Vaerá

Éxodo 6:3 dice: “Me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob…” (Según traducción de editorial Sinai). Me permito sugerir que más que aparecerse, Dios se muestra, aunque no se identifique. “Vaerá” es sobre lo que se ve: señales y plagas, todo es visual. Tal vez porque Moshé era “duro de lengua”, o como él mismo dice en 6:30, “incircunciso de labios”. El discurso, la palabra, no es suficiente. Hay que (de)mostrar la fuerza.

Lo que sigue repetitivamente la dinámica de las primeras siete plagas. Estás son progresivamente nocivas y espectaculares en su desarrollo. Si bien hacen mella en el poderío egipcio, no mueven el fiel de la balanza. El texto cierra con una negativa más, la séptima, del faraón. Queda abierta la incógnita para la semana siguiente, aunque todos conocemos el final de la historia ya hace unos tres mil años. Eso no le quita su peso significativo.

La progresión del poderío divino en aras de un fin noble, la libertad, y la oportunidad antes y después de cada plaga de que el faraón reconsidere y libere a los Hijos de Israel es un modelo de conducta. Dios sabe que al final Su pueblo saldrá libre, así como conoce bien sus propios recursos. Sin embargo, va construyendo, negativas del faraón mediante, el inevitable y fatal desenlace de la última plaga (en “Bo”, la semana próxima).

Esta estrategia progresiva no parece ser conveniente para sus fieles porque en definitiva prevalece la dureza del faraón por sobre el poder divino. Dios no mantiene esta dinámica durante siete plagas y luego dos más para demostrar nada a su pueblo, sino evitar la décima plaga fatal y final. En cualquiera de las nueve plagas que el faraón hubiera cedido, se evitaba ese trágico final.

Este texto tiene una vigencia sorpresiva: ¿cuál es el momento de ceder? ¿Cómo evitamos la progresión inexorable de plagas? ¿Cómo confiamos unos en otros? ¿Cuál es el momento en que la palabra prevalece por sobre las demostraciones de fuerza?

La masacre del 7 de octubre de 2023 fue una décima plaga sobre Israel. Para Israel, el orden se invirtió: la décima, en toda su crueldad, vino primero. Acaso las autoridades de turno, como el faraón, no quisieron leer las señales, o no quisieron reconocer el poderío del otro. No en vano la reciente película “Golda” sobre la Guerra de Iom Kipur en 1973 ha adquirido una vigencia tristemente inesperada. Inversamente, las advertencias de Israel parecen caer en oídos sordos y Hamas actúa, desde una postura faraónica, como si las plagas no sucedieran, como si no progresaran hacia otro desenlace trágico.

Hoy como nación estamos, como en “Vaerá”, detenidos en el tiempo: nada avanza, nada cambia, los rehenes no aparecen, los túneles se reproducen. Nadie cede. Es una situación nueva para Israel y para toda la región. Lo único cierto está escrito en la Torá: aunque les cueste entenderse como Moshé con el faraón, si el hombre no acuerda con el hombre, sea a nivel político interno o a nivel de política exterior, llegará un momento en que no habrá retorno. El desierto, en su dimensión metafórica, está a un paso; una vez que crucemos las fronteras, ¿quién indicará el camino?