Ierushalaim

He llegado a un tiempo en mi vida en que, una vez al año, quiero y necesito escribir sobre Ierushalaim; aun con el riesgo de repetirme. Para nuestros fieles lectores un año seguramente no supone una redundancia, tal vez, a lo sumo, una lectura más sobre un mismo tema. “Más” en el estricto sentido de “suma”, no de exceso. Después de todo nuestra tradición puede definirse como una suma de lecturas, todas diferentes, año a año, en torno a los mismos eventos.

Quienes impusieran en su momento la celebración del “Día de Jerusalém” celebrando su unificación en 1967 siguieron los pasos de nuestros antepasados: sigue dando sabios el tiempo.

Me llevó años hacer mía la mística que rodea Ierushalaim. Durante los años que viví en Israel ella era para mí lo que Tel-Aviv era para el narrador en “Historia de Amor y Oscuridad” de Amos Oz: lejana, ajena, diferente, otro mundo. Aun cuando durante un año me ocupó un tema de estudio que me demandaba consultar la biblioteca de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Hebrea en Guivat Ram, a Ierushalaim iba y volvía sin que nada en mí se modificara. Cuando visitaba buenos amigos, el mío era un tránsito acotado a ciertas rutinas. Hasta el día de hoy las avenidas y calles de Ierushalaim me resultan todo un desafío, más aun cuando la ciudad ha cambiado tanto. En los años setenta y ochenta uno debía atravesarla indefectiblemente para ir de un lugar a otro; hoy se circunvala o atraviesa por medio de una fantástica ingeniería vial.

Viniendo de Tel-Aviv se accede a Ierushalaim por su extremo norte, desembocando en la zona de la Estación Central de ómnibus, la zona de gobierno, una zona siempre congestionada y exasperante. De allí a cualquier otro punto de la ciudad implicaba una travesía. Eso fue lo que aprendí y eso es lo que hice cuando volví en este siglo XXI para encontrarme con un acceso a la ciudad plagado de judíos ultra-ortodoxos que  deambulan por las calles y esperan en los semáforos. La ajenidad seguía tan campante, como treinta años atrás. En una oportunidad nos alojamos en un hotel al lado de la Estación Central; por la tardecita tuvimos la experiencia de presenciar los encuentros coordinados de jóvenes hombres y mujeres ultra-ortodoxos en citas formales en el hall del hotel. Fue asomarse a un mundo desconocido y, una vez más, ajeno: una decena de mesas con parejas conversando y conociéndose. Sería interesante saber cuántos matrimonios se concretaron a partir de esa noche.

Finalmente hice mía la ciudad en 2009, la primera vez que  asistí a los Seminarios del Shalom Hartman Institute, ubicado en la zona sur de la ciudad, a pocas cuadras de la Colonia Alemana, a espaldas del molino de Montefiori, la YMCA, y el hotel King David. Aun cuando conocía la zona como turista, habiéndonos alojado en el YMCA en más de una oportunidad, nunca fue más de una noche o dos. Visitaba Ierushalaim, no la vivía. Una semana en la zona, las repetidas visitas a la calle Emek Refaim llena de cafés y restaurants, y la variedad de fauna humana que se conoce en la zona me dio, por fin, una dimensión diferente de la ciudad. Con el correr de los siguientes años, viviendo mi hijo en Ierushalaim, solo o con él me fui aventurando a diferentes zonas, incluida la Jerusalém Oriental, el muro (no el de los Lamentos, el otro), las vistas sobre el desierto de Judea y el Mar Muerto, el camino a Belén y Hebrón… pude contrastar realidades, pude perderme tranquilo en calles circulares de dónde sólo un lugareño o el GPS pueden sacarme.

Especialmente mío resultó el paseo desde mi hotel al Kotel (Muro de los Lamentos). Supone una travesía de unos cuarenta minutos (si uno no se detiene a mirar vidrieras o regatear en el mercado): atravesar primero el lujoso shopping mall Mamila para luego atravesar una explanada y entrar por la puerta de Yaffo al mercado árabe es un contraste fuerte pero que enseguida uno asume como la realidad de esta ciudad única. De allí, un descenso intramuros hacia la explanada del Kotel para un momento de espiritualidad o interrogantes, y vuelta atrás desandando el camino, esta vez cuesta arriba. Celebro, cada vez, esta unidad espacial que me permite viajar en el tiempo atravesando culturas, religiones, conflictos, y convivencia. También hubo sabios que diseñaron estos espacios en contraste con los muros y alambrados previos a 1967: la unificación que celebramos esta semana.

La etimología de la palabra Ierushalaim da para todo, para mucho: hoy elijo la palabra “shalem”, completud. Ierushalaim nos completa como judíos. Nos reúne aun en nuestras radicales diferencias. Como todo Israel, en Ierushalaim siempre hay lugar para uno más, siempre hay un espacio para hacer propio. La completud de Ierushalaim contrasta con su sangrienta historia de batalles y guerras, de destrucción y reconstrucción, de reclamos y discutidas soberanías; en ese sentido, es una ciudad fragmentada, del mismo modo que se ha fragmentado Israel. Sin embargo, aun en su complejidad, Ierushalim representa los ideales no sólo del pueblo judío sino del mundo todo. El contraste y la tensión entre su fragmentada realidad y su ideal fusión es lo que la convierte en símbolo universal.

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