el límite infranqueable, no la redención, ni siquiera un final feliz. Al aspirar a una victoria total, nunca tuvimos que preguntarnos qué principios necesitamos como sociedad y qué necesitamos de nuestros conciudadanos. No qué queremos, ni siquiera qué merecemos, sino qué necesitamos: aquello sin lo cual no podemos seguir adelante.

Nosotros, en el campo sionista liberal, por ejemplo, no estamos preparados para aceptar que los ciudadanos árabes palestinos de Israel no son, ni pueden ser, sionistas. Al igual que sucede a los judíos en todo el mundo, tienen lealtades duales. Aunque la mayoría condenó la masacre del 7 de octubre, rechazan la legitimidad de la guerra que continúa en Gaza contra sus compatriotas palestinos. ¿Cuál es nuestra línea roja a la hora de construir una sociedad compartida con ellos? ¿Que apoyen todas las guerras que emprendemos? ¿Que se abstengan de criticar a nuestro ejército y respalden lo que consideran un exceso en Gaza o una ocupación en Cisjordania? ¿O basta con que reconozcan a Hamás como una organización terrorista y acepten a Israel como el hogar nacional del pueblo judío, siempre que garantice la igualdad de derechos a todos sus ciudadanos? Si los sionistas pueden debatir estas cuestiones, ¿por qué sería ilegítimo que los israelíes árabes palestinos hicieran lo mismo?

Por otro lado, es inaceptable que no todos los habitantes de este país asuman su parte del servicio nacional. Sin embargo, desde hace unos 200 años, la comunidad jaredí vive de acuerdo con una ideología que sostiene que el estudio de la Torá está por encima de todo, y durante los últimos 78 años todos hemos tolerado, e incluso facilitado, la incorporación de esa ideología al corazón de nuestra vida nacional. No creo que quienes estudian en las ieshivot estén contribuyendo a la seguridad de Israel. Pero la cuestión no es lo que yo creo. La cuestión es: ¿Cuáles son mis líneas rojas, mi Daieinu? ¿Podemos la comunidad jaredí y yo llegar a un acuerdo sobre una política común según la cual solo queden exentos del servicio militar quienes efectivamente estudian? ¿Según la cual únicamente reciban financiación pública las escuelas que preparan a sus alumnos para los exámenes de bachillerato? En relación con los jaredim, mis líneas rojas tienen mucho más que ver con la libertad religiosa de los judíos en Israel y con su deseo de dictar cómo deben vivir los demás judíos que con su voluntad de decidir cómo vivir sus propias vidas.

Como judío liberal, mis líneas rojas son, ante todo, morales. Quien crea que solo importan las vidas judías, o que podemos tolerar, y mucho menos celebrar, el terrorismo y la discriminación contra árabes y palestinos, está fuera de todo límite aceptable. Lo mismo vale para quien crea que la injusticia y la desigualdad hacia nuestros conciudadanos árabes palestinos pueden justificarse en nombre de Israel como Estado judío. Pero ¿puedo formar parte de una coalición con quienes creen que una solución de dos Estados representa, ahora y quizás en el futuro previsible, una amenaza existencial para Israel? ¿Con quienes quieren proteger el derecho de la mayoría judía a definir nuestra cultura e identidad nacionales?

El primer ministro Netanyahu ha cruzado muchas de mis líneas rojas: su negativa a asumir la responsabilidad por el 7 de octubre; las teorías conspirativas y el odio mutuo que fomenta; su tolerancia hacia el racismo y el uso de un lenguaje racista para ganar votos; y la posibilidad de que arrastre a Israel a una acción militar únicamente para ganar unas elecciones. La lista es larga, y los principios que la sustentan son justos. Pero cuando más de un millón de israelíes declaran que, aun estando de acuerdo con buena parte de estas críticas, siguen confiando en él para conducirnos, ¿puede seguir siendo un límite infranqueable? Comprendo que para muchos de nosotros todavía lo es. Sin embargo, si es así, debemos hacer el difícil trabajo de volver a trazar nuestras líneas rojas en otros ámbitos. Si todas las posiciones son sagradas y cualquier compromiso constituye una profanación, no tenemos futuro.

Esa es la lección de estas elecciones y el mandato de Daieinu.

 

Traducción Chatgpt editada