Elecciones en Israel: mi reacción.
El legendario Cr. Damiani solía decir que “los números no mienten, mienten quienes hacen los números”. No lo cito para denunciar mentiras, sino para vincular números con discurso. En estos momentos todos especulan, todos denuncian, todos esperan (los ‘votos doblados’), como si fueran a suceder milagros que cambien la realidad que los números arrojan. Esta es mi visión:
En primer lugar, el 7 de octubre de 2023 no incidió. Jugando con las fechas, recurso que muchos han usado durante estos tres años, políticamente estamos en octubre 6 de 2023. Los votantes israelíes, tal como se presentan los números, ignoraron aquel día trágico y fatal y votaron según sus ideologías e intereses. De lo contrario no se explica que Netanyahu votara no sólo mejor que Eisenkot sino que su bloque es mayor que el bloque (judío-sionista) que Eisenkot lidera (por ahora). Si esto fue un referéndum a la gestión de Netanyahu, lo salvó. Inapelable.
En segundo lugar, muchos amanecieron el 27 de octubre pasado con la idea de neutralizar el avance ultra-ortodoxo pero se acostaron con la realidad del avance los partidos árabes. No inciden como los ‘jaredim’ porque el establishment judío tiene una resistencia enorme a tomarlos en cuenta (y no sin razón), pero cambiaron drásticamente el mapa electoral israelí. Probablemente su crecimiento hizo imposible que partidos más pequeños alcanzaran el mínimo que se exige para integrar la Kneset; partidos que darían otra flexibilidad a las negociaciones.
En tercer lugar, el voto árabe (incentivado por Catar o no) hoy y el voto ‘jaredí’ hace cuatro años demuestran que las minorías no sólo inciden, sino que deben ser tenidas en cuenta. ‘El extranjero que vive entre nosotros’, parafraseando la Torá, efectivamente vive entre nosotros. En un sistema democrático, su voto vale. Tal vez no lidere, pero condiciona. Hay que cuidarlo, no sea que por desatención o adulación termine condicionando la realidad en que vive la mayoría. Como dijo Lucy Harish, conductora árabe de noticiero en canal 13, imaginen que la población árabe de Israel haga una huelga de una semana… el país se paralizaría. No podemos decir lo mismo de la población ultra-ortodoxa.
En cuarto lugar, y en aras de no entrar en el campo de la especulación, está claro que el Israel judío está, social, demográfica, y políticamente, dividido al medio y a su vez fragmentado en cada mitad. Algunos lo llaman ‘Tel-Aviv vs Jerusalém’, otros ‘1er Israel vs 2º Israel’, y aunque ya perimido, todavía languidece aquello de ‘ashkenazim vs mizrajim’. Hay rusos, hay etíopes, hay orientales y eritreos que van naciendo y son israelíes… hay de todo. Y no, no es un crisol de las diásporas ni un mortero donde se amalgaman las diferencias; es una olla de presión de culturas.
Personalmente, debo admitir que ‘mi’ Israel, mi relato sionista y judío, hoy es minoría. Los números no mienten. Debo saber, con certeza, que los ciudadanos árabes no son mis socios. Me basta con que no sean mis enemigos jurados y nos respetemos y cuidemos mutuamente. Como dijera el poeta, ‘con eso tengo bastante’; o como dice la Hagadá de Pesaj, ‘daieinu’.
Netanyahu llamó a Israel ‘Esparta’, causando un revuelo interno e internacional. Ya Moshé Dayan había dicho, allá por los años cincuenta del siglo pasado, que Israel viviría ‘por la espada’. La historia ha demostrado que hay mucho de verdad en ambas sentencias separadas por unos setenta años; pero Israel también ha sido Atenas. Ha sido democrática, culta, creativa, innovadora, y feliz, a pesar de todo.
Sin embargo, somos judíos, no helenos; no aplican las categorías simbólicas griegas con tanta facilidad. Nos movemos con otros valores y, como cada civilización, pagamos los precios por mantenerlos vigentes. La argumentación, el pluralismo, la divergencia, la cuasi-negación del prójimo, son una tradición milenaria. Por otro lado, la soberanía, la independencia, el ejercicio de la fuerza y el poder, y ser los dueños de nuestro destino, esas son prácticas que apenas superan un siglo.
Hay quienes sostienen que estas elecciones han sido el comienzo de un nuevo ciclo. Que llevará décadas llegar a buen puerto. ¿Cuál será ese puerto? No lo sé, no lo sabré. Por ahora las señales no son alentadoras. Sólo resta aferrarnos a los valores que nos definen, pese a quien pese, y ejercerlos en los ámbitos en que sea posible. Dudo que haya otra batalla como la que los judíos del mundo y los israelíes libraron este octubre de 2026. Ni un hecho como Oct7 incidió lo suficiente.
Tal vez el fenómeno ‘Bibi’ se explique simplemente por carisma y liderazgo, por saber apelar a los instintos judíos más básicos: supervivencia y tranquilidad. Hasta que no surja un líder alternativo, estaremos estancados en este círculo vicioso. Cada uno sacará sus conclusiones.