#Oct7: Los documentos de Hamás
Amit Segal, It’s Noon in Israel, 10 de mayo de 2026
En Medio Oriente, hubo una entidad que creyó que podía eliminar a su archienemigo en una sola gran operación. En busca de ese objetivo, arrastró a sus aliados a una guerra en la que ellos no creían y que finalmente terminarían perdiendo. Hablo, por supuesto, de Hamás.
Según un análisis de documentos capturados de Hamás realizado por el Dr. Daniel Sobelman, de la Universidad Hebrea de Jerusalém, el pensamiento de Hamás era precisamente lo opuesto a las suposiciones de la inteligencia israelí. Para 2019, el grupo terrorista había llegado a creer que era Israel quien estaba disuadido de actuar. En palabras del líder político de Hamás, Ismail Janiyeh: “Ante cualquier violación de las líneas rojas… la resistencia será capaz de disuadir”.
El punto de inflexión llegó en 2021. A comienzos de enero, un documento ultra-secreto del comando militar de Hamás enfatizaba la necesidad de incorporar Jerusalém a sus “reglas de enfrentamiento”. Ese mayo, Hamás inició un conflicto de 12 días debido a las tensiones en el Monte del Templo. Israel respondió con la Operación Guardián de los Muros. El jefe de Inteligencia Militar de las FDI, el mayor general Aharon Haliva, salió de la operación con la evaluación, ahora dolorosa y excesivamente confiada, de que se habían conseguido “cinco años de calma total con Gaza”.
En Gaza, sin embargo, Hamás celebraba una victoria estratégica que cambiaba el paradigma. Los combates habían provocado levantamientos sin precedentes entre los árabes israelíes, una vulnerabilidad interna que el jefe de Hamás, Yahya Sinwar, comprendió que podía convertirse en un “arma nuclear” para destruir a Israel. La guerra también marcó la primera coordinación activa en tiempos de guerra entre la Hamás, Irán y Hezbolá, a través de una sala conjunta de operaciones. Sobre todo, Hamás observó cómo Israel se apresuraba a contener la violencia interna y evitar una guerra regional más amplia. Parafraseando al secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah, concluyeron que Israel era “más débil que una tela de araña”. Lejos de actuar como elemento disuasorio, el conflicto de 2021 fue un exitosísimo “ensayo general” para la liberación total de Palestina.
Pero para financiar su gran plan, necesitaban a Teherán. En junio de 2021, Sinwar, el comandante militar de Hamás Mohammed Deif y el subjefe Marwan Issa enviaron telegramas urgentes solicitando 20 millones de dólares mensuales y entrenamiento para 12.000 combatientes con el objetivo de “desarraigar esta entidad inmunda” (Israel, claro). Para la primavera de 2022, la dirigencia de Hamás ya había acuñado un nombre para la guerra inminente: “el gran proyecto”.
Ese momento no fue una coincidencia. A fines de 2022, Israel inauguró un nuevo gobierno de derecha. En una evaluación interna marcada como “Altamente Secreta”, el liderazgo de Hamás concluyó que la inédita crisis política interna provocada por las protestas contra el nuevo gobierno estaba “derritiendo el pegamento” que mantenía unida a la entidad sionista. Además, Sinwar creía que las acciones altamente publicitadas de los nuevos ministros israelíes respecto a los lugares sagrados musulmanes proporcionarían el catalizador religioso definitivo para convencer a sus vacilantes aliados regionales de que un ataque inmediato y coordinado estaba justificado.
Pero incluso con un plan ya definido, Hamás aún no había conseguido un compromiso firme del llamado Eje de la Resistencia. En junio de 2022, antes de un viaje diplomático crucial al Líbano, Sinwar envió a Janiyeh una carta de cinco páginas titulada “La unificación de los frentes y la decisión de aprovechar la oportunidad”. Señalando que su ala militar estaba completamente preparada para una implementación inmediata, Sinwar describió tres escenarios distintos de acción conjunta:
Escenario Uno (La Promesa del Más Allá): una confrontación sorpresiva, total y en múltiples frentes que involucraría a Hamás, Hezbolá y otras fuerzas regionales (con Irán apoyando desde las sombras) para derribar y poner fin de inmediato al Estado de Israel. Fundamentalmente, esto dependía de levantamientos simultáneos y masivos en Judea y Samaria, así como entre los árabes israelíes.
Escenario Dos (La Batalla de Intensidad Media): diseñado para humillar a Israel y destruir su moral. Hamás entraría con toda su fuerza, pero Hezbolá comprometería solo un tercio o una cuarta parte de sus capacidades. El objetivo era provocar una emigración masiva de israelíes, liberar prisioneros y “liberar” Judea y Samaria, impulsado por violentas revueltas internas de árabes israelíes y palestinos.
Escenario Tres (El Escenario de Necesidad): Hamás actuaría solo. Hezbolá no se uniría a la lucha, pero permanecería en alerta y permitiría a Hamás activar sus propias fuerzas desde territorio libanés. Para compensar la falta de apoyo militar extranjero, Hamás planeaba “hacer estallar la situación” desde dentro, apostando fuertemente a un levantamiento de los árabes israelíes para desestabilizar el país.
