La Nueva Cuestión Judía

Adam Scott Bellos, The Jerusalem Post, 12 de mayo de 2026

En 1897, en un balcón de Basilea, Theodor Herzl esperaba mientras la historia se reorganizaba debajo de él. Dentro del Primer Congreso Sionista, los delegados discutían sobre el idioma, el territorio, la viabilidad y la financiación. Fuera de esas paredes, Europa debatía una cuestión con menos emoción: si los judíos eran una anomalía permanente en los estados-nación modernos. Herzl entendía que lo que Europa llamaba abiertamente “Die Judenfrage” (la cuestión judía), no tenía que ver con etiquetas o teología. Tenía que ver con el poder. Un pueblo sin soberanía siempre dependería de la misericordia de los demás, y la misericordia no es infraestructura.

Un año antes, en “El estado judío”, Herzl había hecho su apuesta. La condición judía, argumentaba, era política y, por lo tanto, su solución necesariamente debía ser política. La emancipación no había borrado la sospecha; la asimilación no había garantizado la seguridad. La respuesta no era la tolerancia, sino la normalización. Los judíos tenían que convertirse en una nación como otras naciones, capaz de defenderse, cultivar su cultura y dar forma a su destino.

Y funcionó. Existe un estado judío. Existe un ejército judío. El hebreo es el idioma no solo de los rezos, sino que también se habla en las plazas infantiles, los tribunales, los laboratorios y los cafés. Los judíos ya no son vagabundos apátridas negociando su supervivencia de imperio en imperio. Herzl resolvió el problema de la supervivencia. Pero al resolverlo, transformó la condición judía. La vieja cuestión judía se preguntaba si los judíos podrían sobrevivir sin el poder. La nueva cuestión judía se pregunta si los judíos pueden conservar la legitimidad con el poder.

La legitimidad no tiene que ver con aplausos. Ni con titulares favorables, hashtags que son tendencia o resoluciones internacionales. Es el derecho moral a existir sin estar en libertad condicional permanente. Es el derecho a defenderse sin disculpas, a ser diferentes sin ser etiquetados como supremacistas y a ejercer la soberanía sin ser tratados como un accidente histórico. Las críticas a la política israelí son legítimas en cualquier democracia. El debate sobre las fronteras, los líderes y la estrategia es saludable. Pero algo diferente ocurre cuando la soberanía judía en sí misma, no la política, es considerada como singularmente inmoral entre las naciones. Ese es el paso de la crítica política a la duda civilizacional.

El antisemitismo siempre se ha adaptado a la realidad judía. En la Europa medieval, los judíos eran condenados como una amenaza teológica. En el siglo XIX, fueron colocados en el rol de contaminadores raciales. En el siglo XX, fueron acusados de orquestar conspiraciones globales. En el siglo XXI, la propia nacionalidad judía se describe con frecuencia como ilegítima: colonial, inherentemente injusta, fundamentalmente descalificada. Antes de 1948, los judíos eran acusados de estar desarraigados. Después de 1948, los judíos son acusados de estar arraigados en el lugar equivocado. La acusación evoluciona, pero el rechazo a la normalidad judía subsiste.

La guerra de Irán ha tornado este punto en algo imposible de evitar. El poder judío sigue siendo indispensable: sin soberanía, los judíos dependerían una vez más de la benevolencia de otros. Pero la guerra también ha expuesto los límites del poder. Un estado puede interceptar misiles, atacar enemigos y defender a sus ciudadanos. No puede, mediante la fuerza militar, hacer que el mundo entienda por qué la soberanía judía es moralmente legítima. Peor aún, la reacción violenta en contra revivió viejos venenos con un nuevo lenguaje: el ISD (Institute for Strategic Dialogue), descubrió que los contenidos antisemitas aumentaron después de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, con narrativas que enfatizan el control político judío, con una reacción violenta contra Israel o el sionismo, amén de los tropos antisemitas clásicos. Israel puede ganar batallas y aun así perder la guerra de vocabularios si los propios judíos no pueden explicar la coherencia moral del poder judío. El campo de batalla no es solo militar. Es civilizacional.

