Click Bereshit

Este pasado Shabat, comenzamos de nuevo: leemos “Bereshit” (Génesis 1:1) durante el servicio religioso y arrancamos nuevamente con nuestra saga, con nuestro “storytelling”, como lo definió Alejandro Melamed anoche abriendo el evento “Click” en la NCI de Montevideo. Sin embargo, la mayoría de nosotros estamos ajenos a ello. En Diciembre recordaremos que es Janucá, pero más a fuerza de otras luces que de las propias; en Abril recordaremos que es Pesaj; y luego de un tirón hasta el próximo Iom Kipur. Así vamos, a los saltos, casi de semestre en semestre. De modo que en realidad son siempre los menos quienes verdaderamente comienzan de nuevo y asumen, un año más, el desafío de confrontar el judaísmo y darle sentido cotidiano.

Como bien dijera el rabino Ariel Kleiner en su prédica el pasado viernes no se trata de determinar cómo vive cada uno su judaísmo, sino de por lo menos saber, ser conscientes, de que una dimensión existe a la que por diversas razones ni nos asomamos.

Hay muchas maneras de saberse o pensarse judío. Cada sociedad tiene sus características, desde Israel a los EEUU, pasando por todas las comunidades del mundo, grandes o pequeñas. Cada una tiene su propia dinámica, valores, su forma de insertarse en el mundo que la rodea. ¿Cómo podría definirse la “colectividad” uruguaya, los judíos del Uruguay? Si bien hay una cierta variedad de opciones, me atrevo a proponer una clasificación que entiendo aplica a la percepción que la gran mayoría de los judíos uruguayos tiene sobre sí mismos: ser judío es pertenecer a una clase social. Lo cual no está mal de por sí: todos tendemos a ubicarnos en algún marco social donde nos sentimos identificados; más aún, muchas veces nos definimos por los grupos de los que no nos sentimos parte.

¿Acaso no hay salas cinematográficas, cafés, restaurants, y teatros que nuclean judíos y otros que no? ¿Acaso no nos congregamos en ciertos espacios públicos a ciertas horas y no en otras a caminar y saludarnos cuando nos cruzamos? Si bien Montevideo carece de cafés sobre la vereda donde nos sentemos a ver pasar gente, hay espacios más autóctonos donde podemos asegurarnos de ver y ser vistos. Si uno quiere eludir estos espacios sabe muy bien dónde ir: otros barrios, otras propuestas más ajenas. Si uno quiere acceder a una masa crítica de judíos no tiene que ir a una comunidad o una sinagoga. Basta con ir a cierto cine en cierto horario, el público que buscamos estará allí como no está casi en ningún evento comunitario.

El barrio dónde vivimos, dónde educamos a nuestros hijos, los círculos no formales a los que asisten o no, dónde hacen deporte, dónde practican danza o estudian arte, todo determina pertenencia mayor o menor a un grupo (lo de “clase” suena demasiado marxista para quien escribe) social. Muchas veces cuotificamos esta pertenencia con propuestas rupturistas, pero generalmente no son más que salpicaduras en una paleta más bien homogénea de color y textura. Sucede también lo inverso: producto del temor de ser parte de esa clase social muchos judíos terminan siendo parte de otros marcos y su judaísmo se convierte en salpicaduras ocasionales en sus vidas.

El libro de Fernando Amado “Mandato de Sangre” (2012) apunta precisamente hacia esta auto-percepción que los judíos tenemos, pero no declaramos, de nosotros mismos. El libro es sumamente parcial y simplista, efectista incluso, pero no podemos negarle el mérito de ponernos frente a un espejo frente al cual muchas veces pasamos sólo para mirarnos de soslayo.

Pensarnos como clase social no es un problema en sí. Con todos sus defectos y virtudes, es el grupo en el cual hemos nacido y al cual pertenecemos. El problema es cuando solamente nos pensamos así. Cuando el conocimiento y los valores quedan relegados un lugar muy postergado en nuestra escala de prioridades; entonces somos judíos “sociales”. No importa dónde estemos en Iom Kipur si estamos allí sólo porque “hay que estar”, porque “se llena”, porque “está lleno de gente joven”. Todos sabemos que al cierre de Iom Kipur, en “Neilá”, las sinagogas desbordan; aparece gente que de otro modo nunca aparece, lo cual es muy importante; para eso trabajan las comunidades y sinagogas. El asunto es, ¿dónde estamos el resto del día? Del mismo modo, ¿dónde estamos cada día de nuestra vida en relación a nuestro ser judío?

Los principios son buenos momentos para empezar a transitar nuevas propuestas.

 

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