Sucot

En más de una oportunidad hemos citado a Thomas Cahill y su maravilloso y revelador libro "TheGift of the Jews" (Doubleday 1998). Cuando llegan festividades como Sucot un judío poco observante como uno carece de suficientes elementos, conocimiento, y vivencias como para abordar un ángulo de la fecha que sea, por lo menos, personal. Pésaj, Rosh Hashaná, Iom Kipur, y hasta la casi desapercibida Shavuot resultan más fáciles y estimulantes de abordar. Sucot, sin embargo, se ubica en ese limbo de transición post Iom Kipur, cuando de alguna manera ya nos sabemos inscriptos y rubricados y miramos hacia otros asuntos.

 Más allá de lo pintoresco de una Sucá, que vemos en la escuela de nuestros hijos o en la comunidad, Sucot queda desdibujada en nuestra narrativa judía, casi como perdida, del mismo modo que estaban perdidos y vagando nuestros antepasados en el desierto.

Sucot finaliza, en la diáspora, con Simjat Torá, cuando terminamos y comenzamos, casi en un mismo acto, a leer la Torá. Es allí donde me viene a la mente el libro de Cahill. Con su trasfondo eminentemente agrícola, con sus cuatro especies tan simbólicas y semánticamente fértiles, Sucot parece ser un espacio suspendido en el tiempo. Después de un sentido de proceso y progresión hacia un día culminante, Kipur, nuestra tradición nos propone detenernos una semana y sentir el contacto con la naturaleza, la precariedad de nuestro hábitat, y un contacto más directo con el mundo que nos rodea. Sucot parece más un tiempo de latencia que de progresión. Una pausa en el camino perpetuo que avanza inexorable y al cual nosotros, los judíos, tratamos de dar un sentido.


Simjat Torá nos vuelve al ritmo más natural del calendario hebreo. El tiempo cíclico, que en tiempo de los sumerios (tal como lo explica maravillosamente Cahill en su libro) era cíclico, agrícola, y fatalmente repetitivo, vuelve a transformarse en un tiempo que vuelve sobre sí mismo pero que cada año adquiere un nuevo sentido. Como contara el sofer Sebastián Grimberg en su primera visita a Montevideo, cada vez que vuelvo a escribir la Torá los personajes y sus historias adquieren un nuevo significado. Porque el texto es el mismo, pero uno es diferente. El encuentro con Abraham o cualquiera de los entrañables personajes de nuestra narrativa fundacional es como volver a tomar un café con ellos, contándonos diferentes historias cada vez. No repetimos, crecemos.

El libro de Cahill nos permite ver el sentido de propósito que tiene el judaísmo. El tiempo no es meramente cíclico y repetitivo sino que tiene un sentido y avanza hacia un punto. Tal vez un punto de redención, un punto mesiánico, como explicara Emmanuel Taub en su reciente visita a la NCI de Montevideo durante Iom Kipur. Cada festividad nos insufla una noción de esperanza muy saludable. Desde el temor de Iom Kipur (después de todo, los llamamos "días terribles") o desde la paz interior de Sucot, al final siempre estamos yendo hacia un tiempo mejor.

Jag Saméaj!

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