Años Viejos & Nuevos

Hay algo especial en estas latitudes acerca del cambio de año: la fecha coincide con los días más largos y calientes del año (esto último en especial este año), y por lo tanto todo el mundo sale de vacaciones. Así como en hebreo existe la expresión "entre dos soles" para referirse a un momento que no es el día que finaliza ni el que comienza, los últimos dos días de un año y la primer semana del siguiente son un tiempo suspendido. Acaso será porque el concepto "bein hashmashot" se utiliza en especial para diferenciar tiempos cotidianos de tiempos sagrados ("iom kodesh"); de igual modo, estos diez días bisagra entre un año y otro en realidad no son ni una cosa ni otra, sino un tiempo en sí mismo. Se suspenden actividades, se postergan obligaciones, se planifica sin responsabilidad inmediata, se vive fuera de todo esquema de normalidad, y sobre todo, se celebra mucho.

 Poco importa cómo fue o qué pasó el año que finaliza o que perspectivas verdaderamente posibles presenta el año nuevo: hay que estar contento y pensar que el tiempo por venir siempre será mejor. Aun cuando nos pongamos más grandes, aun cuando los hijos hagan sus planes y sus vidas, aun cuando no logremos vencer nuestros viejos vicios, prejuicios, fobias, aun cuando no tengamos certezas. Nos obligan a festejar.

Cabe preguntarse dónde y en qué nos encuentra el nuevo año. ¿Pensamos, algunos meses atrás, que estaríamos terminando un año así como está sucediendo? Por tanto, parece más productivo pensar en el año que finaliza, el que realmente sucedió, y no tanto en el que comienza, que no es más que una fantasía más o menos elaborada. Está muy bien pensar con optimismo en las oportunidades que están por venir, pero pensar en las oportunidades perdidas y en las oportunidades ganadas durante los últimos doce meses parece ser un desafío mayor. La retrospección conduce a la introspección. El problema es que, a diferencia del tiempo consagrado a estos asuntos en el judaísmo (los primero diez días del año en el calendario hebreo), esta época del año invita más a la frivolidad y la levedad del ser que a repasar y evaluar nuestro pasado reciente. Ni pensemos en ayunos ni liturgia pertinente. Las fiestas, la comida, la bebida, más bien nos disponen a otros estados donde nos reconocemos menos que en nuestras rutinas habituales.

¿Qué pasa en el hemisferio norte, donde el nuevo año llega con tormentas, nieve, y fríos polares? Probablemente se tome nota del cambio del año, algunos días libres en la enseñanza, y poco más: es el mismo tiempo que cambia de número o denominación. Nadie pretende realmente cambiar cuando no se puede siquiera salir a la calle. Es el ocio que nos toca en estas latitudes que nos predispone a pensamientos profundos acerca de nuestro crecimiento personal, nuestro futuro, nuestras metas, mientras descartamos con liviandad y hasta con cierto desapego aquello que en algún momento del año nos conmovió. El ritmo normal de la vida no da lugar para esta actividad introspectiva; esos tiempos hay que generarlos.

Junto con el sol, la playa, y los días largos, sería tal vez sabio tomar nota de todo lo que dejamos atrás. Lo que tenga que venir, vendrá de una forma u otra, poco podremos hacer al respecto. Lo que queda atrás ya fue, tampoco está en nosotros recuperarlo. El ejercicio, no tanto de recordar ya que ha sido muy recientemente, sino de evaluar y valorar parece ser una buena forma de abordar lo que sea que venga. Más que recibir un nuevo año y brindar por él, despidamos el que finaliza y nos abandona, brindemos por todo lo que nos brindó, y sintámonos en paz con nosotros mismos, sea lo que sea que nos sucedió.


¡Muy feliz año!

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