Elecciones en Israel: otro análisis

Ari Shavit, Substack, 23 de octubre de 2026

Después de un mes de setiembre desalentador, llegó un octubre más esperanzado. Los candidatos ‘del cambio’, que trabajan para reemplazar al primer ministro de Israel desde hace largo tiempo, Benjamín Netanyahu, lograron avances significativos. Gadi Eisenkot se desplazó convincentemente hacia la derecha, prometiendo destruir a Hamás en los 18 meses siguientes a su llegada al poder. Naftali Bennett consiguió entusiasmar a los votantes jóvenes al abordar las cuestiones económicas y sociales que más les preocupan. En conjunto, estos acontecimientos generaron la sensación de que el cambio es verdaderamente posible.

Mientras tanto, Netanyahu y sus partidarios más intransigentes cometieron algunos errores graves. El ataque de Netanyahu contra Ofer Winter, un posible aliado político, fue mal concebido. Las figuras mediáticas Inon Magal (Canal 14) y Iotam Zimri utilizaron un lenguaje abiertamente discriminatorio para referirse a Eisenkot, lo que provocó una ola de críticas.

A pocos días de las trascendentales elecciones parlamentarias de Israel, previstas para el 27 de octubre, el vigor tardío demostrado por los partidos políticos que buscan derrocar a Netanyahu, sumado a los graves errores del sector nacionalista-populista, reavivó la esperanza de que el cambio sea realmente posible. La esperanza de que el bloque de centro logre reunir los votos suficientes para llegar al poder.

Sin embargo, este nuevo y cauteloso optimismo agudiza el dilema que pronto podrían enfrentar este bloque y sus cuatro líderes: ¿deberían formar nuevamente, como hicieron en 2021, un gobierno de coalición en minoría, con el apoyo externo de Mansur Abbas, líder de la Lista Árabe Unida, un partido político islamista y conservador? La respuesta de Eisenkot es un rotundo sí, al igual que la de Iair Golan, líder de Los Demócratas, el partido de centroizquierda. Su plan consiste en formar un gobierno de coalición en minoría respaldado por Abbas y aprobar rápidamente tres leyes que consolidarían su permanencia en el poder:

  • La Ley del Acusado, que impediría que un miembro de la Knéset formalmente imputado por un delito pudiera formar gobierno. Esto evitaría que Netanyahu regresara al cargo mientras continúan sus juicios penales.
  • Una ley para establecer una comisión nacional de investigación sobre los acontecimientos que condujeron a la catástrofe del 7 de octubre de 2023, que podría responsabilizar a Netanyahu del fracaso militar y de los servicios de inteligencia.
  • Una ley que establezca retroactivamente un límite de ocho años al mandato de un primer ministro, lo que también impediría que Netanyahu volviera a ocupar el cargo.

En conjunto, estas leyes aplastarían a Netanyahu y pondrían fin a su carrera política.

Pero los otros dos socios de Eisenkot y Golan en el bloque ‘del cambio’ no están convencidos. Avigdor Liberman, líder de Israel Beitenu, ha expresado su oposición vehemente, mientras que Bennett, líder de Beiajad, ha guardado silencio. No es casualidad que los dos dirigentes del ala derecha del bloque desconfíen de una iniciativa que provocaría una vertiginosa transformación política basada en el apoyo de un partido islamista.

Es importante recordar que en 1995, cuando Yitzhak Rabin impulsó en la Knéset los Acuerdos de Oslo II (el Acuerdo Interino sobre Cisjordania y Gaza) con una mayoría por un margen mínimo, las consecuencias fueron trágicas. El partido ultra-ortodoxo Shas se retiró de la coalición de gobierno antes de la ratificación, de modo que el acuerdo fue aprobado sin una mayoría sionista. Como resultado, el proceso de paz perdió legitimidad a los ojos de muchos israelíes.

Dieciséis años después, en 2021, cuando Bennett formó un gobierno de coalición en minoría con el respaldo de Abbas, consiguió algunos logros legislativos importantes a corto plazo, pero el mediano plazo trajo el desastre. El enojo provocado por el gobierno minoritario de Bennett condujo directamente a la victoria de los extremistas en las elecciones de 2022, a su plan de revolución judicial, que socavaría la democracia israelí, a una creciente polarización y, finalmente, al 7 de octubre.

Estos dos terribles precedentes deberían hacer que Eisenkot y sus socios se detuvieran a reflexionar seriamente. La historia no terminará en noviembre o diciembre de 2026, cuando se forme un nuevo gobierno. Si una vez más una mayoría de israelíes siente que los liberales les han impuesto un gobierno sin mayoría sionista, sin duda hará oír su voz.

¿Qué hacer? Aprovechar el impulso positivo de las últimas semanas para volver al plan original: formar un verdadero gobierno del cambio, con una coalición mayoritaria de 61 escaños parlamentarios. Sumados los escaños que se prevé obtenga el Partido de los Reservistas-Económico, que no está alineado con ninguno de los bloques, el bloque del cambio estará cerca de alcanzar esa cifra. Pero, para lograr una verdadera mayoría sionista, su líder debe realizar un acto verdaderamente sionista.

Ese acto es evidente. Eisenkot debería declarar que, en la mañana del 28 de octubre, su primera llamada telefónica no será a la Lista Árabe Unida, sino al Likud. No a Netanyahu, sino a Jaim Katz, presidente del Comité Central del Likud, y a Israel Katz, presidente de la Secretaría del partido, para proponerles que su partido se sume a un gobierno de unidad nacional. Al hacerlo, Eisenkot les transmitirá algo sustancial y simbólico a aproximadamente un millón de potenciales votantes del Likud: no los estamos excluyendo ni marginando. Ustedes son nuestros socios sionistas más naturales. Nuestro conflicto es con Netanyahu, pero respetamos a sus votantes y queremos que estén representados en la mesa del gobierno.

Es probable que Katz & Katz digan que no. Pero la declaración de Eisenkot aún podría tener un doble efecto positivo. En los días que quedan hasta las elecciones, reduciría el resentimiento y la desconfianza en los bastiones del Likud y aumentaría significativamente las posibilidades de alcanzar o acercarse a una mayoría parlamentaria de 61 escaños. En los días posteriores a las elecciones, sentaría las bases para un diálogo indispensable entre la derecha y el centro israelíes. Aunque no se logre un acercamiento inmediato, podría iniciarse un proceso gradual de sanación y reconciliación. Además, cuando los sionistas se unan, la cuestión de si se debe pactar con Abbas o no perderá relevancia. Desde luego, no habrá entonces ningún problema en incorporar a un partido árabe moderado que reconozca el derecho del Estado judío a existir a una coalición de gobierno.

Paradójicamente, solo una alianza sionista duradera puede garantizar que los ciudadanos árabes de Israel disfruten de plenos derechos en condiciones de igualdad. Solo si se trata a los partidarios de Netanyahu con cordialidad y respeto podrá la era Netanyahu llegar a su fin de manera pacífica y honorable.

Traducción  ChatGpt editada