Pésaj II

La idea de libertad, en forma absoluta e inmaculada tal como suena cuando decimos “Fiesta de La Libertad”, no existe. Nadie es absolutamente libre, todos somos un poco propensos a la esclavitud. Somos esclavos de nuestros celulares  (ni hablemos de otros “gadgets”), de nuestra rutina, de nuestra neurosis. Cada día supone un nuevo desafío de liberación personal. El rito de Pésaj es colectivo, pero se apoya en el individuo: uno debe verse a sí mismo como si uno mismo hubiera salido de Egipto. Esa primera edición casi mítica de liberación nacional que narra el segundo libro de la Torá, “Éxodo” y recoge la Hagadá de Pésaj se reedita a lo largo de los milenios en diferentes momentos de “liberación”. Nuestra liberación personal es un ejercicio cotidiano. Cada día uno cruza su propio mar; aun si es un mar de dificultades, atravesar las aguas siempre supone un cambio.

Pésaj es una celebración tan rica en significados que pretender abarcarlos todos supone ser esclavo de la soberbia. Este año elijo pensar la libertad de uno como contraste con el otro. Sólo podemos liberarnos de aquello que verdaderamente nos sojuzga u oprime, nos angustia o genera conflicto. Vale decir: si hay necesidad de liberarse, hay algo que, por lo menos, nos sujeta. Liberación supone reconocimiento de otro del cual elegimos no ser parte. Léase “otro” no solamente como persona sino como idea, ideología, convención social, vínculo, lazo familiar, relación laboral, grupos sociales, y así analógicamente. Si elegimos liberarnos debemos reconocer la elección que yace detrás de la liberación y supone tanto posteriores responsabilidades como asumir nuevas realidades. Dejamos algo atrás para ser diferentes a lo que éramos en ese contexto. No volveremos a ser lo mismo, no hay camino de retorno.

Acaso los Hijos de Israel vagaron en el desierto cuarenta años, pero nunca volvieron atrás. Su decisión de libertad supuso salir al desierto, a la incertidumbre. Hubo arrepentimiento y remordimiento, pero la idea de libertad y nuevo destino se impuso. Hay dos imágenes bíblicas tan fuertes en su simbología como en su popularidad: las diez plagas enviadas a los egipcios por un lado, y el cruce del mar por otro. Esta última no es central en la Hagadá pero está tan impresa en nuestra consciencia mítica que condiciona cualquier lectura de la misma.

Las plagas sin embargo no sólo figuran sino que adquieren una relevancia central en el Sedera. Su lectura es ceremoniosa, y el ritual de salpicar el vino mientras la leemos la dota de mayor significado; estamos derramando vino, símbolo de nuestra alegría y libertad. En cada plaga, comenzando con la de la Sangre, en la medida que vamos construyendo el camino a nuestra liberación, algo se derrama y se pierde: su color es rojo:En una ceremonia donde los colores, las texturas, y los sabores son tan simbólicos, no podemos ignorar esta obvia y contundente connotación.

El momento culminante de las plagas son las últimas dos: Oscuridad y Muerte de los Primogénitos. Mientras que la primera de estas dos habla de una oscuridad general y total donde nadie, ni los egipcios ni los Hijos de Israel, podían ver, en la segunda el castigo se ejerce  separación mediante, otra vez por medio de la sangre: se marcan los marcos de las puertas para que la muerte saltee las casas de los esclavizados y sólo castigue a los amos. Tan fuerte es ésta idea que es la que da nombre a la festividad: Dios “saltea” (pasaj) las casas de los Hijos de Israel. Más fuerte aun es el castigo definitivo y liberador: la muerte de todos los primogénitos.

De la Oscuridad a la Muerte, nuestra liberación no pudo ser en un contexto más trágico. Acaso la Oscuridad general refiera por un lado a la ceguera de los egipcios frente al final inminente de una época, su incapacidad de comprender los cambios, mientras que en los Hijos de Israel refiera a los oscuros laberintos que supone ser libre y soberano, a la incertidumbre del mañana. Acaso la Muerte de los Primogénitos refiera a la fragilidad de cualquier estado: hoy podemos ser víctimas, mañana victimarios; o ambos a la vez. Todos somos primogénitos.

Así como Amalec representa al Enemigo, Egipto representa al Opresor. La construcción de la identidad de los Hijos de Israel primero y el judaísmo más tarde apunta a no ser ni unos ni otros. Cuando hablamos de nuestra propia liberación debemos reconocer a quienes han sido víctimas de las plagas en el proceso. Por eso elijo celebrarPésaj y celebro más aun las plagas porque en ellas no sólo reconozco el padecimiento del otro sino que me hago responsable del mismo por medio del ritual y la palabra. Afirmo terminantemente que no considero que hoy seamos ni esclavizadores ni aniquiladores, ni Egipto ni Amalec; pero sí séque nuestra libertad nacional condiciona la vida de otros que también la anhelan. Por tanto, si bien la celebramos y es fundacional, la Libertad no es exclusiva. Es un valor que legamos a la Humanidad. Ignorarlo por razones políticas puede ser un recurso políticamente válido, valga la redundancia; pero aceptarlo como premisa moral es un error.

Cuando ejercemos nuestro libre albedrío, nuestra capacidad de elegir, somos conscientes que afectamos a otros. Nuestro derecho a elegir afecta el entorno. El proceso supondrá hacernos cargo, hacernos responsables, hacernos más adultos. En toda celebración los judíos señalamos que cada acto supone una dualidad: una copa vacía que se rompe, algo que se derrama de una copa y se pierde. Más aún: la identidad de los espacios cotidianos que habitamos está dada por las señales que ponemos en nuestras puertas como hicimos aquella noche terrible, víspera de la liberación.

Pésaj es la liberación nacional e individual. Es la asunción de nuestra soberanía, con nuestras responsabilidades y deberes. Es el inicio del camino que nos llevará a La Ley, los valores éticos y morales, y la convivencia como pueblo libre. Sobre todo, Pésaj es acerca del otro: el que se sienta frente a nosotros en la mesa; el que invitamos a pasar; el que no está en la mesa pero pagó el precio de nuestra liberación.  Es el espíritu del Profeta Elías a quién abrimos la puerta porque creemos que pasará por nuestra mesa como un ráfaga de esperanza después de nuestra perturbadora liberación.


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