Días después, Janiyeh se reunió en Beirut con Nasrallah y Said Izadi, jefe de la rama palestina de la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán. En un telegrama de máxima urgencia enviado de regreso a Gaza, Janiyeh informó sobre un enorme avance: Nasrallah había expresado un apoyo “claro y decidido” al primer escenario, creyendo que el fin inmediato de la existencia de Israel era “realista y alcanzable”. Izadi, sin embargo, puso freno al entusiasmo. Respaldó el plan “en términos generales”, pero insistió en que era necesario estudiar las capacidades y analizar los obstáculos antes de avanzar.
En realidad, Sinwar había contemplado esto desde el principio. Desde hacía tiempo consideraba que el Eje operaba bajo una lógica estratégica “completamente diferente”, priorizando la protección del programa nuclear iraní por encima de las ambiciones de Gaza. Sus sospechas se confirmaron explícitamente un año después, durante una visita a Teherán en junio de 2023. Allí, el líder supremo Ali Khamenei rechazó de manera tajante el impulso de Hamás hacia una batalla inmediata y decisiva, aconsejándoles en cambio concentrarse en Judea y Samaria mientras Israel era rodeado “gradualmente”.
Aun así, Sinwar apostó a que, una vez disparados los primeros tiros, aunque sus aliados no se comprometieran plenamente con su gran visión, la magnitud misma del ataque los arrastraría al conflicto al menos como una fuerza secundaria.
Pero aunque estaba dispuesto a apostar por el apoyo extranjero, Sinwar no dejó nada librado al azar respecto de su aliado más indispensable: el frente interno. Los levantamientos violentos en Judea y Samaria y entre los árabes israelíes eran un requisito absoluto en todos y cada uno de los escenarios. Incluso en el mínimo “escenario de necesidad” —la contingencia en la que Hezbolá decidiera mantenerse completamente al margen de la guerra— Hamás planeaba “hacer estallar la situación en Cisjordania y en el interior”, apostando fuertemente a que los árabes israelíes desestabilizarían el país desde dentro.
Para encender ese polvorín interno, Sinwar necesitaba una chispa. Esa necesidad explica uno de los aspectos más espeluznantes del 7 de octubre. Sinwar estaba convencido de que capturar y difundir “imágenes explosivas” justo al comienzo de la ofensiva “desencadenaría una oleada de euforia, frenesí e impulso” entre los palestinos y los árabes israelíes. El objetivo era provocar un levantamiento masivo y violento mientras, al mismo tiempo, se paralizaba a la sociedad israelí mediante el terror. Por eso los terroristas de Hamás llevaban cámaras corporales y transmitían en vivo, con evidente entusiasmo, sus propias atrocidades.
Hamás había planeado originalmente activar esta trampa en abril de 2023, sincronizando la masacre con la festividad judía de Pésaj. La única razón por la que el 7 de octubre no ocurrió en abril fue que las FDI detectaron débiles señales de inteligencia y elevaron su nivel de alerta. Trágicamente, cuando la festividad transcurrió sin incidentes, la inteligencia israelí concluyó que se había tratado de una falsa alarma, hundiéndose aún más en una falsa sensación de seguridad.
Sin embargo, cuando llegó la hora cero, los aliados extranjeros de Hamás fueron tomados completamente por sorpresa. Según la inteligencia israelí, los líderes en Beirut y Teherán quedaron “profundamente sorprendidos”. Mientras se desarrollaba la masacre, los comandantes de Hamás Mohammed Deif, Sinwar e Issa enviaron telegramas desesperados a Nasrallah y a la Guardia Revolucionaria iraní, rogándoles que “se apresuraran a participar”. Creían que un bombardeo concentrado e inmediato por parte de Hezbolá finalmente provocaría el “rápido colapso” de Israel.
Pero el Eje de la Resistencia estaba furioso por haber sido puesto ante un hecho consumado. En su primer discurso público tras el ataque, Nasrallah lanzó una crítica velada al intento de Hamás de infligir un único “golpe decisivo”. Declaró abiertamente que el Eje todavía no había adquirido la capacidad de derrotar a Israel de esa manera y que, en cambio, los movimientos de resistencia debían “ganar por puntos” mediante una “acumulación de logros”.
En privado, la reacción fue todavía más dura. Más tarde, un alto funcionario de Hezbolá resumió la gran operación de Hamás con dos palabras amargas: un “éxito catastrófico”.
Es tentador descartar a los fanáticos como simplemente irracionales, pero los planes de Sinwar revelan a un estratega notablemente astuto. Predijo con precisión las vacilaciones de Teherán y comprendió exactamente cómo forzar la mano de sus aliados. Pero al final, sus aliados tenían razón. Israel no era tan débil como una tela de araña, y el Eje no tenía la capacidad de destruirlo definitivamente. Al obligarlos a intervenir, Sinwar no consiguió una “Promesa del Más Allá”; simplemente se aseguró de que casi todos los nombres mencionados en esos documentos terminarían siendo encontrados en tumbas entre los escombros.
Traducción por IA editada