Banalización de la Shoá

El concepto de “banalización de la Shoá” acuñado por la filósofa Hanna Arendt en 1963 con motivo de su cobertura del juicio de Eichman en Israel está siendo banalizado.  Como el término “líquido” acuñado por el filósofo Sygmund Bauman en relación al amor y otros fenómenos, lo banal descriptivo de la Shoá ha convertido a la Shoá en algo banal.De este lado de la línea, quienes somos hijos, nietos, bis y tataranietos de quienes murieron o sobrevivieron a la Shoá hemos construido buena parte de nuestra identidad sobre sus cenizas, abusando del discurso persecutorio y justificando, por momentos, el discurso perseguidor. La Memoria, en su sentido colectivo, ocupa un lugar central en la construcción de la identidad de cualquier colectivo humano; contar la historia, lo que llamamos “la narrativa”, ha conservado nuestra identidad como judíos a lo largo de milenios; por tanto, la Shoá no escapa a esa tendencia casi normativa de nuestra forma y razón de ser. Se torna banal cuando abusamos de ella (de la Shoá y de la narrativa) para explicar todo lo que sucede a nuestro alrededor y que nos afecta como judíos. Ya sea el fenómeno chavista o la antipatía de Obama respecto de Netanyahu.

Del mismo modo que siempre recordamos que fuimos esclavos en Egipto y eso nos condiciona en nuestra relación con los otros, siempre recordamos la Shoá y eso justifica nuestra relación con los otros.Sin embargo,a diferencia de la historia de la liberación de Egipto, en este caso asesinaron a seis millones de mi pueblo en Europa y, literalmente, yo he sido liberado por medio de mis sobrevivientes progenitores. Por lo tanto, la Shoá no sólo no es “banal” sino que su uso excesivo e indiscriminado como constructor de identidad refuerza la “banalidad” que tratamos de combatir. Conformarnos con el discurso persecutorio del cual la Shoá es el punto culminante de la historia judía, sin ahondar en nuestras fuentes ni mirar hacia el futuro con opciones y alternativas buscando la relevancia del ser judío para un tiempo nuevo y distinto, es en definitiva cumplir el designio nazi de liquidar la “cuestión judía”.

Tal vez con el correr del tiempo la Shoá se convierta en una suerte de “destrucción del templo” y la recordemos aun en nuestras ocasiones más festivas. La destrucción del templo y Jerusalém y el gran exilio del siglo I de la era común es el comienzo de un largo proceso histórico que termina y culmina con la Shoá. Si bien no hemos reconstruido el templo en términos literales (y conste que estoy usando la imagen del templo sólo como metáfora), hemos reconstruido no sólo Jerusalém sino un Estado. Las condiciones en que vivimos los judíos hoy son absolutamente diferentes a hace cien años. Recordar y simbolizar no significa agotar todo el  judaísmo en su mayor tragedia; recordar y simbolizar son pilares para un judaísmo más significativo y relevante en el futuro, no para refugiarnos en nuestros miedos atávicos y justificar nuestros errores y faltas como colectivo.

En estos días en torno a Iom Hashoá me ha venido a la memoria la famosa canción de Paul Simon “The Sounds of Silence”. Su riqueza poética, sin mencionar su melodía, daría para mucho. La apertura de la canción no puede ser más elocuente: “Hello darkness, my old friend/ I've come totalkwithyouagain”. La oscuridad, nuestra vieja aliada, el tiempo de las persecusiones y las migraciones; el diálogo, la palabra, como recurso curativo y salvador; está todo allí, en esa sintética primera frase. El asunto es cómo dialogamos con nuestra “oscuridad”, la Shoá. Porque como dice en el cierre la misma canción, "The words of the prophets are written on the subway walls/And tenement halls". Las palabras de los profetas están al alcance de nuestra vista, en nuestra vida cotidiana. Palabras de profetas como símbolo de esperanza, no de apocalípsis.


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