Elul

Cuando entramos en el mes hebreo de Elul sabemos que estamos a veintinueve días de Rosh Hashaná. Trae consigo nostalgia anticipada por jalá redonda y dulce, y por guefilte fish. Trae consigo ansiedad acerca de los lugares en la sinagoga y los compromisos familiares. Trae, para la mayoría de nosotros, una sobredosis de judaísmo que puede hasta compensar por nuestra relativa apatía e indiferencia durante el resto del año.

 Si solemos escuchar a los rabinos sabremos que es un mes de preparación e introspección, un mes de “retorno” convocado por el sonido del shofár, un giro sobre nosotros mismos para volver a mirarnos y conocernos. Este proceso se llama en hebreo “teshuvá” y culmina en Iom Kipur.

Hay una canción de Natan Yonatán, musicalizada por Zvika Pick, que contiene profundas alusiones a este tiempo del año. En español su título sería algo así como “se recoge tishrei”; pero comienza diciendo “muere av y muere elul, y se recoge tishrei y muere con ellos”. En el hemisferio norte Elul trae consigo el fin del verano y la preparación para invierno; cuando allí caigan las primeras lluvias en Sucot todos agitaremos las cuatro especies para cerrar el ciclo agrícola y entrar en un tiempo de latencia y esperanza renovadora. La canción de Yonatán/Pick alude a cierres: el rey David en su vejez, un niño en busca de lo sublime. En suma, cierres y esperanza.

De Elul a Sucot podemos pensar el tiempo judío como un ejercicio progresivo en humildad. No en el sentido de modestia (ni falsa ni auténtica) ni recato ni sumisión, sino en un sentido más humano y profundo de recogimiento, paciencia, y cierta llaneza. Las festividades del mes de Tishrei son básicamente abstractas, interiores, no históricas; aun cuando nos cuentan que Sucot conmemora nuestra vivencia en el desierto de camino a la Tierra Prometida, tiene mucho más de simbólico que de real. En ese sentido, Tishrei y Nisán se ubican en los dos extremos del calendario hebreo: nada más simbólico que Pesaj, y sin embargo es una historia digna de una película. Que, por cierto, se filmó. Nadie podría filmar Sucot, mucho menos Rosh Hashaná o Iom Kipur: no hay historia, hay ideas.

¿Cómo nos contamos ideas? El pueblo judío eligió varias formas del lenguaje para hacerlo, todas ellas únicas y originales. El lenguaje litúrgico es uno de ellos; el lenguaje talmúdico otro; el místico, otro. En la medida que, producto de la repetición, empezamos a prestar atención a los textos de nuestras plegarias, comenzamos a encontrar en ellas palabras tan precisas para expresar conceptos tan profundos; han estado siempre allí, sólo faltaba que las pudiéramos reconocer.

Elul da comienzo a un tiempo en que pensamos en términos diferentes a los que usamos en forma cotidiana. Empezamos a pensarnos, a reconocer al prójimo, a ubicarnos en el vasto y complejo fenómeno de la creación. Ese es el ejercicio de humildad del que hablamos. De eso trata nuestro monoteísmo: la unidad puesta en un solo lugar, Dios; el resto somos todos individuos únicos, una nano parte del mundo en que vivimos. Adquirir esa dimensión mínima de uno mismo es un saludable ejercicio anual.

· Más leídos ·

Consola de depuración de Joomla!

Sesión

Información del perfil

Uso de la memoria

Consultas de la base de datos