Primavera árabe

No soy experto en meteorología y mucho menos en una zona específica del planeta; a duras penas podría sacar algunas conclusiones acerca del clima en la zona donde vivo, el Río de la Plata. Sin embargo, a los efectos de la comparación, creo que mis conocimientos bastan.

La primavera en Medio Oriente es breve, intensa, explosiva, y pródiga en fenómenos naturales: florecimientos espontáneos y magníficos, un verdor exuberante, un aire limpio que renueva y revive, cielos azules y luminosos que traen consigo promesas. En Israel, la gente trata de aprovechar ese tiempo para paseos que sabe, con certeza, no se repetirán hasta el año próximo; las vacaciones de Pésaj, en ese sentido, son muy propicias.

Por un breve tiempo se vive una suerte de verano nórdico, límpido, fresco, soleado, lleno de alivio y expectativa tras un largo invierno. Si bien el invierno en Medio Oriente también es breve, puede ser muy intenso y de cierto modo antinatural. La primavera tampoco es el estado natural de la zona. Sí lo es el verano, húmedo o seco, atravesado por olas más intensas de calor y vientos del desierto, el "sharav" o "jamsin". Como diría la abuela Shlomit en "Historia de Amor y Oscuridad" de Amos Oz, el verano es "levantino".

La "primavera árabe" ha sido eso: una primavera levantina. No tiene nada de permanente y tiene todo de ilusorio. Ha sido explosiva, intensa, y breve. Ha sido espontánea, espectacular (en el estricto sentido de "espectáculo"), y aparentemente renovadora. Ha dado paso al verano cotidiano y abrumador de siempre, al que se repite año tras año: inexorables altas temperaturas y luz abrumadora. Nada ha cambiado realmente. Como el verdor que inunda el paisaje en primavera, ha desaparecido bajo los viejos ciclos de la historia. Es asombroso como desde los medios europeos y norteamericanos han tratado de hacer de la "primavera árabe" una primavera al estilo de las zonas más nórdicas, cuando no lo es. Del mismo modo que el clima no es el mismo, tampoco es igual la cultura ni la sociedad, mucho menos los regímenes políticos. Es una perspectiva propia de una tradición colonizadora y centralista que cree que el mundo se moldea a su imagen y semejanza. El mundo es "ancho y ajeno". Las primaveras son cosas muy diferentes en un lugar u otro.

Muchas veces me asombro de las pasmosas coincidencias entre la realidad que vivimos hoy en Medio Oriente y la que nos narra la Biblia. Egipto y su propensión a los faraones; Egipto y su falta de harina (ver la historia de José en Génesis); las luchas imperiales en las zonas de Siria e Irán, la Mesopotamia; las guerras entre facciones en esas zonas. Como entonces, en medio de ese mundo inefable, estamos nosotros: por entonces tribus con un pasado común construyendo un futuro, un sistema de vida; hoy, un pueblo con un pasado en común construyendo un futuro. ¿Es la historia que se repite? ¿O es LA Historia, y punto? No creo en la divinidad del texto bíblico, pero no puedo no asombrarme ante su actualidad. Tal vez eso lo haga tan permanente y esencial. Por cierto que si lo leemos hasta el final da escalofríos. El desafío es convertir las profecías de redención en realidad. Creo, firmemente, que en eso estamos. Es la parte que faltó escribirse.

Acaso denominar acontecimientos con metáforas atemporales es una forma innata que tenemos de no nombrarlas por sus nombres, porque son demasiado complejas, terribles, y amenazantes. Ya hemos notado que los nombres no constituyen el fenómeno en sí, pero son nuestra forma de aprehenderlo. O no aprenderlo nunca.

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