Sinagogas

Qué espacio ocupa una sinagoga en nuestras vidas. Cuándo vamos a la sinagoga. Cómo generamos pertenencia. Cuántos de nosotros vamos a una sinagoga regularmente. Si bien las comunidades tienden a construir sus sedes en torno o sobre una sinagoga, cuántas veces las vemos vacías y en penumbra, preservadas sólo para grandes ocasiones como Kabalat Shabat o festividades.

 Tal vez habría que pensar el lugar de una sinagoga, en función de un edificio, como un lugar por donde inexorablemente pasar; un poco como sucede en el Aeropuerto Internacional de Carrasco en Uruguay, donde uno debe pasar por el "free-shop".

Tal disposición generaría un tránsito molesto en algunas ocasiones, pero por otro lado obligaría a todos a atravesar un espacio que de otro modo muchos incluso eluden. Creo que la respuesta a todos estos planteos está "escrita" tanto en el término greco-latino "sinagoga" como en el término hebreo "beit haknéset"; ambos términos significan "casa de reunión".

Cuando alguien fallece acostumbramos acompañar a los dolientes en la sinagoga para sumar en el "minián" (mínimo de diez) que habilita la recitación del "kadish", una costumbre derivada de la "shivá". En esas circunstancias, así como ocasionalmente en alguna bar mitzvá, asisto a sinagogas a las que, habitualmente, no voy. No voy por mi necesidad personal sino por el deseo de hacerme presente, estrechar en un abrazo a un amigo o amiga, y sumarme a un colectivo que está allí por diferentes motivos. Asistir a una sinagoga u otra es una de las tantas elecciones que la vida como judíos nos brinda, del mismo modo que elegimos qué tipo de judaísmo queremos vivir. Por eso cuando pensamos en sinagogas a las que vamos por libre albedrío pensamos en "nuestra" sinagoga; cuando asistimos para sumarnos a la tristeza o alegría de otros, vamos a una sinagoga, la que corresponda. Ambas son sinagogas pero significan diferente para cada uno.

¿Qué es lo más importante de una sinagoga? Su discurso, su narrativa, su relato. Si bien las oraciones o plegarias son casi (casi) las mismas, su recitación, su ritmo, sus melodías, varían bastante. Aun sin entrar en el tema del rol y ubicación de la mujer, la presencia o no de una división (mejitzá), y otras formalidades, las diferencias son notorias. El centro del discurso, sin embargo, está en las palabras del rabino o quien tome sobre sí la responsabilidad de decir palabras de Torá. Creo que muchos de nosotros, que no nos consideramos personas observantes o religiosas, vamos a la sinagoga a escuchar palabras de Torá. Siendo que la Torá da para casi todo es allí donde se juega nuestra sensación de mayor o menor pertenencia a una sinagoga. Dicho esto, reconozco que de todos he aprendido algo. Cuando me toca asistir a una sinagoga que no es la mía pongo especial atención en escuchar lo que tienen para contarme desde ese lugar que otra cantidad de judíos han elegido para sí. Hubo tiempos en que, si bien no deseo tristezas a nadie, mi expectativa era tener la oportunidad de asistir sólo para escuchar a un determinado rabino.

¿Por qué entonces no hago de esa sinagoga MI sinagoga? ¿Por qué no estudio con ese rabino, si tanto aprendí de él las pocas veces que lo escuché? La respuesta es que un rabino no es sólo un rabino en el sentido de maestro, sino que representa un tipo de judaísmo, una prédica, valores, códigos y normas que me hablan a mí, o no. Un rabino y una prédica en particular pueden iluminarme e ilustrarme, pero eso no los hace mi lugar en el judaísmo. Cuando uno piensa dónde quiere pertenecer debe necesariamente pensar en las respuestas que recibirá cuándo le toque hacer(se) preguntas o plantear(se) situaciones de vida cruciales. La elección de una sinagoga o en general un marco judío formal no es cuestión de un momento inspirador sino de una elección de vida. Es como pensar en la casa dónde uno vivirá, y con quién. Así como ningún matrimonio es necesariamente para siempre, tampoco lo es una forma de vivir el judaísmo; pero como el matrimonio, son decisiones serias.

Muchas veces confundimos nuestra imagen de lo sinagogal y rabínico en función de la tradición que heredamos de nuestros antepasados y por lo tanto creemos que LA sinagoga es de tal o cuál forma y un rabino debe vestir y actuar de tal o cuál forma. En parte esto sucede porque de hecho no vamos a la sinagoga y la imagen que guardamos no es real sino construida en base a prejuicios y folclore. Los rabinos de una y otra denominación son tan reales como uno mismo, por cierto tan falibles y tan sabios como puede serlo uno, y la dinámica de una sinagoga es mucho más rica y versátil que el protocolo que tendemos a ver. Seguramente, a la hora de elegir, en muchos prima el criterio de la tradición sobre el criterio del estilo de vida, aun con las contradicciones que ello puede generar. Lo importante es que cuando uno se acomoda en un beit haknéset pueda relajarse y sumergirse en el tipo sagrado, el tiempo que nuestra tradición "aparta" para nosotros en medio de nuestra cotidianeidad.

Como contara esta semana un rabino de esas "otras" tiendas a las que asisto de vez en cuando, la sinagoga nos da la oportunidad de vivir los múltiples aspectos de la vida con cierta simultaneidad. En ella se congrega la vida misma, con sus tristezas y alegrías, sus momentos personales (la "Amidá"), sus momentos colectivos, la justicia social, el tiempo de los honores. Sobre todo, en una sinagoga fluye una corriente social; como dijera mi amigo David Raij, en una sinagoga "suceden" cosas. Cuando asisto a MI sinagoga me reencuentro con esa familia cercana que elegí para ser y vivir como judío. Siempre es momento de regocijo.

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