Elul

 

Cuando planifico con un mes de antelación las rutinas festivas, me percato de cuánto ha permeado en mí el calendario hebreo. Cuando pienso en quiénes quiero ver antes de Rosh Hashaná me doy cuenta cuánto se ha afinado mi sensibilidad como judío. Cuando me hallo a mi mismo pendiente de Elul me doy cuenta cómo he crecido como judío.


De pronto me encuentro frente al umbral de éste “último” mes del año hebreo; soy consciente que el año que comenzará en Tishrei 1, 5776, puede estar lleno de sorpresas impensadas, acaso buenas, acaso no tanto. Cada Elul pasado me enfrentó a similares desafíos y recapitulaciones, cada Tishrei trajo consigo nuevos paradigmas. Acaso ese sea el quiebre de los “días terribles”: la incertidumbre frente al futuro, la certidumbre de lo sucedido. Menuda paradoja.

 

Cada vez que llega Shabat pienso: ha pasado, inexorables, siete días. Con el correr de los años me he vuelto cada vez más consciente de su sucesión; hago mía la cuenta hebrea de la semana: “primer día para Shabat, segundo día para Shabat… “ y así hasta el sexto día. Cuándo, en otras épocas, hubiera imaginado que llegaría a tener tal “consciencia bíblica” del progreso del tiempo. Por supuesto, siguen existiendo los cumpleaños, las licencias de la construcción, los viajes, la “noche de la nostalgia”, el “25 de agosto”, y el Día del Niño, por citar sólo algunos mojones de nuestro tiempo común. La diferencia es que esos mojones son de toda la sociedad en que vivimos; el tiempo hebreo es nuestro.


El “luaj” nos cuenta el cuento: nos narra; nos incluye; nos reúne; nos sensibiliza. Desde Shabat a Iom Kipur, son todos signos y señales en nuestro derrotero judío. Podemos verlas o no, tomarlas en cuenta o no, caminar estrictamente por el camino que trazan (el problema es que hay múltiples caminos), o tomar caminos “del otro lado del Jordán”, ajenos. Ellos, los signos y señales, están ahí, a nuestra disposición.


El manejo del tiempo judío es un regalo que nos hicimos a nosotros mismos, como pueblo, siglos atrás. Ricos o pobres, exitosos o llanamente mediocres, sanos o enfermos, es una herencia que con sólo querer podemos dejar a nuestros hijos para que ellos construyan su propio calendario, su propia vida. No hay más riqueza, ni éxito, ni síntoma de salud, que la noción de un tiempo cíclico (es que no hay otro) a la vez que progresivo.


Si fuera sólo progresivo, no tendríamos memoria; si es sólo cíclico, no tiene sentido.

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