Bomba de tiempo
Si un hecho (luctuoso, terrible, desafortunado) ilustra las consecuencias incontrolables de una guerra, lo que sucedió ayer lunes 12 de octubre en un sendero en la Galilea israelí es ese hecho.
Un arma mortal no detonada, la imprudencia o ignorancia de un niño, la desatención del adulto a cargo, son todos factores aleatorios que en un segundo destruyeron varios mundos (Talmud).
Una sociedad que se empeña en volver a sus rutinas, como organizar paseos escolares, o votar, de pronto es alcanzada por una guerra que está, simplemente, silenciada, pero acecha 24/7.
Ni Irán ni los Hutíes precisan disparar sus misiles a Israel; los restos de agresiones pasadas alcanzan a las generaciones futuras. Ni heroísmo ni secuestro; es la fatalidad de un pasado reciente y un presente (acaso un futuro…) que se resisten a desaparecer.
La Tierra de Israel, y a tales efectos toda la zona de Oriente Medio, está plagada de arqueología. Buena parte de la misma todavía por ser descubierta. Del mismo modo, está sembrada de arqueología de guerra, buena parte de la misma todavía sin detonar.
Sin tan solo los niños no caminaran sobre ella ni recogieran sus reliquias…
Ucrania, Gaza, Irán, y tantos otros conflictos bélicos menos promocionados nos enseñan que el hombre sabe iniciar guerras pero tiene muchas más dificultades en ponerles fin.
Aun cuando lo logra (y alguien gana un Premio Nobel de la Paz auténticamente merecido, no un mero y demagógico statement político), las secuelas permanecen.
No sólo en la memoria de los dolientes o en las cicatrices de los heridos, sino en las víctimas que amanecen un día sin saber que ese día la basura de una batalla los matará o mutilará, para siempre.
Los israelíes son efectivamente resilientes, heroicos, abnegados, patriotas, y esperanzados. Nadie puede discutirlo. También son víctimas del trauma, el miedo, la neurosis, y la ansiedad. Si alguien lo niega, está escondiendo la cabeza en la arena.
Los israelíes también son víctimas de artefactos diseñados para matar que, con una precisión trágica, tarde o temprano, cumplen la función para la que fueron diseñados.
Mientras Israel y Líbano conversan amable pero inconducentemente un tratado de paz en Roma, un paseo escolar se cobra vida(s) y deja huellas en los cuerpos y el alma de un grupo de niños.
Tal vez tanto Hizbolá como Hamás sean desarmados algún día. Tal vez alguna vez haya un futuro mejor en la región. Hoy, soy escéptico, por decirlo delicadamente.
Difícil creer que, por muchos años, un par de generaciones al menos, deje de existir el peligro que un instrumento de muerte cumpla, por tarde que sea, la función para la que fue creado.