Crítica y Autocrítica

En una semana, en dos hemisferios, dos idiomas, y dos culturas distintas, un mismo tema ocupó a la prensa de opinión y corte liberal en relación al tema… (adivinen): Israel y Gaza.

El 15 de mayo pasado el algoritmo en X me trajo a un artículo de Javier Bonilla en la publicación digital ‘Historia & Noticias’ acerca de cómo, en Uruguay, ‘Marcha’ ‘engendró’ ‘Brecha’. (1)

Unos días antes, el 11 de mayo, el New York Times (NYT) publicó un artículo de opinión de Nicholas Kristoff sobre las violaciones de israelíes a palestinos en Gaza y en las prisiones israelíes.

No incluyo el link al artículo porque es restringido. Tampoco lo leí. Escuché sobre el mismo en extenso en el podcast ‘For Heaven’s Sake’ del Instituto Shalom Hartman, cuyo link sí incluyo. (2)

Escuchando sobre Kristoff y sus denuncias en un medio de prensa del prestigio del NYT, y habiendo leído el análisis de Bonilla sobre cómo el riguroso criterio, no exento de ideología, que una vez primó en la prensa uruguaya de denuncia devino en un discurso panfletario, no pude evitar hacerme la misma pregunta respecto al NYT.

Por supuesto, no tengo la respuesta. Si ‘Marcha’ fue lectura de culto (y para cultos) en su momento, el NYT mucho más. Todavía lo es. A diferencia del caso uruguayo, no cambió de nombre, pero afiló su perfil. Si ‘Brecha’ abreva en el prestigio de su progenitor, el NYT lo hace en el suyo propio. Profundamente molestos, muchos insisten en pagar la suscripción.

En lo personal no precisaba un artículo como el de Kristoff: me sobra con Thomas L. Friedman. Otro que se sustenta en su prestigio ganado en décadas pasadas mientras predica, desde su torre de cristal en NYC (bajo la forma de un sofisticado análisis), sobre el deterioro moral de Israel .

Estas dos referencias vienen al caso en torno a un tema espinoso: qué crítica elegimos reconocer como válida (sin caer en la victimización y la indiscriminada acusación de antisemitismo), y qué autocrítica admitimos en nuestro seno. No aceptar ninguna nos convierte en fanáticos.

Para la crítica externa hay una regla muy básica: si quien la hace ha demostrado la misma preocupación por otras situaciones parecidas en el mundo, su crítica es por lo menos atendible. Dependerá también de su estilo, de sus fuentes, de sus motivaciones intrínsecas. Pero hay que tomar nota.

La autocrítica, por otro lado, obedece más o menos a las mismas reglas pero complica las cosas. El judío que critica a Israel es, por un lado, el judío ‘útil’ al antisemita de turno. Con la salvedad de que si el antisemita deviniera en Hitler no distinguiría entre el judío autocrítico y aquel inmune a cualquier juicio.

Por otro lado, la cancelación por parte de la opinión pública judía de todo y cualquier tipo de autocrítica es un hándicap que no podemos dar. El riesgo de ser ‘usados’ por el enemigo no justifica el costo de acallar nuestra consciencia ética, la misma que nos rige hace milenios. El silencio absoluto no es opción; tal vez se justifique callar de vez en cuando, pero no todo el tiempo.

En este sentido, el rabino Donniel Hartman, en el podcast de referencia, dice más o menos algo así: ‘están sucediendo cosas en nuestro tiempo sobre las cuales no estamos hablando; si queremos recuperar a nuestros aliados en el mundo debemos dar la discusión moral; deben vernos ejerciendo la introspección’.

Trae como ejemplo las recientes palabras de Eyal Zamir (Comandante de las FDI) sobre conductas inadmisibles en el seno de las FDI. Zamir, autoridad e ícono del poder militar israelí, no elude su responsabilidad como líder moral. Nadie puede discutirle su capacidad militar y de decisión para liderar operaciones de alta complejidad. Pero su visión ética también es estratégica.

Aplaudí y difundí el artículo de Javier Bonilla porque explica cómo el ‘palestinismo’ (término acuñado por Einat Wilf, PhD) (3) ha dejado de ser una causa para ser un símbolo, tal como sucedió en su momento con el Che Guevara. Hoy, todo lo injusto es Gaza y todo lo pérfido es Israel, así como en los sesenta todo lo injusto se resumía en ‘el Che’ y lo pérfido en ‘los yanquis’.

Creo también, y lo he expresado repetidas veces, que en Uruguay no estamos libres del fenómeno y mucho menos de consecuencias fatales del mismo. No podemos ignorar ni minimizar amenazas por más panfletarias que sean: movilizan, motivan, habilitan la acción.

Creo que este tipo de ‘coincidencia’ entre un artículo furibundo contra Israel en un medio como el NYT (Brecha no se queda atrás, por cierto) y un análisis sobre la transformación de la calidad y motivación de la información y la opinión son una buena oportunidad para pensar dónde elegimos pararnos.

O damos la discusión moral en los momentos y los marcos adecuados, o callamos y otorgamos. Las próximas elecciones en Israel, que coincidirán en mayor o menor medida con las festividades de Tishrei, serán una buena oportunidad para revisar estos temas. En las urnas y en las sinagogas. Será una conversación moral en lo político-electoral y en lo moral. Gran desafío.

El antisemitismo existe. Si permitimos que defina nuestra naturaleza, no hacemos honor a la misma. El antisemitismo existe precisamente por nuestra tenacidad histórica en adherir a ciertos valores. Cuando finalmente tenemos soberanía y auto-suficiencia, no parece prudente que éstas excluyan nuestra dimensión ética; más bien, deberían potenciarla.