Sharon

Finalmente, tras ocho años en estado de coma profundo, ha muerto Ariel Sharon. Como todos, tendrá derecho a su descanso en paz y a los ritos de nuestra tradición. Baruj Dayan Emet.


La muerte de Sharon no pasa desapercibida, por menos que nos haya gustado el personaje a lo largo de su vida pública. Está claro que Sharon jamás fue uno de nuestros "héroes" del Israel moderno; aunque para muchos sí lo es y mucha tinta correrá para alabarlo y rescatar su figura de sus episodios más oscuros. Es más: todas las grandes figuras del Estado de Israel, de Ben-Gurión en adelante, están plagadas de errores y costados oscuros, jamás develados.

Algunos, como Rabin, fueron alcanzados por sus propias sombras y debieron resignar su gobierno (1977); otros, como Golda Meir, sucumbieron a su propia y ciega visión de la realidad como en la Guerra de Iom Kipur en 1973, y también por ello perdieron el gobierno. En ambos casos son próceres. Sharon nunca tuvo ni tendrá el status de prócer de Israel, y quien quiera sugerirlo como tal está profundamente equivocado.

 Hay que reconocer que en sus últimos años el viejo y feroz (sí, feroz) guerrero parecía querer recorrer otro camino. Su salud se lo impidió. La creación de Kadima, el aglutinamiento de gente de centro, y la desconexión de Gaza son señales claras de su intención. Sharon nunca se quedó en meras intenciones; lo suyo era generar "realidades en el terreno", como se diría en hebreo. Colonizar la Cisjordania; cruzar el canal de Suez y avanzar sobre El Cairo; invadir Líbano; desanexar Gaza. Nunca pareció mirar mucho los detalles, las consecuencias políticas de sus acciones. Así, la colonización parece ser hoy un obstáculo importante (pero no insalvable) para el proceso de paz con la Autoridad Palestina; así, el episodio de Sabra & Chatila en 1982 ensangrentó para siempre no sólo las manos de Sharon sino que, por mucho tiempo, las de todo Israel. A tal punto que significó el final de la vida política de Menajem Beguin. Supuso también una revisión moral profunda reflejada en el informe de la Comisión Kahan en 1983. Con seguridad estos hechos de 1982 comenzaron a cambiar para siempre la percepción de muchos israelíes acerca de las verdaderas posibilidades de sojuzgar a otro pueblo, una fantasía que algunos abrazaron producto del triunfalismo de 1967.

El propio Sharon entendió, casi veinte años más tarde, cuando finalmente llegó a ser Primer Ministro del Estado (algo que en lo personal jamás creí que sucediera), que Israel no tiene un poder ilimitado ni una "mano (permanentemente) extendida para herir" al enemigo, parafraseando Éxodo 3:20. Como leemos en la porción de la Torá de esta semana, Beshalaj (Éx. 13:17), no peleamos solos las batallas, no somos poseedores de todo el poder. Para poder prevalecer frente a Amalec (Éx. 17:8-14) Moshé debía mantener su vara y sus brazos en alto, y aun él precisaba ayuda porque se cansaba, y Aaron y Jur debían sostenerlo. El poder no es absoluto sino una sucesión de eslabones que lo hacen posible. En idioma moderno eso se llama alianzas y suponen compromisos. En su vejez, Sharon parecía haber comprendido esto, aun en su particular y brusco estilo de actuar. No en vano siempre fue comparado a un "bulldozer", una maquina aplanadora, por su andar y su actitud.


Con la muerte de Sharon prefiero destacar no su costado ensangrentado sino su perfil hacedor. Cuando la política israelí parece haber perdido un sentido de propósito y todo el sistema parece concentrarse en preservarse a sí mismo, no estaría mal una dosis de fuerza sharoniana que tome alguna iniciativa concreta, que tire alguna idea verdaderamente innovadora y creativa sobre la mesa de modo de mover el statu-quo. Podemos admitir que Israel está en relativa paz en los últimos años pero todos reconocemos que detrás del muro (levantado por Sharon) hay una realidad que tarde o temprano deberemos confrontar. Los israelíes parecen votar una y otra vez seguridad y no creatividad, pero visto desde más lejos, sin estar inmersos en la vida cotidiana israelí, amenazada en forma sistemática e ininterrumpida, uno no puedo sino esperar que surja alguien con la fuerza (sobre todo) y la visión y el deseo de llegar a algún lado.

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