Los Glaciares
En inglés es frecuente la expresión ‘a glacial pace’ (un ritmo glaciar) para connotar que un proceso se mueve a un paso tan lento que es imperceptible al ojo humano. Cualquiera que haya visitado un glaciar puede captar la exactitud de la expresión. Por otro lado, los glaciares sufren colapsos o derrumbes cuando llegan a cierto punto. Una cosa es verlo desde un mirador. Otra sería estar caminando sobre su superficie cuando el fenómeno llega a su punto de quiebre.
Porque en definitiva, todo llega. Aunque nos estemos tomando un whisky con hielo del glaciar.
La ironía no es un recurso que sepa usar, mucho menos cuando escribo acerca de los temas que me preocupan. Más bien tiendo a ser excesivamente serio y hasta dramático. Por otro lado, he conocido gente que no tiene noción de lo dramático: la vida es una sucesión de circunstancias que nos determinan y las vamos afrontando una a una como mejor podemos. No es un criterio muy judío que digamos.
Por el contrario: el criterio judío es aquel que dice, en medio de un drama, que ‘también esto pasará’, que ‘va a estar bien’, y que ‘todo el mundo es un puente angosto pero lo importante es no temer’. En suma, una visión mesiánica. De tanto en tanto hay judíos que toman el destino en sus manos y deciden actuar: el Sionismo es la última gran manifestación en este sentido.
Históricamente, probablemente la gesta macabea y la gesta del gueto de Varsovia sean los antecedentes más directos de esta actitud. Aunque siempre haya sido como reacción a una situación ya insostenible. Todos esos héroes de nuestra historia adquirieron carácter mítico pero en última instancia no movieron la aguja de la historia.
Como judíos diaspóricos (que hemos elegido vivir fuera de Israel) no estamos exentos de tomar decisiones y asumir las crisis que enfrentamos. Nuestros recursos no son evidentes ni contundentes, pero existen. Sólo hace falta hacerse cargo. Las viejas recetas están perimidas; la prueba es que ya no funcionan. Esperar a que la gota desborde el vaso no es una opción: cuesta caro. Esperar a que el glaciar colapse y se derrumbe siendo un mero observador es un lujo que no deberíamos darnos.
Si miramos la historia comunitaria veremos que asumimos los cambios sólo cuando el derrumbe era inminente, y aun así, con reticencia. Me refiero a las consecuencias de la crisis de 2002, a la unificación de las escuelas, alguna comunidad que absorbió a otra, instituciones que se refugiaron en otras estructuras, e incluso movimientos juveniles que dejaron de ser alternativa. Todo esto sucedió cuando ya el colapso era inminente.
El problema es que hoy no quedan demasiadas opciones donde colapsar hacia la interna. Somos pocos, nos conocemos bien, pero nadie quiere reconocer dónde están las fortalezas y dónde las debilidades, y actuar en consecuencia. La visión de futuro debería ser global, abarcativa, coherente: potenciar individuos en diferentes roles aportando sus mejores cualidades. Sea capacidad de gestión, sean recursos, o sea simplemente visión. Actuar ante la inevitabilidad de las consecuencias es pecar de ingenuidad, para decirlo delicadamente.
Poco me queda por hacer para dinamizar un proceso que sé que existe pero que, como dije, y casi como un patrón histórico, se mueve a ritmo glaciar. Tal vez haya abrumado a mis lectores, tal vez haya molestado a quienes este tema no sólo los desvela sino que en él invierten su pasión y su tiempo, o tal vez para una mayoría esté gritando en el desierto porque, bueno, tampoco es para tanto.
No volveré sobre el tema. Éste se impondrá solo, a su tiempo, en su circunstancia. En definitiva, confío. Tampoco me quedan demasiadas opciones: soy parte de este colectivo. Por cierto, no lo eludo.