Entre profecías y realidades

Uno no da abasto para leer todo el material sobre las recientes elecciones en Israel. Más aún: ahora que sabemos los resultados de las elecciones de medio período en los EEUU, más complejo resulta entender y sobre todo, sacar conclusiones. La vieja pregunta ‘¿es bueno para los judíos?’ tiene cada vez menos respuestas certeras y más respuestas especulativas. ¿Cuánto puede uno vivir especulando? Israel y los judíos todos hemos pasado cuatro años especulando y los resultados electorales no despejan el panorama; por el contrario, lo complejizan.

Tan es así que todavía estoy esperando, diez días de la elección israelí, el análisis o comentario de uno de mis referentes. A veces el silencio es el mejor comentario, pero en todo caso supone, literalmente, que no hay nada que decir. Porque quienes sí dicen ‘algo’ generalmente lo hacen desde un compromiso ideológico, desde un lugar voluntarista pero no realista. La realidad está muy difícil de aprehender, y mucho menos reducirla a algún tipo de ecuación. Si uno aplica la teoría de las combinaciones con los datos de la elección, cada resultado tiene una objeción. Es el mal que nos aqueja pero la resolución no aparece.

Uno de los ‘males’ es la incidencia que tienen las minorías. Más aún en un sistema electoral como el israelí. Además, paradójicamente, partidos políticos que no alcanzan cierto umbral electoral (porcentaje de representación entre quienes votan, no entre los habilitados a hacerlo) no acceden a ser incidir en un nuevo gobierno. Entonces, por un lado hay minorías que son determinantes y negocian sus condiciones, y otras que desaparecen, electoralmente hablando. En cualquier caso, las ‘mayorías’ (ninguna realmente lo es hoy por hoy) son rehenes de las minorías, sean partidos ultra-ortodoxos o partidos árabes.

El comunicador Lior Schelein ha dicho recientemente que ya sabemos con creces lo que ha supuesto depender de los partidos ultra-ortodoxos y la Derecha extrema: estos cuatro años lo atestiguan. ¿Por qué no negociar con los partidos árabes?, dice… Da la impresión que el votante israelí tiene más certezas desde el miedo que desde la esperanza: la postura de los partidos árabes en la Kneset no es inequívoca respecto a la naturaleza judía del Estado de Israel y es muy confusa respecto a Hamás y el mundo islámico en general. Los diecinueve escaños que obtuvieron en esta elección ponen a Israel en un brete y la coyuntura no admite aventuras. Más bien lo contrario: seguridad, trauma, y pérdida atraviesan la sociedad israelí.

El otro ‘mal’ es que las ‘mayorías’ no son tales. En términos de votos útiles, no consiguen realmente sumar. Todos asumen que hay una ‘mayoría’ de israelíes que no viven en los extremos: no son ‘jóvenes (violentos) de las colinas’, ni colonos, ni ultra-ortodoxos, ni izquierdistas nostálgicos que todavía hablan de paz y la solución de dos estados; por el contrario, son pragmáticos, ligeramente tradicionalistas, urbanos, ambiciosos, exitistas, consumistas, y hedonistas. El problema es que no votan juntos. Ni una figura como Eisenkot logró aglutinarlos: no sólo votó menos que Netanyahu (el ‘artífice’ de los últimos cuatro años), sino que sus ‘socios’ votaron todavía menos: que Netanyahu, que Eisenkot, y que los árabes. En términos reales, esa mayoría es sólo un número y ni siquiera así suma sesenta y uno…

Liderazgo o valores: he ahí el dilema. Si es lo primero, hay Netanyahu para rato, nadie empaña su liderazgo, por cuestionado y disminuido que esté. Si son los valores, hay mucho camino para recorrer. Profetas no faltan, pero como suele suceder, hablan desde la montaña y el pueblo escucha poco y mal. Mientras tanto, se distrae en construir becerros de oro. Hay mucho camino que recorrer; tal vez todavía no hayamos cruzado el Jordán. De Este a Oeste, me refiero.