El Día después de Pesaj

La guerra (con Irán) empezó en Purim y ‘termina’ con Pesaj. No sé exactamente qué simbolismo podría tener esta ‘coincidencia’ mítico-histórica, pero la señalo por su fuerza intrínseca. Ya habrá tiempo de construir significados. Desafío para rabinos e intelectuales.

Dicho esto, tampoco es puntillosamente así: la guerra con Hisbolá sigue (que es parte de la fuerza bélica iraní) y la guerra en los cielos de Irán no está terminada sino que ‘en pausa’. El Estrecho de Ormuz, a diferencia del Mar Rojo, no se ha abierto del todo. Más aún: eso no depende de Dios sino del hombre; ni siquiera Trump puede simplemente decretarlo.

De modo que tal vez podamos decir que, de alguna manera, salimos de cierta estrechez o ‘esclavitud’ de los misiles, el miedo, el insomnio, y la paralización pero aún estaremos transitando el desierto por un buen tiempo. Tal vez cuarenta años o tal vez sea una condición existencial. Creer que avanzamos siempre ha sido lo que nos mantuvo en pie y nos permitió, en definitiva, efectivamente, avanzar.

De modo que ni tantas ‘suertes’ en Purim ni tanta libertad en Pesaj. Son todas condiciones precarias. El problema de los últimos tres años es que la precariedad ha llegado a un bajo sin precedentes. No tanto una amenaza existencial externa como en 1967 previo a la guerra, sino una amenaza de identidad y convivencia como en el siglo I EC. Como entonces, la fragilidad interna es el mejor flanco que ofrecemos al enemigo. Y éste no perdona. Pero nosotros tampoco.

En tren de proponer ideas en paralelo a las festividades judías, podríamos decir que en esta cuenta del Omer, por fin, ya no estaremos contando los días de los rehenes en cautiverio sino solamente el Omer en sí. Al mismo tiempo, este período tan particular y complejo del calendario hebreo, que básicamente apunta a un movimiento de la libertad a la ley, este año abre una profunda incertidumbre.

Las elecciones en Israel serán muy probablemente pasadas las festividades de Tishrei. Aun así, el espíritu del Omer, el tiempo de transición y tránsito hacia un nuevo pacto, permanecerá subyacente en el tiempo. Se sumará, además, un tiempo de reflexión, perdón, y reparación. El sonido del shofar nos convocará en un sentido mucho más amplio y profundo: no sólo como individuos sino como nación; no para la guerra sino para la reconstrucción nacional.

En la porción de la Torá que leemos este Shabat, ‘Shemini’, se hace referencia a dos fuegos: el fuego que acepta los sacrificios (o sea, el empeño del hombre por acercarse a lo divino) y el fuego que engulle a los ‘hijos rebeldes’ (Nadav y Avihu, hijos de Arón). Los fuegos controlados abrigan y alimentan, los fuegos fuera de control queman.

Estamos entre dos fuegos, y no sólo en términos militares (en ese caso son muchos fuegos cruzados), sino en términos históricos. El fuego de las pasiones ciegas del fanatismo por un lado y el fuego de las causas liberales por el otro.

Al final del día, prefiero el fogón trafoguero y la llama eterna al espíritu incendiario de las grandes revelaciones. El fuego controlado, en la prehistoria, dio lugar a la revolución agrícola y la civilización. El fuego descontrolado podría acabar con civilizaciones enteras, tal como amenazó irresponsablemente Trump. Al final, la montaña parió un ratón.

De aquí a las cruciales elecciones en Israel estaré contando los días, por lo menos para mis adentros. Sólo me resta desear que todo el fuego que veamos en este tiempo sea el mismo que, en forma de columna, nos guio en el desierto cuando salimos de Egipto. No preciso más. El fenómeno del ‘burnout’ se ha extendido como una plaga. Es tiempo de que cada uno procese, en su interior, cómo quiere ser parte del colectivo. Tiempo de purificar un poco el espíritu.