El canto del cisne del Israel secular
Ari Shavit, de Iediot Ajaronot, Substack 14 de octubre de 2026
Las próximas elecciones en Israel no serán únicamente un referéndum sobre el horror que sufrió el país el 7 de octubre de 2023 ni sobre la guerra que siguió a aquella jornada fatídica. Tampoco serán un plebiscito directo sobre la reforma judicial, el servicio militar obligatorio universal o el prolongado mandato de Benjamín Netanyahu como primer ministro. Cuando los israelíes acudan a las urnas el 27 de octubre de 2026, sus votos podrían representar nada menos que el enfrentamiento definitivo entre dos identidades en conflicto: el secularismo (israelí) y la religiosidad (judía).
Fueron los israelíes laicos quienes fundaron el Estado de Israel. Es cierto que siempre hubo otros sectores: ultra-ortodoxos, sionistas religiosos, tradicionalistas y árabes. Pero la mayoría de los pioneros, los precursores y los combatientes que crearon y cultivaron el proyecto israelí fueron hombres y mujeres que se rebelaron contra las restricciones y las tradiciones religiosas de la diáspora, con el propósito de establecer, en las costas arenosas del Mediterráneo oriental, una nueva entidad que defendiera una modernidad benévola. Primero se los llamó hebreos; más tarde pasaron a ser israelíes. Pero fueron ellos quienes desecaron los pantanos del valle de Izreel, llevaron agua al desierto del Néguev, construyeron Tel Aviv, fundaron el Palmaj (precursor del ejército israelí), lideraron las Fuerzas de Defensa de Israel y construyeron el reactor nuclear de Dimona. Forjaron el Estado, diseñaron sus instituciones, absorbieron una inmigración masiva y poblaron su territorio, definiendo así su espíritu y sus valores.
Pero en la guerra de Iom Kipur de 1973 los israelíes sufrieron un duro golpe. El fracaso de los servicios de inteligencia, el caos militar inicial y el trauma persistente que marcó el conflicto, iniciado con un ataque sorpresa egipcio-sirio, provocaron una pérdida de confianza en el liderazgo socialdemócrata y erosionaron la cultura laica de Israel. Comenzó entonces un movimiento de retorno a la observancia religiosa, así como un proceso gradual que, poco a poco, haría que el país fuera menos israelí y más judío. El sionismo religioso heredó el sionismo del Partido Laborista, mientras que el sionismo tradicionalista fue ganando terreno a expensas del sionismo liberal. Al mismo tiempo, los ultra-ortodoxos no sionistas, que hasta entonces habían sido una minoría marginal, se convirtieron en una fuerza política y social cada vez más importante, con la que había que contar. Los dirigentes de derecha Beguin y Netanyahu aprovecharon esta tendencia sociodemográfica, dando la espalda al credo anti-victimista del secularismo israelí y sustituyéndolo por una retórica nacionalista impregnada de una mentalidad de persecución permanente.
Sin embargo, el secularismo israelí sobrevivió. Se replegó de Jerusalém a Tel Aviv. Creó la república de la alta tecnología (la ‘start-up nation’) y se atrincheró en la ciudadela del orden jurídico. Así surgió un delicado equilibrio entre una Tierra de Israel cada vez más devota y más judía, y un Estado de Israel no religioso que conservaba algunos de los centros de poder liberal-democráticos más influyentes.
Pero entonces llegó el 7 de octubre de 2023. Esta vez, los fallos de los servicios de inteligencia y del aparato militar, junto con el trauma persistente del ataque sorpresa de Hamás, sometieron a una prueba de resistencia que el debilitado Israel laico no pudo superar. Frente a una barbarie indescriptible, el Israel de la tecnología avanzada y el consumo masivo no pudo ofrecer un consuelo significativo. Fue incapaz de construir un marco espiritual e ideológico que permitiera a un pueblo aturdido y desolado afrontar una tragedia de proporciones monumentales. Así, en Tel Aviv, miles de jóvenes comenzaron de pronto a usar kipá, mientras las sinagogas de todo el país se llenaban hasta el límite de su capacidad.
Mirados en retrospectiva, los acontecimientos adquieren un nuevo significado. Las manifestaciones masivas que sacudieron Israel entre enero y septiembre de 2023 no fueron solamente un grito en defensa de la democracia y contra la reforma judicial. Fueron el último rugido del león del secularismo. Los cientos de miles de israelíes que llenaron las calles y las plazas de Tel Aviv luchaban no solo por preservar una estructura democrática de gobierno, sino también por mantener el carácter de la nación que sus abuelos y sus padres habían fundado y hecho prosperar. Se habían unido en un último esfuerzo desesperado por proteger su identidad colectiva. Pero el brutal ataque de Hamás convirtió el rugido del león de los manifestantes en su canto del cisne. Después de las atrocidades perpetradas contra las comunidades fronterizas del sur del Néguev, Tel Aviv ya no volvió a ser la misma ciudad. Y cuando la guerra amainó, quedó claro que el Israel laico también había sido una de sus víctimas. La religiosidad había triunfado.
Por eso, en vísperas de las elecciones del 27 de octubre, el bloque opositor que busca desplazar a Netanyahu está encabezado por Iashar, un partido de orientación tradicionalista liderado por Gadi Eisenkot, cuyos cuatro miembros más destacados —de un total de seis— son hombres que usan kipá. Esta es también la razón por la que el segundo partido más grande de ese bloque está encabezado por Naftali Bennett, un hombre observante. Mientras tanto, en la derecha, se prevé que los partidos sionistas religiosos, los nacionalistas ultra-ortodoxos y los ultra-ortodoxos no sionistas obtengan importantes avances. Se espera que apenas una quinta parte de los israelíes vote por los únicos dos partidos laicos que siguen en pie (Iajad y Ha’Demokratim). Por lo tanto, incluso antes de que se deposite el primer voto, ya está claro que el próximo Parlamento será el más religioso de la historia de Israel, con los secularistas reducidos a una minoría insignificante.
El heroico intento, iniciado a comienzos del siglo XX, de superar la historia judía y crear una entidad política nueva y vigorosa —abierta y progresista— ha sido derribado por el resurgimiento de la religiosidad en el siglo XXI. El Altneuland idealista del sionismo liberal, esa visión de una nueva sociedad iluminada, se ha derrumbado bajo el peso de la tragedia israelí y de una religiosidad estridente.
Traducción ChatGpt editada