Por ende, la nueva cuestión judía no surge únicamente a partir de la hostilidad externa. También emerge de la incertidumbre interna: de la confianza debilitada en Israel y de una comprensión cada vez menor del sionismo mismo. Una encuesta de las Federaciones Judías de América del Norte encontró que solo alrededor de un tercio de los judíos estadounidenses se identifican como sionistas, a pesar de que casi nueve de cada diez apoyan el derecho de Israel a existir como estado judío y democrático. Esa brecha no puede descartarse como una cuestión simplemente semántica. Muchos judíos afirman el logro del sionismo a la vez que se distancian de su significado. Si el sionismo denota el derecho judío a la autodeterminación en la patria ancestral, entonces la confusión sobre la palabra refleja una confusión sobre la idea. Y la confusión sobre la idea refleja un fracaso educativo, no solo la incomodidad lingüística.

Cuando una generación hereda la soberanía pero duda en nombrar el movimiento que la hizo posible, el problema no es el branding, sino la formación. La identidad se vuelve negociable cuando el conocimiento es superficial. La legitimidad no puede ser sostenida por personas que no están seguras de cómo definirse a sí mismas. Ese examen comienza con preguntas, pero no preguntas retóricas sino diagnósticas

  1. ¿Los judíos todavía creemos que somos un pueblo?

La revolución de Herzl fue la condición de pueblo. Si la condición de pueblo se disuelve en la espiritualidad privada o la nostalgia cultural, la soberanía se vuelve abstracta. Y la soberanía abstracta no puede resistir el asalto ideológico.

  1. ¿Estamos educando a los judíos para defender la nacionalidad judía?

¿Pueden los estudiantes judíos articular la indigenidad judía, la continuidad judía en la Tierra de Israel y el caso moral para la autodeterminación? Si no es así, no es un problema de mensajes. Es una brecha educativa.

  1. ¿Hemos invertido más en reaccionar al antisemitismo que en formar la identidad judía?

Vigilar el odio es necesario. Pero la formación es fundamental. Una civilización definida principalmente por sus enemigos corre el riesgo de olvidar cómo definirse positivamente a sí misma.

  1. ¿Nos sentimos cómodos con el poder judío?

El exilio condicionó a los judíos a sobrevivir a través de acomodaciones. Pero la soberanía requiere un ajuste sicológico. Si la fortaleza judía se suaviza instintivamente para evitar la controversia, la legitimidad se erosiona por la vacilación aun antes de que se erosione por la hostilidad.

  1. ¿Hemos confundido aceptación con seguridad?

Décadas de integración crearon comodidad. Pero comodidad no es lo mismo que soberanía. Aceptación no equivale a infraestructura.

  1. ¿Tiene la vida judía de la diáspora la profundidad suficiente desde un punto de vista estructural?

Israel garantiza refugio. Pero no garantiza automáticamente la resiliencia global. Sin alfabetización hebrea, base histórica y experiencia sionista vivida, la identidad se vuelve frágil, y las identidades frágiles se rompen.

  1. ¿Entendemos lo que significa el cambio desde la supervivencia hacia la legitimidad?

Herzl temía la extinción física. Hoy en día, el riesgo es la erosión psicológica: heredar la soberanía sin el vocabulario para justificarla.

  1. ¿Nuestras instituciones han construido arquitectos de la confianza o gestores de la vulnerabilidad?

Informes, declaraciones y campañas de esclarecimiento son algo necesario. Pero ¿cultivan la profundidad civilizacional o perpetúan un ciclo de reacción sin formación?

  1. ¿Puede la soberanía sobrevivir sin una historia?

El resurgimiento del hebreo fue una resurrección civilizacional. Si esa historia no se internaliza, la soberanía se mantiene a la defensiva en lugar de ser algo que se posee con seguridad.

  1. ¿Creemos que la normalidad judía es un bien moral?

Herzl quería una nación como otras naciones: imperfecta, discutida, humana. Sin embargo, la normalidad judía a menudo es tratada como una anomalía. Si los judíos internalizan esa sospecha, la deslegitimación tiene éxito sin necesidad de coerción alguna.

Hicimos suposiciones. Esa integración nos protegería. Esa soberanía nos legitimaría. Ese esclarecimiento podría reemplazar la formación. No lo hizo. La educación judía se vació a medida que la confianza disminuyó. Tratamos la legitimidad como algo automático, en lugar de algo que debe construirse, enseñarse y defenderse.

Herzl temía que, sin poder, los judíos desaparecerían. Nos arriesgamos a la erosión porque demasiados judíos no pueden explicar el poder que tienen. La guerra de Irán demostró que la soberanía es indispensable. La reacción violenta en contra demostró que no es suficiente. La supervivencia fue asegurada por el poder. La legitimidad solo se asegurará por convicción, y la convicción debe enseñarse.

Esa es la nueva cuestión judía.

 

Traducción: Daniel Rosenthal